NOVELA: cosas que nunca ocurrirían an Tokio]

[cosas que nunca ocurrirían an Tokio (ed. La Otra Orilla)

1,
¿Podría levantar los pies para que meta la escoba? Así está bien, gracias. A la India, ¿verdad?
Es muy fácil. Los destinos son como los cortes de pelo, los zapatos… o la pareja. Los elegimos por cómo nos quedan.
Mi sobrina lleva el pelo con mechas rubias, le encantan los zapatos de tacón y se casó el año pasado con un informático. Invitó a 400 personas a la boda. ¿Dónde cree que fueron de viaje de novios? Exacto. O Cancún o un crucero. Pues Cancún. Su marido se marea.

Sí, él lleva gafas. Muy agudo. ¿Ha visto?, no es tan difícil. Al principio parece casualidad, pero conforme más gente conoces más te das cuenta de que los tópicos están por algo… Usted, por ejemplo, se va a la India a encontrarse a sí mismo. ¿Me equivoco? No, no me parece que se haya perdido. Pero es usted el típico que se va a la India. No se ofenda, antes dijo que los informáticos llevan gafas y yo le digo ahora que tiene pintado en la cara: destino Nueva Delhi. A la India se va solo -y usted está solo- y un mes como mínimo -lo que deduzco de ese mochilón-. Pero le adelanto que aún así siempre hay otro que ha estado tres meses y le dirá que para estar sólo treinta días no se va a la India. Y otro que estuvo seis meses y además cogió amebas o alguna enfermedad rara… entonces ya no se puede competir…
Va recién afeitado. ¿A que lo ha hecho para poder dejarse barba desde cero? Se va con el cutis de un bebé y volverá barbudo. Cuando regrese se esperará unos días a afeitarse, hasta que todos le vean.
Perdone que sea tan franco… Si pudiésemos meternos en la cabeza de otras personas nos sorprendería hasta qué punto nada ha cambiado. Conócete a ti mismo y conocerás a todos. No me burlo de usted, me burlo del género humano, de cómo somos… Mi sobrina eligió Cancún por razones similares a las suyas…
¿No lo cree?
Usted vendrá con barba y ella vino con una pulserita. Ella hablaba de los daikiris y el sol. Usted hablará de la espiritualidad y el karma. Ella enseñará fotos de su marido en bañador y usted fotos de esos preciosos niños de ojos pintados…
Es kajal, un producto aromático que fortalece la vista de los pequeños…

¿Me pregunta a mí? Sólo soy un barrendero. Además, es difícil hablar de la India. En realidad sólo se puede describir con las frases de siempre: es otro planeta, hay que ir para entenderlo, te remueve por dentro, los indios están locos  y cosas así… lo de siempre.
Eso dicen, que es un viaje interior. Yo creo que depende. Si vas con la idea de encontrar algo, pues algo encontrarás. Y la India se presta a revolver. Más que un país parece un trastero: las más extrañas gentes, las más extrañas costumbres y los más extraños objetos se apilan sin orden ni concierto.
Hace muchos años tuve un compañero que se fue allí. Se fue porque no soportaba su vida. Otros le dirán otras cosas, pero fíese de mí que lo conocía bien. Se fue a la India como quien se mete una pistola en la boca, y perdone la metáfora. Se fue para acabar con todo de una vez por todas. De esto hace unos quince años. Entonces la gente no se iba a la India así como así. Ahora es algo normal. Es bastante moderno. Un viaje a algún país exótico queda perfecto con determinados pantalones, ¿no cree?

Se llamaba Eduardo Juesas y era la discreción en persona. Muy correcto y serio… demasiado diría yo. Hasta cuando sonreía lo hacía con una mueca torcida que no se entendía muy bien qué quería decir. No sé que hubiera pensado de él de haberlo conocido aquí, en el aeropuerto. Supongo que lo mismo que todos, que era un tipo raro y que su reserva rozaba constantemente la mala educación. Pero yo ya lo conocía a Eduardo, desde niño, y sé que era un hombre fascinante.

