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Ksar Rhilane: a través del desierto en utilitario

11 febrero 2010

Me fui al desierto para desconectar. Con mi pareja. Nos pareció que el desierto era el lugar perfecto para descansar: de la gente, del ruido, del aire contaminado, de los emails, del móvil y de la sobrestimulación de la vida diaria. Elegimos Túnez porque el vuelo era más barato y las carreteras estaban mejor. Pero cual fue la desilusión al enterarnos, ya allí, que llegar al oasis de Ksar Rhilane, (que habíamos elegido como oasis particular) era imposible si no contratábamos una excursión en una agencia o alquilábamos un 4×4. Ambas opciones eran carísimas, así que la única posibilidad que nos quedaba era visitar otros oasis más turísticos, de esos abarrotados por los viajes organizados.

Encabezonado por llegar a Ksar Rhilane –frente al Gran Erg Oriental, de espectaculares dunas rojas, dicen las guías-, alquilamos un Citroen C3 y lo probé en una pista de tierra, para ver si, con un poco de paciencia, era posible utilizarlo como todoterreno. Tras conducir durante casi un kilómetro por campo a través me convencí de que obviamente no lo era. Casi acabo con el coche y con mi relación.

Ya me había resignado a no visitar Ksar Rhilane y conducir hasta Douz, la puerta del desierto donde van a cientos los turistas a hacerse la foto de rigor, cuando paramos a poner gasolina de contrabando traída de Libia. Allí un joven comenzó a hablar con nosotros. Los tunecinos son muy propensos a la charla con el turista, sin esperar nada a cambio (como ocurre en otros países). Le comenté la desilusión de no poder llegar a Ksar Rhilane y me dijo que acababan de abrir una carretera que llegaba directamente al oasis. La carretera del oleoducto. Así la llaman porque cruza el desierto de norte a sur por encima de un oleoducto.

Eran las cinco. A las seis y media se haría de noche. O sea que teníamos una hora y media para llegar a la carretera del oleoducto y recorrer los más de ochenta kilómetros que se adentran en el Sahara. Cualquier contratiempo nos dejaría aislados de noche en medio del desierto. Sin cobertura ni comida y sólo un coche utilitario por protección. Pero hay decisiones que nos eligen a nosotros, no al revés. Por supuesto, nos despedimos con prisas y pisé el acelerador. Prepárate Khsar Rhilane…

A unos sesenta kilómetros encontramos el desvío a la carretera del oleoducto. Lo cogimos y el paisaje, a los pocos minutos, cambió. La carretera del oleoducto es una línea absolutamente recta de más de cien kilómetros. Es sobrecogedor conducir por una carretera sin una sola curva. Llegar a lo alto de un tramo elevado (la carretera discurre por una orografía de dunas, subiendo y bajando a menudo) y ver kilómetros y kilómetros de asfalto en línea recta, perdiéndose en el horizonte. Un horizonte plano. Plano por los cuatro puntos cardinales. Sin construcciones ni montañas ni coches ni seres vivos. Un paisaje monocromo –de un desolador amarillo hueso- bajo un cielo a cada minuto más oscuro.

Es difícil explicar qué pasaba por mi mente -y sobre todo por mi cuerpo- en ese momento. No podía dejar de pensar en lo que ocurriría si pinchábamos o si el desierto, que tramo a tramo se adentraba más en la carretera como los tentáculos de un animal marino, llegaba a cubrir todo el asfalto. Teníamos el tiempo justo para llegar antes de la noche. Cualquier contratiempo deberíamos resolverlo solos, pues nos habíamos cruzado solamente con dos todoterrenos que, como nosotros, pisaban el acelerador para escapar de esa carretera desierta antes de que oscureciese. Así que, con el estómago encogido y las manos sudadas, intentaba calmarme.

El desierto está vivo. Ya lo experimenté en la India, cuando me fui con dos chicas israelís y dos adolescentes indios a ver la puesta de sol en el Tar. Las israelís eran realmente antipáticas –más bien diría xenófobas, pues trataban a los indios como si ellas fueran una raza superior y ellos sus inferiores naturales-, por lo que me senté con los jóvenes indios a unos metros de ellas y observé, apoyado en un camello y escuchando los cantos rajastanís de los jóvenes, cómo el sol se escondía sobre un paisaje absolutamente vivo. Las dunas, a pesar de parecer inertes, se mueven constantemente. El viento crea ríos de arena que, como una segunda piel, cubren la superficie aparentemente inmóvil. Creo que ahí me enamoré del desierto.

Si en aquella ocasión, en el Tar junto a la frontera de Pakistán, el movimiento perpetuo del desierto me sobrecogió por su belleza, esta vez lo hizo por razones diferentes. Las dunas que nos rodeaban eran cada vez más altas, el viento soplaba cada vez con más fuerza y los ríos de arena cruzando la carretera eran kilómetro a kilómetro más numerosos. Es difícil explicar el desierto a quien nunca ha estado allí. Tienes la impresión de que está vivo y de que tú, criatura insignificante, estás a su merced. No puedes más que encomendarte a él y seguir tu camino.

Esta vez no pinchamos. Lo hicimos a la vuelta (pobre coche, quedó destrozado). Tampoco nos encallamos en la arena. Inch Alá. Llegamos a Ksar Rhilane con las últimas luces del día, embargado por una emoción que hacía tiempo que no recordaba.  El lugar me recordó a la película Mad Max. Un paisaje casi marciano (plano y rojizo) con construcciones precarias de madera, chapas metálicas y paja. Coches destartalados, bidones oxidados esperando llenarse con las improbables lluvias, una gigantesca torre antena y un cielo sucio. Para nosotros, en ese momento, el paraíso terrenal.

No importa demasiado nuestra estancia en Ksar Rhilane (en un campamento dentro del oasis de palmeras, no en la aldea destartalada). Importa el viaje. Un viaje que transformó el destino. Intenté imaginarme un grupo de turistas llegando a las 8 de la mañana en los todoterrenos de una agencia de viajes, y supe que ellos nunca verían Ksar Rhilane. Podrían pisarlo y hacerse fotos entre sus dunas o en el círculo de palmeras, pero nunca conocerían este remoto poblado en las orillas del Gran Erg Oriental, donde antiguamente descansaban las caravanas de camellos tras días de viaje por el desierto.

No pude evitar pensar en las casas de té japonesas. Todas ellas tienen un camino que discurre por un jardín. Al final del camino está la casa. Las normas de protocolo dicen que ese camino debe hacerse solo. Para preparar tu mente. Para separarte de tu vida cotidiana y llegar vacío a la ceremonia del té.

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