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La Guatemala que los turistas no fotografían

15 noviembre 2010

Me habían hablado cientos de veces de Guatemala, con emoción poco disimulada. De las selvas de Petén cuya frondosidad apenas deja pasar el sol, del colorido de los vestidos mayas, de las pirámides de Tikal emergiendo como una aparición sobre las copas de los árboles, del gigantesco volcán de agua protegiendo la bella Antigua y, sobre todo, del lago Atitlan, probablemente (eso suelen decir todos los que lo han visitado) el lago más bonito del mundo.

Yo estuve en esa otra Guatemala por la que los turistas pasan rápidamente, sin quedarse más de lo necesario. En la urbe gris con mayor población de toda Centroamérica y con un índice de delincuencia que supera ya a México D.F. Hablo, claro está, de la capital del país: Ciudad de Guatemala.

Mi estancia en la ciudad fue genial. Presenté una novela y participé en algunos actos literarios entre gente fantástica y muy atenta, la mayoría de ellos intelectuales, escritores o personas relacionadas con la cultura. Por desgracia una minoría en el país. No tuve ningún percance, pero fui testigo, a cada momento, del estado de miedo en el que vive la mayoría de la población de la capital. No sin razón.

Lo primero que sorprende al llegar es ver que los comercios tienen barrotes en las puertas para que el cliente tenga que ser atendido desde la calle o, si no los hay, una o dos personas con pistolas o recortadas protegen el local, apoyados -con gesto de aburrimiento- junto a la entrada. También hay pistoleros protegiendo algunas calles (pagados por los vecinos) y alambradas de espino en cada lugar al que se pueda subir escalando una fachada.

Los coches llevan cristales negros y cierres de seguridad, pues es el lugar más probable para un robo (aunque menos que el autobús interurbano, tomado cada dos por tres por atracadores). Un semáforo en rojo o un atasco es el momento perfecto para que desde una moto te apunten con una pistola y te pidan el móvil, dinero o ambas cosas. La gente empezó a llevar dos móviles, uno viejo para dar a los ladrones y el bueno. Ahora los delincuentes lo saben y te piden el otro en cuanto les das uno. Así que, a día de hoy es mejor llevar dos móviles. Porque, si algo se sabe en Ciudad de Guatemala, es que las pistolas no son sólo para asustar. El índice de muertos por día es altísimo. Más vale no hacerse el valiente.

El robo de móviles es el primer paso para un negocio más lucrativo: la extorsión a los pequeños empresarios. Esos móviles son “regalados” a los dueños de bares, tiendas… para tenerlos siempre localizados (y aterrorizados), asegurándose de que pagan lo convenido. A cambio los protegen (de otras mafias, pero sobre todo del propio “protector”).

Según me contaban, la impunidad ha llegado a tal punto que lo robos y asesinatos se realizan a cualquier hora del día y en cualquier lugar (estando yo allí hubo un tiroteo en el aparcamiento de un centro comercial y otro en un bar de moda, donde murieron bajo la ráfaga de una ametralladora varios jóvenes que tomaban copas en la terraza). Y sin ningún disimulo: los pistoleros utilizan su propio coche para realizar sus asesinatos o robos, sin molestarse en tapar la matrícula. ¿Para qué? La policía gana muy poco dinero, así que los extras los sacan de las mafias. Y por otro lado, el sistema judicial no funciona… ¿qué ocurriría si funcionara bien? ¿No tendrían entonces demasiados políticos que responder ante ella?

Cuando viajas a una ciudad como esta, donde la frase más escuchada es: nunca sabes dónde ni cuándo te van a asaltar. Donde hay decenas de muertos al día, más violaciones que en Ciudad Juárez y los jóvenes ven las maras como única forma de sobrevivir, entiendes el fenómeno de la emigración. ¿Acaso no es absolutamente normal que muchas personas quieran escapar de los lugares donde faltan las oportunidades: poder prosperar sin extorsiones, no tener miedo a salir a la calle, poder proteger a tus hijos o, simplemente, alimentarlos?

Lo que más me llamó la atención cuando visité España, me confesó una amiga residente en Ciudad de Guatemala, es que los niños juegan solos en la calle, pues aquí eso es impensable… Es una pena lo que ocurre allí, sobre todo porque la gente es encantadora, la fusión de culturas  es interesantísima y la ciudad tiene rincones que con un poco de pintura serían muy fotogénicos (la zona 1 o las vistas de los poblados desde el puente del incienso,  por ejemplo). Aunque creo que hay que ser optimista, pues vi signos de que poco a poco la cosa comienza a cambiar.

Qué ciudad tan dura, y sin embargo ya se ha hecho un hueco en mi corazón, quién sabe qué es lo que tendrá…

Japón, la modernidad más antigua

16 junio 2010

Orden y jardín zen

Japón es ordenado.

Terriblemente ordenado.

Y yo no soy japonés, así que mi desconocimiento de las reglas altera el orden cada dos por tres.

Además, los japoneses son educados.

Terriblemente educados.

Por lo que nadie me dice nada: nadie me explica que lo estoy haciendo mal. Aunque poco a poco voy aprendiendo:

-ok, no dejaré propina si no quiero que el camarero salga corriendo detrás de mí pensando que he olvidado el dinero sobre la mesa…

-ok, para entrar al metro hay colas, colas que se forman aún antes de que el metro se acerque. No puedo llegar yo y ponerme donde quiera, sino detrás del último…

-ok, no se puede hablar alto en el (silencioso) metro, que más que metro parece un funeral, pues quien no duerme (20%) chatea por el móvil (79%) o es extranjero (1%)…

-ok, no me suicidaré en el metro porque se retrasará y eso puede ser la hecatombe…

Dicen las estadísticas que en los últimos 20 años la media de retrasos de los trenes es de 8 segundos. Las familias de los suicidas del metro deben pagar sumas millonarias a las compañías por los retrasos ocasionados. Retrasos y daños morales, pues un retraso, aquí, es un daño moral. Tan grave como comenzar a dar saltos sobre la cuidadosamente rastrillada gravilla de un jardín zen.