Se mudó con su madre al apartamento junto al nuestro. Siempre fue un solitario. Apenas tenía amigos y, la verdad, no parecía demasiado preocupado por ello. Leía mucho… Mire, un nuevo tópico: los que leen mucho acaban medio trastornados. Como el Quijote o la señora Bovary, que acabaron creyendo que la realidad era como esos libros que tanto les emocionaban. Y la realidad es otra cosa, ¿no cree? Ni mejor ni peor, pero otra cosa. A Eduardo le pasó algo parecido. Aunque ni mucho menos insinúo que la culpa fuera de los libros, como ciertos individuos han afirmado alguna vez. Los libros no convirtieron a Eduardo en un muchacho huraño. Ni a él ni a nadie. Más bien es al contrario, su naturaleza arisca es la que le llevó a ver en los libros un aliado.
La influencia de su madre tampoco ayudó demasiado al chico, seamos sinceros. Era una mujer encantadora, siempre sonriendo, pero como madre no sé qué decirle. Los niños deben jugar a las canicas o a la peonza… ¿videojuegos? Bueno, los niños deben jugar a cosas de niños. Pero la madre de Eduardo lo trataba siempre como a un hombrecito. Se lo llevaba a museos, a bares, al campo a meditar… no le he dicho que era fotógrafa… y soltera, para que se haga una idea de lo que le estoy hablando. El chaval no tenía padre. Si le preguntabas levantaba los hombros, y es que su madre no le había dicho ni el nombre de su progenitor.
-El Espíritu Santo -me contestó ella la única vez que le pregunté por el tema. Bromeando, claro, pero no me hizo mucha gracia. Lo que pasa es que como se reía tan a gusto…

No sé qué pensará usted, pero no es un buen ejemplo para un menor. Y ya no le cuento de las cosas que fumaba y de los amigos raros que se llevaba a casa. Cada día con uno… que no digo que sea ni bueno ni malo, ahí no me voy a meter… yo soy de otra generación y seguro que no vamos a entendernos… pero con un niño pequeño, pues no me parece correcto un ejemplo así…
En fin, no nos vayamos por las ramas… Eduardo era un chaval extraño. A mi señora Leonor, que en paz descanse, le daba un poco de pena. Decía que necesitaba más calor familiar. Porque su madre era muy cariñosa con él, eso es verdad, pero criarse sin padre, sin hermanos, sin abuelos… Leo a veces le llevaba pasteles o lo invitaba a venir a casa a ver la televisión… curiosamente ellos no tenían. Pero el niño no parecía muy dispuesto a dejarse querer. Sólo recuerdo unas pocas veces que vino a casa. Una de ellas se sentó sobre la alfombra, delante del televisor y se quedó hipnotizado. Leo estaba muy contenta, preparando chocolate en la cocina.
-Este niño necesita una tía -repetía una y otra vez.
Nosotros no tuvimos hijos. Pobre Leo, con lo que a ella le gustaban los críos.
Me acuerdo bien de la escena. Eduardo mirando la tele desde la alfombra y yo en el sofá mirándolo a él. Ni parpadeaba. Le preguntabas algo y no respondía. ¿Quieres más chocolate? Y el niño pasmado. No sabíamos qué hacer para que reaccionara, hasta que llegó su madre:
-Venga, Eduardo, a cenar.
Y sin decir nada se levantó y se fue. Al día siguiente subí con él en el ascensor.
-Don Salvador -me dijo-, ¿todo eso que había en su tele es verdad?
Yo le dije que algunas cosas sí y otras no. Me hizo decirle programa a programa qué era verdad y qué no. Después se fue a casa pensativo. Cuando Leo lo volvió a invitar se limitó a decirle:
-No me gusta su televisión. Después no puedo dormir pensando.
-¿Pensando en qué, cariño?
-No lo sé. Pensando. En las cosas que pasan en el mundo.
Menudo niño, ¿verdad? Cuando creció no cambió mucho. Un poco más alto y con un poco más de barba, pero igual de reservado. Mi mujer ya se había hecho a la idea de que no sería su tía Leo y yo, bueno, esto no se lo decía a ella, pero sé que el chaval me consideraba su amigo. A veces me contaba cosas, no sé, tonterías que le ocurrían en clase. Pero viniendo de él era muchísimo, hasta su madre me lo decía.
-Don Salvador, le cuenta más cosas a usted que a mí.
Y Leo me miraba un poco envidiosilla.
-Cosas de niños –respondía yo.
Pero no es esto lo que quería contarle, sino una anécdota de cuando tenía once años. Usted si ve que me enrollo córteme…
Ocurrió una cosa en el barrio que llegó hasta los periódicos. Alguien había estado disparando con una escopeta de perdigones a un grupo de jóvenes. A uno le dio en la barriga y a otro en el hombro. Por suerte a ninguno le pasó nada. El susto y el impacto, que supongo que lo suyo dolerá. Nunca se supo quién había sido porque el culpable había disparado desde una terraza y había huido rápidamente.

