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Japón, la modernidad más antigua

16 junio 2010

Orden y jardín zen

Japón es ordenado.

Terriblemente ordenado.

Y yo no soy japonés, así que mi desconocimiento de las reglas altera el orden cada dos por tres.

Además, los japoneses son educados.

Terriblemente educados.

Por lo que nadie me dice nada: nadie me explica que lo estoy haciendo mal. Aunque poco a poco voy aprendiendo:

-ok, no dejaré propina si no quiero que el camarero salga corriendo detrás de mí pensando que he olvidado el dinero sobre la mesa…

-ok, para entrar al metro hay colas, colas que se forman aún antes de que el metro se acerque. No puedo llegar yo y ponerme donde quiera, sino detrás del último…

-ok, no se puede hablar alto en el (silencioso) metro, que más que metro parece un funeral, pues quien no duerme (20%) chatea por el móvil (79%) o es extranjero (1%)…

-ok, no me suicidaré en el metro porque se retrasará y eso puede ser la hecatombe…

Dicen las estadísticas que en los últimos 20 años la media de retrasos de los trenes es de 8 segundos. Las familias de los suicidas del metro deben pagar sumas millonarias a las compañías por los retrasos ocasionados. Retrasos y daños morales, pues un retraso, aquí, es un daño moral. Tan grave como comenzar a dar saltos sobre la cuidadosamente rastrillada gravilla de un jardín zen.

Protocolos y casas de té

Hay una lugar exacto desde el que mirar uno de estos jardines japoneses de piedras y una forma correcta de coger un jarrón antiguo para examinarlo. Sola una. En este país todo tiene su protocolo exacto, lo que no deja de ser una forma de orden. Y, a parte de ser protocolos bastante rígidos, cubren todo tipo de interacciones. Desde las más pequeñas a las más grandes. El vendedor te saludará exactamente igual en cada tienda, te hará una reverencia similar (aquí todos hacen reverencias y su inclinación determina la jerarquía), te cobrará y empaquetará la compra de igual forma, en igual orden y se despedirá con la misma frase e inflexión de voz.

Un protocolo curioso es el de los jefes y los empleados. Si en el trabajo el respeto y la distancia que los separa son máximos, en el bar “todo vale”. Dice el libro Un Geek en Japón que al llegar al bar los japoneses se ponen en “modo borracho”. Beban cerveza o agua (aunque todos beben cerveza y se ponen más ciegos que un zapato) se considera que van borrachos y, por lo tanto, pueden decir y hacer cosas no permisibles en otro lugar. Por ejemplo, decirle al jefe lo que no les gusta de la empresa, criticar alguna actuación, cantar juntos una canción de J-pop tirándose la cerveza por encima. Al día siguiente nadie podrá hablar de lo que ocurrió en el bar. Como en las antiguas casas de té, las jerarquías se borran al cruzar el umbral y lo que ocurre dentro de ella se queda dentro de ella.

Jerarquías y samuráis

No es difícil aprender a hablar la lengua japonesa, pues es muy lógica y sus fonemas similares a los del español, pero sin embargo es dificilísimo saber cómo usarla. Porque una mujer no la usará igual que un hombre (por ejemplo, no dirá “yo” a riesgo de parecer muy masculina) ni un empleado la usará igual para hablar con su jefe que con su compañero que con su subordinado. La lengua determina las jerarquías y las relaciones entre los hablantes. Por eso, si conoces a un japonés, al principio callará. Cuando sepa dónde trabajas, comenzará a hablarte, pues ya conocerá tu estatus y sabrá cómo hacerlo.

A parte del grado de inclinación de las reverencias, hay cientos de gestos que marcan las diferencias entre las personas. Hasta el s. XVIII Japón fue una sociedad feudal definida por los estratos sociales: el shogun, el samurai, el campesino…y por las reglas formales que regían la interacción entre ellos: lugares prohibidos, fórmulas de respeto, reverencias.

Pero no sólo veo diferencias de estatus. También de sexo. Mi sensación es que Japón es un país machista. Tal vez desde mi concepción occidental, no lo sé, pero parece que las mujeres vivan para agradar a los hombres.

Mujeres y geishas

No sólo en su cuidada forma de vestir me recuerdan a las geishas, considerada por el Japón antiguo el modelo perfecto de mujer. Han cambiado el kimono por  minifaldas, medias de colores, ganchitos, complementos… pero todas van guapísimas y se nota que intentan agradar a los hombres convirtiéndose en fantasías masculinas hechas carne. También en su actitud me recuerdan a las “artistas” del Japón antiguo (recordar que las geishas no eran prostitutas, sino artistas de la música, baile, conversación, preparación del té, ikebana…) pues tratan al hombre como si fuese su danna y estuviese pagando por su compañía

En Japón existe una actitud femenina, bastante extraña en Occidente, al menos en el que yo me muevo, que consiste en “necesitar que te protejan”. No sé explicarlo mejor, pero se ve en muchas mujeres. Por ejemplo:

1.en su ropa y actitudes de niña pequeña que necesita ser mimada y protegida. Por eso lo infantil está tan de moda (las faldas de colegiala, los peluches colgando del bolsillo, las coletitas y la voz aguda que ponen cuando se dirigen a los hombres, como si fuesen un dibujito…) y explica que sea un país tan aparentemente pederástico desde la mentalidad occidental (joder, sólo hay que echar un vistazo a las revistas para “hombres”, que parecen el anuario de 4º ESO)

2.en su forma de dirigirse a los hombres como si fuesen sus “amos y salvaguardas”, lo que explica que esté tan normal ir a bares donde las camareras van vestidas de “maids”, una mezcla entre niña y sirvienta que te trata como a su señor,  muy perverso en nuestra mente occidental, pero van hasta familias, así que no lo será tanto aquí. Yo he estado y de perverso no tiene nada, en serio.