Protocolos y casas de té

Hay una lugar exacto desde el que mirar uno de estos jardines japoneses de piedras y una forma correcta de coger un jarrón antiguo para examinarlo. Sola una. En este país todo tiene su protocolo exacto, lo que no deja de ser una forma de orden. Y, a parte de ser protocolos bastante rígidos, cubren todo tipo de interacciones. Desde las más pequeñas a las más grandes. El vendedor te saludará exactamente igual en cada tienda, te hará una reverencia similar (aquí todos hacen reverencias y su inclinación determina la jerarquía), te cobrará y empaquetará la compra de igual forma, en igual orden y se despedirá con la misma frase e inflexión de voz.

Un protocolo curioso es el de los jefes y los empleados. Si en el trabajo el respeto y la distancia que los separa son máximos, en el bar “todo vale”. Dice el libro Un Geek en Japón que al llegar al bar los japoneses se ponen en “modo borracho”. Beban cerveza o agua (aunque todos beben cerveza y se ponen más ciegos que un zapato) se considera que van borrachos y, por lo tanto, pueden decir y hacer cosas no permisibles en otro lugar. Por ejemplo, decirle al jefe lo que no les gusta de la empresa, criticar alguna actuación, cantar juntos una canción de J-pop tirándose la cerveza por encima. Al día siguiente nadie podrá hablar de lo que ocurrió en el bar. Como en las antiguas casas de té, las jerarquías se borran al cruzar el umbral y lo que ocurre dentro de ella se queda dentro de ella.

Jerarquías y samuráis

No es difícil aprender a hablar la lengua japonesa, pues es muy lógica y sus fonemas similares a los del español, pero sin embargo es dificilísimo saber cómo usarla. Porque una mujer no la usará igual que un hombre (por ejemplo, no dirá “yo” a riesgo de parecer muy masculina) ni un empleado la usará igual para hablar con su jefe que con su compañero que con su subordinado. La lengua determina las jerarquías y las relaciones entre los hablantes. Por eso, si conoces a un japonés, al principio callará. Cuando sepa dónde trabajas, comenzará a hablarte, pues ya conocerá tu estatus y sabrá cómo hacerlo.

A parte del grado de inclinación de las reverencias, hay cientos de gestos que marcan las diferencias entre las personas. Hasta el s. XVIII Japón fue una sociedad feudal definida por los estratos sociales: el shogun, el samurai, el campesino…y por las reglas formales que regían la interacción entre ellos: lugares prohibidos, fórmulas de respeto, reverencias.

Pero no sólo veo diferencias de estatus. También de sexo. Mi sensación es que Japón es un país machista. Tal vez desde mi concepción occidental, no lo sé, pero parece que las mujeres vivan para agradar a los hombres.

Mujeres y geishas

No sólo en su cuidada forma de vestir me recuerdan a las geishas, considerada por el Japón antiguo el modelo perfecto de mujer. Han cambiado el kimono por  minifaldas, medias de colores, ganchitos, complementos… pero todas van guapísimas y se nota que intentan agradar a los hombres convirtiéndose en fantasías masculinas hechas carne. También en su actitud me recuerdan a las “artistas” del Japón antiguo (recordar que las geishas no eran prostitutas, sino artistas de la música, baile, conversación, preparación del té, ikebana…) pues tratan al hombre como si fuese su danna y estuviese pagando por su compañía

En Japón existe una actitud femenina, bastante extraña en Occidente, al menos en el que yo me muevo, que consiste en “necesitar que te protejan”. No sé explicarlo mejor, pero se ve en muchas mujeres. Por ejemplo:

1.en su ropa y actitudes de niña pequeña que necesita ser mimada y protegida. Por eso lo infantil está tan de moda (las faldas de colegiala, los peluches colgando del bolsillo, las coletitas y la voz aguda que ponen cuando se dirigen a los hombres, como si fuesen un dibujito…) y explica que sea un país tan aparentemente pederástico desde la mentalidad occidental (joder, sólo hay que echar un vistazo a las revistas para “hombres”, que parecen el anuario de 4º ESO)

2.en su forma de dirigirse a los hombres como si fuesen sus “amos y salvaguardas”, lo que explica que esté tan normal ir a bares donde las camareras van vestidas de “maids”, una mezcla entre niña y sirvienta que te trata como a su señor,  muy perverso en nuestra mente occidental, pero van hasta familias, así que no lo será tanto aquí. Yo he estado y de perverso no tiene nada, en serio.

3. en cierta resignación (otra vez un punto de vista occidental) ante sus propasamientos: en las metros hay vagones sólo para mujeres, para evitar que les toquen el culo, pues es de  mala educación llamar la atención por esto. También hay bares donde la luz está muy oscura para que los borrachos puedan tocar el culo disimuladamente a las camareras -tampoco he estado, pero aunque esté no me veo tocando el culo a una camarera, por lícito que sea-. Por último, y esto sí lo he visto, cuando bailan en la pista de un pub van pasando de uno a otro. Las manos de los japos van locas metiendo mano sutilmente. Y a ellas no parece importarles. De hecho parecen animarlos a extrañas escenas como la que vi el otro dia, donde una GAL (tribu urbanas entre las pijas y las canis) subió al escenario del DJ y el guardia de seguridad la cogió por detrás e hizo el gesto de darle por el culo al menos un minuto. Ella seguía el ritmo de las embestidas y gemía como si realmente estuviera ocurriendo. La amiga no tardó en subir y ponerse a cuatro patas. El seguridad, claro, hizo lo que se esperaba de nuevo, con más aspavientos. Sin pudor alguno por parte de ellas y sin extrañamiento por parte del público. Quizá no es machismo. Quizá es un feminismo tan radical (disfruto de mi cuerpo porque es mío y me sapetece) que no acabamos de entenderlo. De hecho creo que en el fondo lo que ocurre es que están más liberadas que las europeas y no tienen tanto complejo de ser “utilizadas”, sino que ellas misma “utilizan”.