¿Eduardo? Sí, fue Eduardo, pero no juzgue tan a la ligera. Lo ha deducido porque estamos hablando de él. Era un chico normal, no se crea que tenía mirada de loco o hablaba con gente invisible o esas cosas de las películas. Si uno de los reporteros de televisión hubiese venido a casa a preguntarme le hubiese dicho eso de ¿quién podía imaginar algo así? Es un niño educado que siempre me abre la puerta del patio y una vez ayudó a mi mujer a subir las bolsas de la compra.
Como si ayudar a subir las bolsas de la compra y pegar perdigonazos desde la terraza fueran incompatibles. Pero, en fin, que la mente funciona con esas asociaciones. Todo lo simplificamos hasta el ridículo.
Yo supe su secreto por una casualidad. Volviendo del trabajo… entonces todavía no trabajaba aquí, sino en un taller… pasé junto a unos adolescentes del barrio que cuchicheaban nerviosos. Escuché el nombre de Eduardo y abrí el oído. Decían que él había disparado. Giré la esquina y me quedé pegado escuchando. Imagínese qué vergüenza si me llegan a ver.
-Lo ha hecho por lo de los gatos…
-¿Eran suyos?
-Eran callejeros. No podían ser suyos. Está loco.
No oí mucho más. Pero decidí investigar por mi cuenta, como Jessica Fletcher, jeje, ¿la conoce? Lo que pasa es que no se me ocurría por dónde empezar a indagar y el tiempo pasaba, así que cuando un día me lo crucé en el patio se me escapó y le pregunté a bocajarro.
-Eduardo, ¿fuiste tú el que disparó a esos chicos?
Se quedó blanco.
-No, don Salvador.
Nada de lo que dijera después de esa cara de pánico me iba a convencer. Tenía en la frente grabado a fuego: culpable.
-Venga, te prometo que no se lo contaré a nadie. Sé que has sido tú.
El chaval comenzó a llorar. Me repetía entre balbuceos que no se lo dijera a su madre.
-No se lo diré. Pero quiero que me cuentes por qué lo hiciste. ¿Crees que es normal que alguien suba a la terraza y comience a disparar a la gente que pasa?
-No disparaba a la gente que pasaba. Les disparaba a ellos.
Me contó su historia. Quería castigar a unos niños de su colegio que unos días antes se habían divertido rociando un gato con gasolina y prendiéndole fuego. Menudas ideas tienen los niños. Quemando gatos y riéndose.
Intenté explicarle que podía haberlos matado. Él me estuvo hablando de Superman. Al parecer su madre le había estado comprando tebeos. En ese momento me di cuenta de que no era más que un niño con razonamientos de niño, por mucho que a veces nos pareciese un hombrecito. Se había erigido en vengador, en defensor de los débiles. Y claro, como no tenía superpoderes cogió una vieja escopeta de perdigones que tenía su madre en casa, que quién sabe para qué la querría…

Pues no se lo pregunté… ¿cree que se puso un nombre de superhéroe? ¿Escopetaman? Anda, no se burle. Imagine la situación. Yo no sabía qué decirle. Así que dije lo que él esperaba. Es lo que hacemos cuando no sabemos qué decir: decir obviedades. Sobre todo cuando los adultos hablamos a los niños. Porque los niños esperan ciertas reacciones de los adultos. Es necesario para su educación. Aunque por dentro no nos lo creamos ni nosotros, no sé si me entiende… Le reñí y le hice prometerme que no haría nunca nada parecido.
-Si me vuelvo a enterar de algo así se lo diré a tu madre. Por ahora será nuestro secreto.
Nos dimos la mano y sellamos una especie de alianza. Él no iría por ahí haciendo locuras y yo no diría nada de lo que sabía.
Yo cumplí mi parte. Él no lo hizo. Pocos meses después llegó con un brazo roto. Su madre había comprado una cámara de fotos defectuosa en un bazar y la dependienta se negó a devolverle el dinero. Eduardo entró al día siguiente y delante de todo el mundo tiró varios televisores al suelo. No debía esconderse. No era un acto vandálico. Sólo estaba equilibrando el orden universal.
Los hijos de la dependienta le enseñaron por qué razón los superhéroes llevan máscara.

