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NY: la ciudad referencial

16 septiembre 2010

No sé muy bien qué decir de Nueva York. Que no existe. Que hay tantos Nueva Yorks que al final no hay ninguno. Como los inmortales de Borges, que a fuerza de ser todo se convirtieron en nadie. No se puede decir nada de Nueva York. Si digo que el domingo es el día de fiesta me contradice el sabbath judío y las tiendas de los chinos. Si digo que se come a las 13 h me contradicen los que comen a las 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10, 11, 12, 14, 15, 16, 17, 18, 19, 20, 21, 22, 23 y 24 h. y si digo que el inglés es la lengua oficial me contradicen carteles, periódicos y conversaciones, a cada minuto.

No hay Nueva York. Hay gente. Gente que comparte un espacio sin crear una ciudad. El neoyorquiino típico es de piel blanca-negra-marilla-roja, de ojos claros-oscuros-achinados-almendrados y antepasados australopitecus (por encontrar un antepasado común). Pero todos, eso sí, se sienten orgullosísimos de pertenecer a Nueva York. Y lo muestran en sus camisetas, gorras y pegatinas.  Las mismas que llevan los turistas. Porque en Nueva York no hay turistas, ya que Nueva York nos pertenece a todos, aún a aquellos que nunca lo pisarán. Porque está en nuestro pasado y en nuestro presente como una segunda residencia virtual.

[todos somos neoyorquinos]

Crecimos con los tebeos de Superman y después con los libros de Paul Auster y las películas de Woody Allen. Nos sobrecogimos con las imágenes del 11M y conocemos mejor la fisonomía de la Casa Blanca que de la Moncloa. Y a estos referentes podemos sumar cientos. Paseas por el Museo de Ciencia Natural y piensas en la primera vez que Rachel y Ross se acostaron juntos, cruzas el puente de Brooklyn y piensas en Annie Hall, la estatua de la libertad te recuerda el final de El planeta de los simios, al pedir un café en un diner recuerdas Brooklyn Follies y las escaleras de incendios te incitan a cantar “María, María…” a la portorriqueña guapa que se asome a una ventana. Cada cual tendrá sus propios lugares fetiche: el escaparate de Tiffany’s recordando a Truman Capote o Audrey Hepburn, según el caso; el parque de atracciones freak de Connie Island (Big, The Warriors…); las zapaterías de Manolo Blahnik (Sexo en Nueva York) o el mítico CBGB donde solían tocar The Ramones. New York nos pertenece. Nos guste o no. Forma parte de nuestro pasado. Todos hemos vivido un poco en New York, aun a miles de kilómetros. Aun sin haber pisado sus calles.

-Visitar Nueva York me hace pensar en la decadencia del Imperio romano -me comentó mi amigo Carlos mientras esperábamos el metro en el Lower East Side. Lo dijo por una rata enorme que se paseaba junto a nosotros. Y es que el metro se ha quedado viejo. Hasta los rascacielos -el hito de lo moderno- se han quedado viejos. No son de metal o cristal. Son de caravista, con gárgolas, columnas y nidos de gorriones. Espectaculares y preciosos aún, pero que recuerdan demasiado lo que debieron ser y significar hace un siglo. Mala señal que te hagan pensar en el pasado y no en el futuro (otro ejemplo es Tokio).

-También por los bárbaros -acabó de decir mi amigo cuando nos sentamos en el vagón e metro y miró a su alrededor. Lo decía sin malicia, claro. La palabra “bárbaro” significa “extranjero” y tiene su raíz en el sonido que para los griegos hacían todos aquellos que no hablaban su lengua: barbarbar. Bárbaros o extranjeros son todos en Nueva York. O, como ya dije, todos somos de esta ciudad, aunque sea un poquito (tal vez por eso, desde el primer día, sentí que pertenecía a aquel lugar y nadie me trató como a un turista).
[nueva york, metáfora de un país]

Debo decir que iba dispuesto a que los estadounidenses me cayeran mal. Llevaba en la mochila mi cámara de fotos, algo de ropa y todos los prejuicios antiyanquis del mundo. No pude conseguirlo, lo de que me cayeran mal. Me encontré con gente amabilísima, dispuesta a ayudar en todo momento y que siempre te sonreían. Pero sobre todo me encontré con un país inabarcable del que Nueva York es sólo una metáfora. Si Nueva York es la suma de barrios judíos, orientales, latinos, europeos, indios o afroamericanos que apenas tienen nada que ver entre sí -sólo hay que darse una vuelta un domingo por Harlem, la Quinta Avenida, Soho o Williamsburg para comprobar cuántos New Yorks diferentes esconde New York-, Estados Unidos apenas es diferente a este collage.