Los japoneses y El Japonés

Si la mentalidad occidental (y el liberalismo económico) dice: prospera como individuo y así prosperará tu sociedad, en Japón creen lo contrario: haz que prospere tu sociedad y prosperarás como individuo. Eso explica que curren tanto, que maten por su empresa y que sea un país superseguro. No se ven como seres individuales, sino como parte de una sociedad. Como ideas platónicas, diría yo. Si un japonés roba, la imagen social de Japón se degrada, así que mejor no robar: el arquetipo manda. Cada japonés es la idea que se tenga de los japoneses. Y actuará para mantenerla sin tacha. Hasta los periodistas ocultan (por iniciativa propia) noticias que les parece mejor no difundir.

La obsesión con el trabajo también es real. Curran diez o doce horas al día (con una semana de vacaciones al año… lo que explica esos tours frenéticos que realizan) y después se van al pub a cenar y beber con los del curro. Es normal, a partir de las 11 de la noche, ver hombres trajeados visiblemente borrachos volviendo a casa, a veces a casi una hora del curro. Me pregunto cómo pueden al día siguiente levantarse pronto y, sobre todo, mirar a su jefe a la cara, después de tocar el culo juntos a una camarera y desentonar en el karaoke. Así día tras día, y los fines de semana ven a la familia. No tan importante como la empresa, digo yo.

Honor y kamikazes

El japonés que representa al Japonés (eterno y abstracto) no puede fallar. Si lo hace, falla a la sociedad y al “concepto”, y eso es lo peor que puede hacer. Así que por estas tierras se suicidan bastante (pero cada vez menos en los metros, eso sí). Un trabajador que perjudica a la empresa, un politico que perjudica al partido… creo que hemos visto ejemplos varios en televisión de suicidas que se castigan quitándose la vida por haber deshonrado su cargo y haber dañado la imagen.

Todos recordamos a los kamikazes. Morían por la idea (nación). Como el escritor Yukio Mishima se hizo el seppuku (harakiri) como protesta por el rumbo que tomaba Japón, occidentalizándose. No es extraño matarse para reivindicar una idea. Nosotros hacemos manifestaciones. Ellos se suicidan. El concepto por encima de la vida individual.

En Kyoto, como ya conté en una novela, no dejan en los hoteles alojarse solas a las mujeres japonesas. Pues era “tradición” tirarse al río o matarse en las habitaciones de hotel. Con este acto se quejaban de un acto de deshonor de su amado (abandono, infidelidad) y lo humillaban.

Armonía y budismo

Otra característica curiosa es que no discuten. En las empresas todo se acuerda por unanimidad. Hasta que todos no estén totalmente convencidos, no se toma ninguna decisión. Tampoco se dice la palabra “no”, por lo que hay que intuir los NO por la emoción con que se dice el SÍ. La brusquedad española supongo que les pone muy nerviosos. Necesitan aferrarse a sus rutinas y cualquier cosa que las altere es un problema. Por desgracia los extranjeros siempre las alteramos: entramos con zapatos en recintos interiores (aquí se descalzan hasta en algunos restaurantes), queremos pagar al principio de entrar al bus (cuando todo el mundo sabe que en Japón se paga al final) y hablamos demasiado alto en el abarrotado y silencioso metro.

El budismo dice que todos somos parte integral del universo y que cada uno cumple su función. También dice que hay que dejarse llevar y no enfrentarse. Dar un rodeo (be water, my friend) y seguir el camino.

¡Me caen bien los japos!

* fotos de david fajardo (casi todas), quique ruiz y mías

AUSCHWITZ: atracción turística

22 febrero 2010

Pusimos la dirección en el GPS del coche de alquiler: Auschwitz-Birkenau. Rápidamente nos marcó la ruta junto a la etiqueta ATRACCIÓN TURÍSTICA. No podía creerlo. Un campo de exterminio que ya no es un lugar real, sino una metáfora del sufrimiento y el horror (pues Hollywood se ha encargado de convertir este nombre en idea platónica), catalogado junto a las atracciones de feria, los zoos y las pistas de esquí.

Fue un paseo extraño por el campo de concentración. Todas esas fotos de prisioneros en los pabellones convertidos en museo, todos con el pelo rapado pero cada uno con unos ojos distintos, cada uno enfrentándose al sufrimiento (y por ende a la cámara que los retrataba) con una actitud totalmente  diferente: del miedo al desafío, pasando por la resignación, el abatimiento y la mirada ausente de quien ya marchó dejando su cuerpo a la deriva. Vitrinas llenas de objetos robados a los presos: bolsos, joyas, pelo, ortopedias, botones, muñecas, viejas fotos… La vía del tren de la muerte atravesando el campo de punta a punta, las letrinas, las “habitaciones” donde se hacinaban los condenados, las ruinas de lo que un día fueron las cámaras de gas…

Pero esto no es lo más sorprendente. Sabía lo que iba a encontrar, más o menos. Como ya he dicho, el hecho de que la industria del cine esté en manos de judíos, ha hecho que la Segunda Guerra Mundial se convierta en una especie de mitología sobre el bien y el mal que desde niño aprendemos. En la parte del bien, junto a los hobbits, Luke Skywalker, Neo (y la resistencia de “Sión”, jaja, evidencia clara de lo que digo) y Sherlock Holmes, nos encontramos a los judíos. En la parte del mal tenemos a Saurón, Darth Vader, Matrix, el profesor Moriarty y los nazis. La eterna lucha de la luz contra la oscuridad.