¿La India? Claro, ya sabía yo que le estaba hablando de Eduardo por algo. Pues tendrá que ser otro día porque han abierto su puerta de embarque… ¿con usted? Está bien, le acompaño a la cola, pero no sé si me dará tiempo. Intentaré ser rápido.
A Eduardo no se le pasó eso de ser… ¿cómo decía usted? ¿Escopetaman? No me hizo caso y siguió dispuesto a cambiar el mundo para convertirlo en un lugar más agradable. Al principio parecía reformado: cambió los perdigones por las palabras… qué bonita me ha quedado esa frase, cambió los perdigones por las palabras… Comenzó a escribir en el periódico de su instituto y después hizo una revista en la Universidad que se llamaba UTOPÍAS, no muy original el título, pero es lo que tienen los jóvenes, que inventan la pólvora día sí día también, y a ver quién les dice que ya estaba inventada…  ¿En la Universidad? Estudió filosofía… ya ve usted, con tantas cosas que hay para estudiar…
Yo le dije que traería ejemplares de su revista al aeropuerto… entonces yo ya trabajaba aquí… de hecho fue un amigo de su madre el que me consiguió el trabajo. Pues se lo dije y se ilusionó. Eso de que te pueda leer gente de otros países siempre parece importante. Digo yo que qué más dará de dónde sean, mientras te lean. Era una revista simpática, llena de idealismo y de buenas intenciones para cambiar el mundo. Un poco ingenua…
Creo que traje cinco números. Los únicos cinco que salieron. Un día le pregunté:
-Eduardo, ¿ya no me das más números de UTOPÍAS para el aeropuerto?
-Ya no saldrán más números.
Me lo dijo muy serio. Había dejado de creer en el poder de las palabras para cambiar el mundo. Entendió que su camino era diferente.

Vaya, nos acercamos a la puerta y yo no soy capaz de ir al grano. Siempre me ha pasado lo mismo. Me lo decía Leo: Salvador, tienes incontinencia verbal. No debería haberme detenido tanto en la infancia, pero quería que entendiese por qué acabó en la India.
Una anécdota más y lo comprenderá perfectamente. Los vecinos del cuarto tuvieron gemelos. Eran una pareja bastante joven que había llegado hacía menos de dos años a la finca. Yo no los llegué a conocer mucho. Un día convocaron una reunión de escalera para debatir si se ponía o no ascensor. Hasta trajeron un presupuesto que les había hecho una empresa.
-Imagínense lo que es para mí bajar cada día con los dos niños y el carrito. Mi marido trabaja muchas horas y mi familia no vive en la ciudad. ¿Qué quieren que haga? No nos apetece cambiar de domicilio, aquí estamos muy a gusto, pero lo del ascensor es un problema. Además, será bueno para todo. Para subir la compra, la botella de butano…
Era muy caro, pero la mayoría entendimos que debía hacerse. El presidente, sin embargo, se negó rotundamente.
-Yo seguiré subiendo la compra y el butano por las escaleras.
-¿Y los niños?
-Mis hijos ya son mayores.
-Hablo de mis hijos.
-No voy a gastarme ese dinero en sus hijos. Gásteselo usted. Compre un ascensor si tanto lo quiere.
Así acabó la reunión. Entonces no era como ahora. Éramos doce personas en la finca y debíamos ponernos de acuerdo antes de hacer nada. Porque si alguien se negaba a pagar no había forma de obligarle. Otros vecinos apoyaron al presidente. El asunto del ascensor quedaba zanjado.
Dos semanas después un coche atropelló al presidente de la escalera. Lo arrolló y pasó sobre él huyendo a toda velocidad. No hubo testigos. La persona que lo hizo ya se cuidó de buscar una calle solitaria y oscura. Era la lección que le habían enseñado los hijos de la dependienta del bazar.
El presidente quedó paralítico de cintura para abajo. Recluido en su tercero sin ascensor.

