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La Guatemala que los turistas no fotografían

15 noviembre 2010

Me habían hablado cientos de veces de Guatemala, con emoción poco disimulada. De las selvas de Petén cuya frondosidad apenas deja pasar el sol, del colorido de los vestidos mayas, de las pirámides de Tikal emergiendo como una aparición sobre las copas de los árboles, del gigantesco volcán de agua protegiendo la bella Antigua y, sobre todo, del lago Atitlan, probablemente (eso suelen decir todos los que lo han visitado) el lago más bonito del mundo.

Yo estuve en esa otra Guatemala por la que los turistas pasan rápidamente, sin quedarse más de lo necesario. En la urbe gris con mayor población de toda Centroamérica y con un índice de delincuencia que supera ya a México D.F. Hablo, claro está, de la capital del país: Ciudad de Guatemala.

Mi estancia en la ciudad fue genial. Presenté una novela y participé en algunos actos literarios entre gente fantástica y muy atenta, la mayoría de ellos intelectuales, escritores o personas relacionadas con la cultura. Por desgracia una minoría en el país. No tuve ningún percance, pero fui testigo, a cada momento, del estado de miedo en el que vive la mayoría de la población de la capital. No sin razón.

Lo primero que sorprende al llegar es ver que los comercios tienen barrotes en las puertas para que el cliente tenga que ser atendido desde la calle o, si no los hay, una o dos personas con pistolas o recortadas protegen el local, apoyados -con gesto de aburrimiento- junto a la entrada. También hay pistoleros protegiendo algunas calles (pagados por los vecinos) y alambradas de espino en cada lugar al que se pueda subir escalando una fachada.

Los coches llevan cristales negros y cierres de seguridad, pues es el lugar más probable para un robo (aunque menos que el autobús interurbano, tomado cada dos por tres por atracadores). Un semáforo en rojo o un atasco es el momento perfecto para que desde una moto te apunten con una pistola y te pidan el móvil, dinero o ambas cosas. La gente empezó a llevar dos móviles, uno viejo para dar a los ladrones y el bueno. Ahora los delincuentes lo saben y te piden el otro en cuanto les das uno. Así que, a día de hoy es mejor llevar dos móviles. Porque, si algo se sabe en Ciudad de Guatemala, es que las pistolas no son sólo para asustar. El índice de muertos por día es altísimo. Más vale no hacerse el valiente.

El robo de móviles es el primer paso para un negocio más lucrativo: la extorsión a los pequeños empresarios. Esos móviles son “regalados” a los dueños de bares, tiendas… para tenerlos siempre localizados (y aterrorizados), asegurándose de que pagan lo convenido. A cambio los protegen (de otras mafias, pero sobre todo del propio “protector”).

Según me contaban, la impunidad ha llegado a tal punto que lo robos y asesinatos se realizan a cualquier hora del día y en cualquier lugar (estando yo allí hubo un tiroteo en el aparcamiento de un centro comercial y otro en un bar de moda, donde murieron bajo la ráfaga de una ametralladora varios jóvenes que tomaban copas en la terraza). Y sin ningún disimulo: los pistoleros utilizan su propio coche para realizar sus asesinatos o robos, sin molestarse en tapar la matrícula. ¿Para qué? La policía gana muy poco dinero, así que los extras los sacan de las mafias. Y por otro lado, el sistema judicial no funciona… ¿qué ocurriría si funcionara bien? ¿No tendrían entonces demasiados políticos que responder ante ella?

Cuando viajas a una ciudad como esta, donde la frase más escuchada es: nunca sabes dónde ni cuándo te van a asaltar. Donde hay decenas de muertos al día, más violaciones que en Ciudad Juárez y los jóvenes ven las maras como única forma de sobrevivir, entiendes el fenómeno de la emigración. ¿Acaso no es absolutamente normal que muchas personas quieran escapar de los lugares donde faltan las oportunidades: poder prosperar sin extorsiones, no tener miedo a salir a la calle, poder proteger a tus hijos o, simplemente, alimentarlos?

Lo que más me llamó la atención cuando visité España, me confesó una amiga residente en Ciudad de Guatemala, es que los niños juegan solos en la calle, pues aquí eso es impensable… Es una pena lo que ocurre allí, sobre todo porque la gente es encantadora, la fusión de culturas  es interesantísima y la ciudad tiene rincones que con un poco de pintura serían muy fotogénicos (la zona 1 o las vistas de los poblados desde el puente del incienso,  por ejemplo). Aunque creo que hay que ser optimista, pues vi signos de que poco a poco la cosa comienza a cambiar.

Qué ciudad tan dura, y sin embargo ya se ha hecho un hueco en mi corazón, quién sabe qué es lo que tendrá…

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