Lo que no me esperaba era encontrar grupos organizados, algunos vestidos de igual forma (los de camiseta naranja eran los más numerosos), niños pequeños observando los montones de pelo humano o tanta cantidad de jóvenes judíos.  Pero si lo piensas es normal. En el fondo el GPS tiene razón y Auschwitz, por extraño que suene al principio, es una atracción turística. Empezando por mí, un turista español buscando desde dónde realizar una buena foto para poner en el blog.

Observando a dos judíos que asistían serios al espectáculo me entraron ganas de acercarme y preguntarles en inglés si no veían la contradicción entre su pasado de víctimas y la política actual de Israel con los palestinos. Haber padecido malos tratos de niño no es una excusa para golpear a tus hijos. ¿No hemos aprendido nada? No les dije esto, claro. A lo mejor ellos ni siquiera vivían en Israel. A lo mejor vivían, pero no estaban de acuerdo con la política de sus dirigentes. No es una cuestión de razas, de genes benditos o malditos, sino de personas y sociedades.

Me imaginé un futuro en el que los palestinos visitaban la franja de Gaza y ponían flores sobre las fotos de sus antepasados asesinados. Un futuro en el que los judíos habitaban Mordor. Tan ridículo como este presente que nos muestra el cine: de pueblo inocente, elegido y encarnación de la virtud. ¿Nadie se da cuenta que no hay ni buenos ni malos? ¿Que todos los pueblos son a veces oprimidos y opresores? ¿No tendrá Dios cosas más importantes que elegir a un pueblo y pedirle que se deje patillas? (more…)

Ksar Rhilane: a través del desierto en utilitario

11 febrero 2010

Me fui al desierto para desconectar. Con mi pareja. Nos pareció que el desierto era el lugar perfecto para descansar: de la gente, del ruido, del aire contaminado, de los emails, del móvil y de la sobrestimulación de la vida diaria. Elegimos Túnez porque el vuelo era más barato y las carreteras estaban mejor. Pero cual fue la desilusión al enterarnos, ya allí, que llegar al oasis de Ksar Rhilane, (que habíamos elegido como oasis particular) era imposible si no contratábamos una excursión en una agencia o alquilábamos un 4×4. Ambas opciones eran carísimas, así que la única posibilidad que nos quedaba era visitar otros oasis más turísticos, de esos abarrotados por los viajes organizados.

Encabezonado por llegar a Ksar Rhilane –frente al Gran Erg Oriental, de espectaculares dunas rojas, dicen las guías-, alquilamos un Citroen C3 y lo probé en una pista de tierra, para ver si, con un poco de paciencia, era posible utilizarlo como todoterreno. Tras conducir durante casi un kilómetro por campo a través me convencí de que obviamente no lo era. Casi acabo con el coche y con mi relación.

Ya me había resignado a no visitar Ksar Rhilane y conducir hasta Douz, la puerta del desierto donde van a cientos los turistas a hacerse la foto de rigor, cuando paramos a poner gasolina de contrabando traída de Libia. Allí un joven comenzó a hablar con nosotros. Los tunecinos son muy propensos a la charla con el turista, sin esperar nada a cambio (como ocurre en otros países). Le comenté la desilusión de no poder llegar a Ksar Rhilane y me dijo que acababan de abrir una carretera que llegaba directamente al oasis. La carretera del oleoducto. Así la llaman porque cruza el desierto de norte a sur por encima de un oleoducto.

Eran las cinco. A las seis y media se haría de noche. O sea que teníamos una hora y media para llegar a la carretera del oleoducto y recorrer los más de ochenta kilómetros que se adentran en el Sahara. Cualquier contratiempo nos dejaría aislados de noche en medio del desierto. Sin cobertura ni comida y sólo un coche utilitario por protección. Pero hay decisiones que nos eligen a nosotros, no al revés. Por supuesto, nos despedimos con prisas y pisé el acelerador. Prepárate Khsar Rhilane…

A unos sesenta kilómetros encontramos el desvío a la carretera del oleoducto. Lo cogimos y el paisaje, a los pocos minutos, cambió. La carretera del oleoducto es una línea absolutamente recta de más de cien kilómetros. Es sobrecogedor conducir por una carretera sin una sola curva. Llegar a lo alto de un tramo elevado (la carretera discurre por una orografía de dunas, subiendo y bajando a menudo) y ver kilómetros y kilómetros de asfalto en línea recta, perdiéndose en el horizonte. Un horizonte plano. Plano por los cuatro puntos cardinales. Sin construcciones ni montañas ni coches ni seres vivos. Un paisaje monocromo –de un desolador amarillo hueso- bajo un cielo a cada minuto más oscuro.

Es difícil explicar qué pasaba por mi mente -y sobre todo por mi cuerpo- en ese momento. No podía dejar de pensar en lo que ocurriría si pinchábamos o si el desierto, que tramo a tramo se adentraba más en la carretera como los tentáculos de un animal marino, llegaba a cubrir todo el asfalto. Teníamos el tiempo justo para llegar antes de la noche. Cualquier contratiempo deberíamos resolverlo solos, pues nos habíamos cruzado solamente con dos todoterrenos que, como nosotros, pisaban el acelerador para escapar de esa carretera desierta antes de que oscureciese. Así que, con el estómago encogido y las manos sudadas, intentaba calmarme.