¿Se lo merecía? ¿De verdad lo cree? A usted le parece el personaje de una fábula moral. Pero yo lo conocía. No era tan mala persona como puede parecer. A fin de cuentas usted sólo sabe de él que se negó a poner un ascensor en la finca. No vamos a juzgar a las personas por un solo acto. Le diré uno bueno: había trabajado toda la vida para pagar la educación de su hermano pequeño. ¿No le parece un bonito acto?
Nunca se averiguó quién había atropellado al hombre. Pero usted y yo tenemos una ligera idea de quién pudo ser, ¿verdad? Sucedieron más cosas extrañas, pero para qué extenderme. Eduardo se había convertido en un joven bastante triste. Y es que aquel que no cree en la humanidad por fuerza ha de ser triste. Eduardo pensaba que el ser humano era un monstruo horrible. Un depredador refinado, decía.
El amigo de su madre lo colocó aquí en el aeropuerto. Tenía una carrera, hablaba varios idiomas y sabía manejar un ordenador, que en aquella época no todo el mundo sabía. Así que no le dieron una escoba. La escoba es para la gente como yo, no para Eduardo…
-¿Ha leído los periódicos, Don Salvador?
Siempre preguntaba lo mismo. Y después me ponía al día: explota una bomba en un supermercado, cinco jóvenes pegan una paliza a una inmigrante, dos hombre violan y torturan a una menor, degüellan a un anciano para robarle un reloj, mueren cientos de aves por vertidos contaminantes en un río, destapada una red de tráfico de menores…
-¿Cómo voy a tener hijos en un mundo como éste? –me solía decir-. ¿Qué clase de padre sería empujándolos a este lugar horrible?
Yo le repetía lo que solía decir mi abuela, que en paz descanse: el hombre es un ser sorprendente, mitad ángel mitad demonio, capaz al tiempo de las más horribles y de las más grandes cosas…
-¿No se ha enterado, Eduardo? Un adolescente ha salvado a una mujer embarazada en un incendio. Ha arriesgado su vida por ella.
Pero él siempre tenía una réplica.
-Unos adolescentes han matado a golpes a un compañero de clase. Después, como no sabían qué hacer con el cadáver para que nadie lo encontrase, lo han cortado a trozos y uno de ellos se lo iba dando de comer a sus perros.
No era mal chico, pero odiaba demasiado. A veces creo que su problema es que era demasiado sensible. Aunque parezca una contradicción. Todo le afectaba mucho. Los demás nos acostumbramos a ver atrocidades. Pero él no podía acostumbrarse. No era capaz. Y eso le envenenaba la sangre.

Pues esta es la historia de Eduardo. Se fue a la India porque pensó que allí podría encontrar otro mundo distinto, con valores más humanos. Eran otros tiempos. La India se dibujaba en la mente de las personas como un lugar virgen donde la civilización moderna no había penetrado. Un lugar de solidaridad lejos de la sociedad capitalista y el aborregamiento que él tanto criticaba en UTOPÍAS…

Hola señorita Lidia, ¿ya se le ha acabado la baja? Que rápido pasa el tiempo… ¿Cómo está la niña? Me alegro. Yo estaba aquí hablando con un amigo que se va a la India…
¿Verdad que es guapa? Le ha tocado la auxiliar de vuelo más guapa que tenemos…
Nos ponemos aquí al ladito sin molestar, y cuando acabe la fila pasa mi amigo, ¿le parece bien?
Tenemos un poco más de tiempo. Acabo la historia… aunque realmente la historia comienza aquí, pero no hay tiempo…
Un día se acercó y me dijo:
-¿Un cigarro, Don Salvador?
Yo no suelo fumar, pero de vez en cuando… Le dije que sí y fuimos a la sala de fumadores. Me contó que se dejaba el trabajo y se iba a la India. Una semana antes habían encontrado a un hombre inconsciente en el baño de la terminal. Según algunos testigos el agredido, completamente borracho, había estado insultando y empujando a su esposa delante de todo el mundo. Cuando fue al baño alguien le explicó que así no se trata a una mujer. La paliza casi acabó con él. Una de las costillas le perforó el pulmón. Supongo que Eduardo se dio cuenta de que no podía continuar así. Se compró un billete, dijo adiós a su trabajo y se marchó a la India.
Ahí tenemos a Eduardo, el hombre más solitario que he conocido, con una mochila, diciéndome adiós aquí mismo.
-Vaya con cuidado, Eduardo –le dije-. No coma espinacas que este año se han adelantado los monzones y puede coger amebas.
Y fin de la historia.
Bueno, señorita Lidia, aquí se lo dejo. Cuídelo bien.

¿Que si encontró lo que buscaba en la India? Pues no sé qué decirle. Encontró algo, eso sí. Pero esa es otra historia… Una historia que no me gusta recordar.
¿Al año que viene cuando vuelva usted a coger vacaciones? Lo siento, pero no será posible. Me jubilo dentro de muy poco. Treinta y tres días para ser exactos.
Buen viaje… Adiós señorita Lidia. Disfrute usted también del vuelo.