3. en cierta resignación (otra vez un punto de vista occidental) ante sus propasamientos: en las metros hay vagones sólo para mujeres, para evitar que les toquen el culo, pues es de  mala educación llamar la atención por esto. También hay bares donde la luz está muy oscura para que los borrachos puedan tocar el culo disimuladamente a las camareras -tampoco he estado, pero aunque esté no me veo tocando el culo a una camarera, por lícito que sea-. Por último, y esto sí lo he visto, cuando bailan en la pista de un pub van pasando de uno a otro. Las manos de los japos van locas metiendo mano sutilmente. Y a ellas no parece importarles. De hecho parecen animarlos a extrañas escenas como la que vi el otro dia, donde una GAL (tribu urbanas entre las pijas y las canis) subió al escenario del DJ y el guardia de seguridad la cogió por detrás e hizo el gesto de darle por el culo al menos un minuto. Ella seguía el ritmo de las embestidas y gemía como si realmente estuviera ocurriendo. La amiga no tardó en subir y ponerse a cuatro patas. El seguridad, claro, hizo lo que se esperaba de nuevo, con más aspavientos. Sin pudor alguno por parte de ellas y sin extrañamiento por parte del público. Quizá no es machismo. Quizá es un feminismo tan radical (disfruto de mi cuerpo porque es mío y me sapetece) que no acabamos de entenderlo. De hecho creo que en el fondo lo que ocurre es que están más liberadas que las europeas y no tienen tanto complejo de ser “utilizadas”, sino que ellas misma “utilizan”.

Los japoneses y El Japonés

Si la mentalidad occidental (y el liberalismo económico) dice: prospera como individuo y así prosperará tu sociedad, en Japón creen lo contrario: haz que prospere tu sociedad y prosperarás como individuo. Eso explica que curren tanto, que maten por su empresa y que sea un país superseguro. No se ven como seres individuales, sino como parte de una sociedad. Como ideas platónicas, diría yo. Si un japonés roba, la imagen social de Japón se degrada, así que mejor no robar: el arquetipo manda. Cada japonés es la idea que se tenga de los japoneses. Y actuará para mantenerla sin tacha. Hasta los periodistas ocultan (por iniciativa propia) noticias que les parece mejor no difundir.

La obsesión con el trabajo también es real. Curran diez o doce horas al día (con una semana de vacaciones al año… lo que explica esos tours frenéticos que realizan) y después se van al pub a cenar y beber con los del curro. Es normal, a partir de las 11 de la noche, ver hombres trajeados visiblemente borrachos volviendo a casa, a veces a casi una hora del curro. Me pregunto cómo pueden al día siguiente levantarse pronto y, sobre todo, mirar a su jefe a la cara, después de tocar el culo juntos a una camarera y desentonar en el karaoke. Así día tras día, y los fines de semana ven a la familia. No tan importante como la empresa, digo yo.

Honor y kamikazes

El japonés que representa al Japonés (eterno y abstracto) no puede fallar. Si lo hace, falla a la sociedad y al “concepto”, y eso es lo peor que puede hacer. Así que por estas tierras se suicidan bastante (pero cada vez menos en los metros, eso sí). Un trabajador que perjudica a la empresa, un politico que perjudica al partido… creo que hemos visto ejemplos varios en televisión de suicidas que se castigan quitándose la vida por haber deshonrado su cargo y haber dañado la imagen.

Todos recordamos a los kamikazes. Morían por la idea (nación). Como el escritor Yukio Mishima se hizo el seppuku (harakiri) como protesta por el rumbo que tomaba Japón, occidentalizándose. No es extraño matarse para reivindicar una idea. Nosotros hacemos manifestaciones. Ellos se suicidan. El concepto por encima de la vida individual.

En Kyoto, como ya conté en una novela, no dejan en los hoteles alojarse solas a las mujeres japonesas. Pues era “tradición” tirarse al río o matarse en las habitaciones de hotel. Con este acto se quejaban de un acto de deshonor de su amado (abandono, infidelidad) y lo humillaban.

Armonía y budismo

Otra característica curiosa es que no discuten. En las empresas todo se acuerda por unanimidad. Hasta que todos no estén totalmente convencidos, no se toma ninguna decisión. Tampoco se dice la palabra “no”, por lo que hay que intuir los NO por la emoción con que se dice el SÍ. La brusquedad española supongo que les pone muy nerviosos. Necesitan aferrarse a sus rutinas y cualquier cosa que las altere es un problema. Por desgracia los extranjeros siempre las alteramos: entramos con zapatos en recintos interiores (aquí se descalzan hasta en algunos restaurantes), queremos pagar al principio de entrar al bus (cuando todo el mundo sabe que en Japón se paga al final) y hablamos demasiado alto en el abarrotado y silencioso metro.

El budismo dice que todos somos parte integral del universo y que cada uno cumple su función. También dice que hay que dejarse llevar y no enfrentarse. Dar un rodeo (be water, my friend) y seguir el camino.

¡Me caen bien los japos!

* fotos de david fajardo (casi todas), quique ruiz y mías

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