El desierto está vivo. Ya lo experimenté en la India, cuando me fui con dos chicas israelís y dos adolescentes indios a ver la puesta de sol en el Tar. Las israelís eran realmente antipáticas –más bien diría xenófobas, pues trataban a los indios como si ellas fueran una raza superior y ellos sus inferiores naturales-, por lo que me senté con los jóvenes indios a unos metros de ellas y observé, apoyado en un camello y escuchando los cantos rajastanís de los jóvenes, cómo el sol se escondía sobre un paisaje absolutamente vivo. Las dunas, a pesar de parecer inertes, se mueven constantemente. El viento crea ríos de arena que, como una segunda piel, cubren la superficie aparentemente inmóvil. Creo que ahí me enamoré del desierto.

Si en aquella ocasión, en el Tar junto a la frontera de Pakistán, el movimiento perpetuo del desierto me sobrecogió por su belleza, esta vez lo hizo por razones diferentes. Las dunas que nos rodeaban eran cada vez más altas, el viento soplaba cada vez con más fuerza y los ríos de arena cruzando la carretera eran kilómetro a kilómetro más numerosos. Es difícil explicar el desierto a quien nunca ha estado allí. Tienes la impresión de que está vivo y de que tú, criatura insignificante, estás a su merced. No puedes más que encomendarte a él y seguir tu camino.

Esta vez no pinchamos. Lo hicimos a la vuelta (pobre coche, quedó destrozado). Tampoco nos encallamos en la arena. Inch Alá. Llegamos a Ksar Rhilane con las últimas luces del día, embargado por una emoción que hacía tiempo que no recordaba.  El lugar me recordó a la película Mad Max. Un paisaje casi marciano (plano y rojizo) con construcciones precarias de madera, chapas metálicas y paja. Coches destartalados, bidones oxidados esperando llenarse con las improbables lluvias, una gigantesca torre antena y un cielo sucio. Para nosotros, en ese momento, el paraíso terrenal.

No importa demasiado nuestra estancia en Ksar Rhilane (en un campamento dentro del oasis de palmeras, no en la aldea destartalada). Importa el viaje. Un viaje que transformó el destino. Intenté imaginarme un grupo de turistas llegando a las 8 de la mañana en los todoterrenos de una agencia de viajes, y supe que ellos nunca verían Ksar Rhilane. Podrían pisarlo y hacerse fotos entre sus dunas o en el círculo de palmeras, pero nunca conocerían este remoto poblado en las orillas del Gran Erg Oriental, donde antiguamente descansaban las caravanas de camellos tras días de viaje por el desierto.

No pude evitar pensar en las casas de té japonesas. Todas ellas tienen un camino que discurre por un jardín. Al final del camino está la casa. Las normas de protocolo dicen que ese camino debe hacerse solo. Para preparar tu mente. Para separarte de tu vida cotidiana y llegar vacío a la ceremonia del té.

Cambios que dejan todo igual

23 septiembre 2009

muralla2WPTengo un compañero que siempre dice que las Cruzadas no han acabado todavía, que seguimos luchando por tener el control de Tierra Santa, que judíos, cristianos y musulmanes aún no han dejado de combatir por Jerusalén. Creo que tiene razón, que dentro de varios siglos, los libros de historia (si es que existe algo así) hablarán de las Cruzadas como algo que pervivió hasta el siglo XXI, o tal vez más allá, quién sabe, pues el conflicto israelí no tiene pinta de terminar nunca.

Miramos las Cruzadas como algo del pasado sin darnos cuenta de que intereses cristianos (EEUU), judíos (Israel) y musulmanes (Palestina y varios paises más) siguen disputándose la tierra donde tuvo la mala suerte de nacer Jesús de Nazareth. Mala suerte para la tierra, claro. Ese pequeña región que no levanta cabeza desde entonces por culpa de diversos fanatismos.

Haciendo hikking por la muralla china encontré a muchos trabajadores reconstruyendo las partes más afectadas por la erosión. El sol era abrasador y ellos, con la camiseta atada en la frente, ponían piedra sobre piedra. ¿Acaso desde el siglo III a. C., cuando se colocó la primera piedra para defenderse de las hordas mongolas, ha habido algún momento en el que no haya habido alguien trabajando en ella? muralla1WP

Los miraba y no podía más que pensar en una cadena jamás rota. En esos seres anónimos que eran otros seres anónimos, que ocupan el lugar que antes ocuparon otros, haciendo que todo cambie sin cambiar, como el río de Heráclito. Trabajadores mal pagados que trabajaban de sol a sol, aguantando las inclemencias del tiempo: los 40º en verano, las nieves del invierno, las lluvias torrenciales de la primavera y el otoño. ¿Por qué? Para que su imperio fuera fuerte. Al principio para ahuyentar a los extranjeros. Ahora para atraerlos. Qué importa. En el fondo da exactamente igual. La muralla china sigue reconstruyéndose y, probablemente, jamás dejen de trabajar en ella esos hombres: otros pero los mismos.

Comencé a pensar en la historia, en cómo miramos al pasado y lo percibimos como algo acabado cuando -en la mayoría de los casos- todo sigue exactamente igual. Han cambiado algunos nombres, eso sí, como si al cambiar los nombres algo cambiara (Pol Pot quiso hacer algo así, pero  al final como no pudo acabar con los nombres acabó con la gente que los pronunciaba). Ya no se extermina en nombre del dios Sol, sino de otros dioses sin nombre -Dios, Alá y Jehová son la misma palabra: dios-; los emperadores son grandes trusts empresariales y los esclavos, asalariados del tercer mundo que apenas ganan para comer; en el nuevo Eldorado hay petróleo y gas natural; y puedes visitar las nuevas colonias comprando un paquete turístico a Las Maldivas, por ejemplo.