2,
No debería seguir haciendo eso. Abanicarse con el libro quiero decir. A no ser que… pero no creo que este sea el caso. He visto a otras hacerlo y no eran como usted. Se veía en su mirada lo que pretendían. Uno lleva muchos años observando a la gente y ya sabe lo que van a decir antes de que hayan abierto la boca.
Es mejor que siga leyendo o, si ya se ha cansado, que guarde el libro en su bolso. Para evitar malentendidos. En un aeropuerto no hace calor. Ni frío ni calor. ¿Por qué abanicarse entonces con un libro? Podría dar a entender algo que no es…

No sabe de qué le hablo, ¿verdad? En ese caso no sé si debería contarle… lo del pacto. La primera norma es la discreción. El hombre que me contó la historia me indicó que fuese muy cuidadoso eligiendo a quién se lo refería y a quién no. Es mejor que no lo sepa mucha gente… que se extienda el secreto es conveniente, pero poco a poco, entre aquellos que puedan entenderlo y utilizarlo. Tendría unos treinta años y volaba a Milán. Por negocios, me dijo. Recuerdo cuáles fueron sus palabras: hay gente que desea que el pacto exista y gente que lo verá como una aberración. Es fácil distinguir a unos de otros. Aún así, si se equivoca y alguna vez habla del pacto a uno de estos últimos, probablemente no importe, pues no le creerá. Creerá en cambio que está usted loco, o que es un pervertido. Lo último que pasará por su cabeza es que pueda existir un concierto de tales características.
No lo dijo con estas palabras exactamente, pero sí con esta solemnidad.

Sí, tranquila, se lo voy a contar. ¿A qué hora sale su avión? Ah, bueno, entonces tengo tiempo.
A Estambul, ¿verdad?
Es normal que sea un hombre muy observador, llevo más de veinte años barriendo este aeropuerto y conociendo a las más diversas gentes. Pero no lo he sabido ni por su ropa ni por sus ojos… ni por nada en especial. Es simplemente que está usted sentada aquí, cerca de la puerta de embarque del vuelo a Estambul.
¿De qué se ríe?

El pacto de los aeropuertos.
Como le he dicho me lo contó un hombre que volaba a Milán. Bien vestido y bastante guapo. Traje negro y olor a loción de afeitado. Ya sabe a qué tipo de hombre me refiero. Me explicó que existe un pacto, un pacto tácito, pues son los únicos que valen la pena realmente. Sin huecos legales. Sin trampas de ningún tipo. Un pacto que…
Antes de seguir quiero que sepa que se lo cuento para protegerla, para que no vaya por ahí agitando el libro sin saber las consecuencias que puede tener. El pacto tiene su propio código de signos y ese gesto justamente, abanicarse con un libro, es uno de los más peligrosos. Alguien conocedor del código podría verla y entonces podría pensar que usted…

Sí, voy al grano. Sólo quería disculparme de antemano por lo que voy a decirle. No parece ser una chica de las que se escandalizan rápidamente, pero nunca se sabe. Ahí va: el pacto de los aeropuertos es un sencillo código para hacer el amor en los aseos de las terminales. No me mire así. Y no piense que me estoy insinuando o algo parecido… podría ser casi su abuelo.
No, no exagero…
Si lo piensa es hasta lógico, lo del pacto. Al principio yo tampoco sabía qué pensar. Pero luego comencé a observar y comprendí que era una de esas grandes intuiciones que no ves hasta que te la cuentan, y entonces no puedes dejar de preguntarte cómo no lo pensaste tú mismo si estaba delante de tus narices. Supongo que todo el mundo sintió algo así cuando patentaron la fregona.
-Un trapo con un palo… ¡y yo toda la vida rompiéndome la espalda!
En un lugar como este hay muchos hombres solos y muchas mujeres solas. Viven a cientos de kilómetros unos de otros. Normalmente ni siquiera hablan el mismo idioma. Es tan sencillo…  A todos nos gusta el sexo, ¿a usted no le gusta?

¿Su pareja? En un aeropuerto nadie tiene pareja. A no ser que esté físicamente con usted, entonces sí. Pero en caso contrario no. La vida queda muy lejos. Porque el espacio se dilata en los aeropuertos. Cuando cruzas sus puertas estás ya en otro mundo, a años luz de las preocupaciones, en un lugar donde nadie te conoce y nadie te va a juzgar. Donde no tienes más pasado que el que te inventes ni más presente que esperar… y una espera puede ser muy larga… Yo tengo la teoría de que los seres humanos actuamos en una mayoría de los casos para los demás: para cumplir expectativas, para crear buenas impresiones, para acallar rumores… ¡Cuántas cosas deseamos y reprimimos por miedo a que se sepan!
Aquí, en los aeropuertos, las personas son por fin libres al amputarles su vida cotidiana. Rodeada de desconocidos está sola. Sola de verdad, como pocas veces se está. Sería casi imposible que su pareja se enterara de lo que ha hecho o ha dejado de hacer en un aeropuerto. Así que, en cierto modo, es como si no hubiese ocurrido. Las acciones se miden por sus consecuencias. Si no hay consecuencias la acción se minimiza y hasta desaparece. ¿No lo siente? Las responsabilidades no existen. Las inercias ya no sirven aquí.