Pensé en Alaska, en California, en Texas, en Hawai y en Florida, y me di cuenta de que, como el propio nombre indica, es una inmensa nación formada por pequeños estados, algunos de ellos muy diferentes entre sí. ¿Qué tienen que ver los pequeños pueblos de la costa de Maine -por los que conduje realizando la ruta de los faros de Hopper y que son muy similares a los escandinavos y escoceses- con las polvorientas carreteras de Nevada? ¿Y los cocoteros hawaianos con las grandes ciudades como Nueva York o San Francisco? ¿Y el culto al cuerpo de las playas de Miami con los pescadores de los lagos helados de Alaska?

Improvisé una respuesta: el plástico y la comida rápida. En Estados Unidos he comido langosta en un plato de plástico y he brindado con un buen vino en una copa de plástico, como si estuviese en un McDonalds y no en un caro restaurante. Para un europeo, esta falta de protocolo es realmente inquietante, al igual que la presencia ubicua (en cualquier estado) de las mismas cadenas de comida basura para futuros gordos: hamburguesas, perritos, rosquillas… Y las banderas. Se me olvidaban las banderas. En cualquier rincón hay una bandera americana.

Por suerte uno de mis acompañantes en este viaje era un norteamericano de Chicago, Chris. Le pregunté por todo esto, por las orgullosas banderas ondeando por todo el país a pesar de las grandes diferencias entre los estados. Me chocaba que la amable mujer que arreglaba su jardín en los bosques de Vermont se sintiese parte de la misma nación que un ranchero de Texas, un vigilante de la playa de Florida o un banquero de Wall Street. Mi acompañante me dio la respuesta. Una respuesta cuya teoría era digna de admiración, pero cuya práctica deja bastante que desear (y esto me lo dijo él mismo, muy crítico con su cultura).
[un país unido por su futuro]

Casi todos los países se sienten unidos por su tradición, por su pasado común. En Estados Unidos, nación joven, la cosa sucede al contrario. Los une el futuro, el destino común. Los unen dos grandes palabras: democracia y libertad. Les une el propósito colectivo de convertir esas dos palabras en los fundamentos de la sociedad futura. A los extranjeros que visitan este país, como a mí, les parece ridículo ver tantas banderas americanas (más a los españoles, claro, que por culpa de la guerra civil parece que nos acompleje nuestra bandera). En cada jardín, coche, ventana tienen ellos una. Y la explicación es bien simple. No es la bandera de un país, sino la bandera de una aspiración, de un sentimiento fraternal. Se sienten orgullosos de exhibir los colores blanco, rojo y azul. Los colores de la Revolución Francesa y de sus ideales: libertad, igualdad y fraternidad. Por eso su defensa de un país que es país y es utopía forjándose.

Y por eso -llegando más allá- la hipocresía y las mentiras de sus gobiernos. La hipocresía y las mentiras de sus medios de comunicación. Con el beneplácito de gran parte de la sociedad. Porque si Estados Unidos no es el país de la libertad y la democracia, entonces no tiene ninguna razón para mantener sus estados unidos. Nada más los ata. Sin esas dos palabras no hay aspiración común. Sin aspiración común no hay país. Y cuando falla la libertad y la democracia es deber de todo gobierno y de todo ciudadano concienciado ocultarlo para seguir unidos por los ideales que han fallado. Por eso tanta bandera y tanta sonrisa. Porque si no, apenas hay nada.

Pero debo decir a su favor, que fue en los pequeños pueblos de Maine y Vermont donde entendí el concepto de comunidad. Cada pueblo tiene su policía, su panadero, su mecánico, su maestro, su electricista… y son conscientes de cuál es su pieza en el puzzle, de qué función desempeñan dentro del conjunto. Aprendí que un país no es algo abstracto, sino la suma de todos los que lo forman. Una obviedad que a los españoles (como a otros pueblos mediterráneos) nos cuesta entender. Sólo un pueblo que ve el Estado como algo ajeno premia -o al menos permite sin mayor cargo de conciencia-, la corrupción (ser alcalde y no enriquecerse es visto como de gilipollas por gran parte de los españoles), el enchufismo, la economía sumergida y el engaño a Hacienda, por citar algunas prácticas habituales en lugares como España, Italia, Grecia… donde un Estado no es una suma que nos incluye, sino un elemento externo del que está bien aprovecharse.

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