No sé, nada cambia. Salvo  los cortes de pelo y los zapatos, quizá. Aunque las modas vuelven, no nos olvidemos.

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Guía fantástica de Beijing (ii): el mercado nocturno

18 septiembre 2009

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Junto a la calle comercial Wangfujing–una de esas calles atestadas de gente, tiendas, anuncios gigantes y luces de neón que tanto asociamos con el moderno oriente- está el mercado nocturno de Donghaunmen. Lo forman unos cincuenta puestos callejeros donde se venden pinchos de todo tipo, aunque también podemos encontrar algunos platos de noodles, verduras o frutas. Los pinchos van del pollo adobado con especias picantes a las cucarachas fritas, pasando por carne y piel de serpiente, gusanos, capullos de gusanos de seda, estrellas de mar o escorpiones de diferentes tamaños, que te los hacen a la plancha mientras todavía están vivos. Salvo las cucarachas –soy un flojo- probé todo lo demás.

Recomiendo la serpiente, que sabe entre sepia y pollo (algo así como las ancas de rana pero más sabroso) y los escorpiones pequeños fritos, cuyo sabor recuerda a las patatas fritas. Podría perfectamente ser un snack y ponerse en cualquier fiesta de cumpleaños. Pruébenlo. No recomiendo los capullos de gusanos de seda, duros por fuera y viscosamente malos por dentro; ni los gusanos, que no sabían a nada. Las estrellas de mar y la piel de serpiente me dejaron indiferente. El pollo no sé, lo puedo comprar en el supermercado, así que no lo comí.

Mi degustación culinaria de esa noche se vio completada al día siguiente por un sabroso plato especiado de tortuga. Me sirvieron la tortuga entera, sin cabeza, eso sí, pero tras el impacto inicial y averiguar para qué eran los guantes de plástico, debo decir que es un plato exquisito, que me recordó a las manitas de cerdo en la textura y a la codornices en la cantidad de pequeños huesecillos.mercadoWP

Historia
Me lo contó el camarero del bar del hotel donde me alojaba, la última noche que pasé en Beijing.
-¿En serio has comido toda esa porquería?
Comenzó a reír y me contó que hasta finales de los años 80, momento en el cual los turistas extranjeros llegaron a China, jamás se había escuchado hablar de pinchos de escorpiones o estrellas de mar fritas. El mercado nocturno ya existía y su producto más exótico eran los pinchos de sepia a la plancha. Pero los extranjeros se habían hecho una imagen de Beijing, distorsionada por libros y películas: un lugar misterioso con costumbres extrañas, entre las cuales estaba comer perros, escorpiones o serpientes.

Tanto pidieron los turistas probar algunos de esos manjares ocultos que los vendedores del mercado nocturno comenzaron a proporcionárselos. ¿Queréis serpiente? Pues yo os daré serpiente. ¿Queréis cucarachas? Pues venga un pincho de cucarachas fritas. Además, descubrieron que podían pedir tres veces más por esos manjares “exóticos” que por el resto.
-Ningún chino comería nada de eso –finalizó el camarero-. Te lo puedo asegurar.

Esa vez que fui terrorista

15 septiembre 2009
very dangerous man

very dangerous man

Sólo había seis extranjeros en aquel avión y, puestos a encontrar un enemigo, Cristina y yo teníamos todas las papeletas. Éramos los más jóvenes, los que vestían de forma más sospechosa (yo llevaba una camiseta militar con la estrella roja comunista) y, además, durante las vacaciones me había dejado crecer barba. Los israelís son educados desde niños para distinguir a los amigos de los enemigos, para descubrir en ese hombre que sube en el autobús un terrorista suicida o en ese coche que se aleja un arsenal de armas. Así que miraban el pasaporte y nos miraban a nosotros una y otra vez, intentando descubrir algún error. Después sólo nos miraban a nosotros, esperando que en su interior algún gesto o mirada o qué se yo conectara la alarma. Ese sexto sentido que tienen los pueblos en guerra, porque Israel, queramos verlo o no, es un país en guerra. Como al parecer no le saltó la alarma a ninguno de los funcionarios israelís, pasaron al interrogatorio. elal

¿Os importa que os haga algunas preguntas personales? Por supuesto no era una pregunta. Hubiese sido más correcto decir: vamos a haceros unas preguntas personales y debéis responder a todas, por incómodos que os sintáis. Cuando acabaron las preguntas, no satisfechos con las respuestas nos separaron: ¿Dónde la has conocido? ¿Vivís juntos? ¿A qué se dedica? ¿Cuál es el motivo de vuestro viaje a China? ¿Por qué tenéis interés en viajar a Tel Aviv? Mi respuesta fue agresiva, pero con sonrisa, a su estilo: No tenemos ningún interés, sólo hemos cogido un avión a casa con tan mala suerte que hace transbordo en Tel Aviv. Si mira el billete verá que no estaremos allí más de dos horas, cambiando de vuelo.

Los funcionarios iban cambiando. Supongo que los israelís pagan muchos impuestos, pues pasamos por las manos de más de diez personas. Y eso que estábamos en el aeropuerto de Beijing. Todos sonreían y todos nos decían que no pasaba nada, pero no nos dejaban avanzar. ¿Pueden sacar lo que tienen en las maletas?, ordenó alguien. Estas las vamos a facturar, le dije, esperando no tener que deshacer y hacer la maleta más grande. Está bien, abran sólo las que vayan a llevar con ustedes. No es que no nos fiemos, es que tal vez alguien ha metido algo en ellas, durante el tiempo que las maletas han estado en la recepción del hotel, por ejemplo. ¡Joder, cómo no se me había ocurrido algo tan obvio!