Cree que es una leyenda urbana… como esa de la autoestopista fantasma que murió en una curva. Bueno, ya le he dicho que yo tampoco lo creí al principio. Pero mire a toda esa gente. Lo que yo le diga: cuanto más lo piense más obvio le parecerá. Y tal vez algún día vea a alguien utilizando el código… y entonces quién sabe, ¡a lo mejor hasta se anima!, jeje…

El código, claro. No le he contado en qué consiste. Es también muy simple. Demasiado simple y casi hasta intuitivo. Todo el mundo lleva un libro en los aeropuertos: una guía de viajes, una novela, un periódico. Lo que sea. Abanicarse ha sido desde siempre un gesto de seducción por parte de la mujer. Esconde la mitad de su rostro tras el abanico, lo mueve suavemente mirando al hombre, incitándole a descubrir lo que con intención le oculta… Pues eso mismo. Usted se abanica con un libro y disimuladamente clava su mirada en la persona elegida. Si esa persona conoce el pacto entenderá rápidamente lo que le está diciendo: me gustaría verte en cinco minutos en el aseo de caballeros. Siempre es en el de caballeros… es menos embarazoso, no hace falta que le explique por qué…
No se ría. No me lo he inventado yo. Le juro que se lo estoy relatando tal y como me lo relataron a mí. Usted se estaba abanicando y he creído que estaba en su derecho de saber lo que algún malpensado podía suponer…
¿La respuesta de él? No, no se acercaría a charlar con usted. Le respondería con otro gesto. Es mejor no hablar. Sin nombres, sin direcciones. Mientras menos sepan el uno del otro mejor. Si él aceptase su petición pondría el libro sobre sus muslos y le sonreiría. A los dos minutos aproximadamente se levantaría y se marcharía. Ya sabe a dónde.
No existe un gesto para la respuesta negativa. ¿Le sorprende? Pero no significa que siempre haya que aceptar. La lógica es esta: ¿para qué crear una situación incómoda? Porque rechazar y ser rechazado son situaciones incómodas.
Simplemente la persona disimularía: seguiría leyendo, miraría hacia otro lado… cualquier cosa que le haga pensar a usted que él no conoce el pacto y le ahorre así el bochorno.
Se sonríe. Ya empieza a darse cuenta de que la existencia de un pacto así es más probable que su no existencia. ¿Qué mira? ¿Está buscando a alguien que lleve un libro? Da la impresión de que los diseñadores de las terminales han pensado en el pacto, con estas salas amplias que permiten ver cada rincón, observar a cada uno de los viajeros.

¡Ahora me está tomando el pelo, jovencita! Mira que empezar a abanicarse mirando a aquel rubio engominado. ¿De dónde será? Juraría que alemán…
No se ría que no tiene gracia. ¿Y si conoce el pacto y le contesta? ¿Qué va a hacer entonces? No bromee con estas cosas… además, mire, no lleva ni libro ni revista ni nada. Lo más seguro es que ni haya oído hablar del código.
Deje ya de reírse. Sí, me ha puesto un poco nervioso. Ya ve como no la he engañado. Me tomo este asunto muy en serio. Prométame que no va a repetir a todo el mundo lo que le he dicho. Cuénteselo solamente a aquellos que puedan entenderlo. ¿Me lo promete? Gracias.
No, yo no lo he utilizado. No tengo ya edad. Además, conozco a todo el mundo aquí. Llevo muchos años barriendo este aeropuerto. Para mí no es limbo ni un lugar fronterizo. Es parte de mi cotidianeidad.

Y ahora me voy a seguir barriendo. Espero que le guste Estambul. Es una ciudad preciosa. El canto del muhaidín llamando a la oración es casi mágico. Te obliga a detenerte, a cerrar los ojos y perderte en su cadencia melancólica, hipnótica. Es el sonido más bello que un hombre puede oír, a excepción de Ulises, que escuchó el canto de las sirenas y sobrevivió. ¿No conoce a Ulises? Tranquila, no voy a empezar con otra historia…
Por cierto, mi nombre es Salvador Fuensanta. Encantado de conocerla. Y ahora si me disculpa…
*bueno, dos capítulos suficiente para ver de qué va esto. ¡No voy a colgarla entera! Si a alguien le interesa que me escriba…

12 comentarios to “NOVELA: cosas que nunca ocurrirían an Tokio]”