Saqué las cosas, vi que todo estaba en orden y las volví a meter. En ese momento el hombre, que había estado observando la misma operación pero realizada por Cristina, se acercó: ¿Qué haces? ¿Por qué lo guardas? Empezaba a mosquearme: Todo está correcto, nadie ha metido nada dentro. El hombre me hizo un gesto para que la volviera a deshacer. ¿Tengo que volver a sacarlo todo? ¿No se suponía que era para que yo viera si…? El hombre se giró y se dirigió a otros enhebreo. No entiendo el idioma, pero entendí algo así como: no quiere colaborar. Al final saqué las cosas, claro. Calcetines, pins para la nevera, libros, algún regalo para la familia… ¿Hay algo que no reconozca? No, todo en orden. Llegó una de las chicas que nos había interrogado: ¿Hay algo que os hayan regalado? No, bueno –dije casi en broma-, el hotel nos ha regalado un abrebotellas. Los dos funcionarios se miraron. Al fin tenían algo. Supongo que dentro de ellos daban palmas de alegría.abrebotellas

¿Puede sacarlo? Sin poder creerlo saqué el abrebotellas, más pequeño que el culo de un vaso y decorado como una máscara sonriente. Preocupados se llevaron el abrebotellas, que vi cómo pasaba de mano en mano hasta llegar a un elegante israelí que parecía ser el jefe de todos. Unos minutos después volvieron con una bolsa aislante, que sellaron. Vuelva a guardarlo, pero no se le ocurra sacarlo de la bolsa. Podría ser peligroso. Comenzaron a etiquetar nuestras bolsas y bolsos. La etiqueta de la bolsa donde estaba el abridor-máscara sonriente era de otro color, azul. Al parecer era altamente terrorístico, porque cada vez que uno de los funcionarios veía su color nos sacaban de la cola o nos levantaban del banco de la puerta de embarque para inspeccionar la mochila en busca de la bolsa sellada.

Estuve tentado de decirles que me pusiesen la marca en un brazalete, como esos que llevaban sus antepasados en Alemania. Al final no lo hice, claro. Pero cuando una azafata china me dijo que los israelís podían abrir las maletas que facturara y leer las cartas personales, no pude resistirme. Le dije: los israelís están locos. Y aunque no me contestó y bajó la cabeza con diplomacia, vi en su mirada resignada que pensaba lo mismo. Espere un segundo. Si pueden leer las cartas, voy a escribirles una, para que así se entretengan. En ese mismo mostrador escribí una carta en inglés dirigida al pueblo de Israel (Dear israelian people,), corta -pues tenía cola detrás- donde les decía que estaba muy contento de pasar por su país y de que leyeran mis cartas. Supuse que era suficiente irónico y que hasta esos funcionarios, tan serios y profesionales, podrían captarlo. Metí la carta en un bolsillo y facturé la mochila.

perfildchoperefilizqdaAntes de embarcar nos llamaron varias veces: a parte de la etiqueta, al lado de nuestros nombres, en la lista de pasajeros habían hecho una marca. Nos separaron un par de veces, enseñamos los pasaportes, la bolsa sellada con el abrebotellas sonriente quasinuclear, miraron las fotos y nuestras caras, siguieron preguntándonos –si no os importa– preguntas personales… hasta que subimos al avión.

Una vez dentro ya nadie nos molestó, pero descubrí hasta qué punto los israelís son una isla, ajena al mundo. Utilizan casi exclusivamente sus propias aerolíneas El Al, cuyo lema es: It’s not just an airline. It’s Israel. Allí dentro las azafatas se dirigen a ti en hebreo y hasta las películas que ponen son en su mayoría en este idioma, como si el hecho de que un extranjero viaje en sus aviones fuera un extraño error. La comida tenía garantía kosher, por supuesto, firmada por un rabino, y se nos advirtió a los apestados (léase extranjeros) que no se nos ocurriera, una vez en tierra, salir del aeropuerto.

En ese momento me dieron pena, la verdad. Me dio pena ese miedo que les hace desconfiar de todo, de un español con barba y de un ridículo abrebotellas chino. Me dio pena que deban viajar en sus propias aerolíneas para sentirse seguros y me los imaginé en su país, un pequeño país rodeado de enemigos, asustados hasta de su sombra. Pero luego pensé:  ellos sabrán lo que hacen y me eché a dormir, pues el telediario que mostraban las pantalla de televisor del avión, además de estar en un idioma incomprensible para mí, sólo hablaba de atentados y de terroristas con barba. ¡Qué triste, Dios mío…o Yahvé mío, lo que sea!

Guía fantástica de Beijing (i): art district 798

9 septiembre 2009

798WPDescripción
A las afueras de Beijing (China) encontramos el Art District 798, corazón del arte contemporáneo chino. Un polígono de fábricas para uso militar  reconvertido tras el fin de la guerra fría en complejo artístico. Decenas de museos, galerías, bares, esculturas y curiosos rincones hospedados entre edificios industriales de corte bauhaus.

La performance
El artista conceptual Luyi Lee, el pasado 1 de septiembre de 2009 dio el pistoletazo de salida a una performance llamada RECONVERSIÓN I. En ella 798 artistas tomaron una de las fábricas de munición y se colocaron frente a la cadena de montaje, fabricaWPataviados con monos de trabajo y guantes. La nave industrial comenzó a funcionar tras algunos problemas técnicos rápidamente solucionados como si no hubiese pasado el tiempo. Los artistas, en su papel de proletarios, trabajaron durante doce horas creando munición para metralletas UZI. La performance durará 36 meses, durante los cuales los artistas trabajarán siete días a la semana por un sueldo que apenas llega a los 2000 yuanes (200 euros), reivindicando de esta forma la explotación a la que se han visto sometidos muchos ciudadanos chinos durante siglos. La empresa patrocinadora de esta rompedora iniciativa de arte contemporáneo ha preferido mantener el anonimato, pero ha asegurado que sufragará todos los gastos que la performance pueda generar y que no descartan, una vez termine la obra, financiar  RECONVERSION II, otro innovador work in progress en el que ya está trabajando Luyi Lee.

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MONGOLIA TRANSITORIA

6 septiembre 2009

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CAMINOS

No existen mapas de Mongolia. En Mongolia todo es precario. Mongolia es un sustantivo que cada día cambia su referente. Los asentamientos nómadas se trasladan según la estación y los caminos son creados por las ruedas de los pocos vehículos que la atraviesan. Los conductores no conducen, navegan en un país cuyo horizonte es absolutamente plano, sin puntos de referencia salvo el sol, las estrellas, el viento y las migraciones de pájaros e insectos. Cualquier camino es siempre aproximado, una línea lo más recta posible entre un punto y otro (cambiantes). Tan recta como consiga la pericia del conductor.

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HUELLAS

Los vehículos intentan seguir las huellas de otros vehículos, pero los charcos de los monzones, un arbusto demasiado crecido o un animal que se cruza pueden hacer que el conductor abandone las huellas de neumáticos: a veces unos metros, a veces unos kilómetros discurriendo paralelos. Hasta seis o siete caminos pueden discurrir paralelos, como una extraña autopista de sendas, uniéndose y separándose caprichosamente, a ritmo de obstáculos, antojos y destinos. En el norte, allí donde el desierto no borra las huellas casi inmediatamente.desiertoWP

PUENTES

En Mongolia cualquier punto es camino. Como en un cielo blanco de estrellas cualquier dibujo imaginable sería constelación. Construir un puente es entonces imposible, pues cada grado de la circunferencia es camino y el posible puente sería una semiesfera hueca. Un puente absurdo entonces.

BUDISMO

Todo es transitorio, dice el budismo. Nada permanece y por ello a nada nos podemos aferrar. No es casualidad que Mongolia sea un país budista. Las migraciones borran los asentamientos. El viento y la lluvia los caminos. Cada generación destruyó a la anterior y todo su legado (los lamas a los pastores, los comunistas a los lamas…). Son budistas pero creen también en el Cielo Azul. camionetaWPApenas hay nada más en lo que creer. El Cielo -inmenso sin obstáculos para la vista- parece lo único que se mantiene fijo.

OBOOS

La construcción más extendida en Mongolia son los pequeños promontorios de piedras o de ramas. En cualquier lugar.  Porque todo lugar es similar a cualquier otro. obooWPSe les llama oboos y se va formando con las piedras y objetos que la gente va sumando. A veces billetes, cráneos de animales, pañuelos azules o piezas de coche se unen a la composición. Son objetos-plegaria con los que pretenden obtener más dinero, un ganado sin pérdidas, un viaje sin complicaciones…

ARQUITECTURA

Los gers -tiendas desmontables mongolas- son la única tradición arquitectónica mongola. Una arquitectura efímera y cambiante, como sus oboos sagrados. Por eso cuando en el siglo XX quisieron construir ciudades no había un estilo propio que imitar. plazaullaanWPUllaanbaatar es un ejemplo de pastiche postmoderno. Los comunistas rusos construyeron bloques grises constructivistas. Después fueron llegando inva(er)sores extranjeros y cada cual construyó según las pautas de su propia cultura: ulaan2WP mamotretos de mármol y dorados más propios de Dubai que de los pastores guerreros descendientes de Genghis Khan, rascacielos de cristal al más puro estilo norteamericano, edificios tokiotas llenos de luces de neón que brillan como faros en las noches de una ciudad sin apenas iluminación en las calles, templos budistas de estilo chino siguiendo las pautas de los destruidos por la revolución, ullaanWPinexplicables edificios públicos pintados de rosa que imitan la Grecia clásica… Todo cabe en una ciudad sin pasado. Todo se mezcla sin discriminación ni orden. Y curiosamente la mezcla -absurda- es agradable.

CIUDADES

Ullaanbaatar, como ocurre en tantos países, es algo muy diferente al resto de Mongolia. Crece cada día porque muchos campesinos arruinados montan su yurta en las afueras. yurtaWPTiene lujosos bancos, restaurantes y hoteles al lado de un ejército de niños-rata, que viven en las alcantarillas, donde pasan las noches abrazados a las tuberías de agua caliente que construyeron los rusos en una de las ciudades más frías del mundo. Cuando los rusos abandonaron el país las ciudades fueron abandonadas a la par y muchos mongoles volvieron a la vida nómada. Hoy quedan tres ciudades importantes en toda su extensa geografía. El resto están vacías (ruinas fantasmales en medio de la nada) o muchas veces formadas por seis o siete casas: una gasolinera, un mecánico, un hipermercado, una tienda (o dos) de telefonía móvil y poco más.

esclavos en ISLA GOREÉ

25 abril 2008

0,

-Los indios americanos tienen alma.

Esta fue la conclusión del intenso debate teológico que en el siglo XVI mantuvieron Ginés de Sepúlveda y Bartolomé de las Casas.

-Y si tienen alma no pueden ser esclavizados, pues va en contra de los preceptos cristianos.

El imperio español se encontró entonces con un problema logístico. Sin esclavos era imposible mantener aquel imperio en el que nunca se ponía el sol.

-Esclavicemos a los negros entonces.

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