  1. Ainhoa Valdés Says:

    Hola, Alberto,
    Soy la secretaria de Luis Sepúlveda, y desde ahora tu interlocutora para que el Premio Las Dos Orillas que has ganado llegue a buen puerto.
    Antes que nada quiero explicarte qué y quienes somos, y claro, qué has ganado exactamente.
    Luis Sepúlveda es, aparte del director del Salón del Libro Iberoamericano de Gijón, el Presidente de la Asociación Cultural Literastur, para la que trabajo y desde la que organizamos el Salón y coordinamos los premios literarios.
    Respecto al premio de novela que has ganado, nosotros coordinamos el mismo, es decir, publicamos las bases, recibimos los trabajos, los pasamos por varias cribas entre filólogos y escritores, hasta que al final quedan solo 7 novelas. Estas se pasan a las editoriales integrantes del jurado, y ellas eligen quien es el ganador.
    No te miento si te digo que ser elegido entre 400 obras tiene muchísimo mérito, y el mismo es solo tuyo.
    Así que tengo que felicitarte por haber ganado este premiazo.
    Y te advierto que el jurado es tremendamente crítico.
    El premio consiste en un adelanto de derechos de autor de 10000 euros, que desde ya te aconsejo que ates con un agente literario. Nosotros te aconsejamos la misma agente de Luis Sepúlveda, que es quien hasta el momento está representando a los anteriores ganadores y a todos los amigos que se lanzan a publicar novelas en Europa. Por supuesto es un consejo, te repito que no somos editoriales, y que nuestro interés no es otro que el que tu novela se publique en medio mundo y puedas vender muchos, muchos libros. Pero cuando se habla de cantidades de dinero importantes, es aconsejable tener un agente o alguien que te pueda representar, y este agente literario trabaja directamente con las editoriales integrantes del premio, y tiene autores en todas y cada una de ellas.
    Aparte de ser la agente de Luis Sepúlveda, lo es también de José saramago y otros muchos escritores a nivel mundial. Tiene un gran prestigio en Europa, y no es fácil que represente a autores noveles. Con nuestro premio, es una excepción y lo hace por amistad con Luis. Pero por supuesto es una opción tuya, es solo un consejo.
    Aparte de ese adelanto, el premio consiste en la traducción y publicación de tu libro en los siguientes países:
    -Francia
    -Italia
    -Portugal
    -Grecia
    -España

    Eso hasta este año. Para esta edición, la que tú has ganado, se suman dos editoriales nuevas, de los siguientes países,

    -Guatemala
    -Venezuela

    Por lo que vas a ser publicado en las dos orillas, como ya ves.
    Los 7 libros tienen que estar listos en mayo de 2009, fecha en la que vendrás invitado al Salón del Libro, se presentarán tus obras en todas sus publicaciones, y probablemente te toque viajar por cada uno de estos países. Esto último lo deciden los editores, así que no te lo puedo asegurar. irá saliendo según se acerque la fecha.

    En otro mail te podré dar datos de los editores, la agente, nuetros, ganadores anteriores…..blab, bla, bla-
    Pero no quiero bombardearte más de lo que ya lo he hecho…..
    Escríbeme por favor para saber que has recibido este mensaje, y seguimos en contacto.
    De nuevo anhorabuena, y espero tu respuesta
    Ainhoa

  2. Lluvia Says:

    Vaya, vaya. Te conocí por Niñamala, por casualidad, y me encontré con tu blog. He disfrutado mucho de la lectura, buscaré tu libro.

  3. Elena Says:

    No te conocía, no sabía nada de ti, ni de tus libros. Niñamala para mí se limita a una entrevista que hicieron en la radio a un grupo musical.
    Sin embargo, un día un amigo me recomendó tu libro. El título en sí ya me llamó la atención. Lo busqué en Barcelona y nada, se habia agotado. Si lo quería tenía que encargarlo, así pues, me olvidé de él. Una mañana en la Fnac, saqué mi lista de libros pendientes y allí estaba el tuyo. Lo pedí, sólo les quedaba un ejemplar y me lo quedé.
    Empecé a leerlo en el metro y cuando llegué a casa ya estaba segura de que me iba a gustar.
    Enhorabuena por el premio!! (con un par de años de retraso)

  4. DANIEL Says:

    No conocía nada de tu obra hasta que un amigo me recomendó tu libro “cosas que…”. Hacía tiempo que no me leía un libro de un tirón como me pasó con el tuyo. Me enganché a su lectura absolutamente. Creo que tu libro merece un lugar destacado en la narrativa actual.
    Pienso que, sin duda, estamos ante uno de los grandes si continuas en esta línea. Espero tu próxima novela. Ojalá podamos drisfrutarla pronto.

  5. A N T O N I O Says:

    Querido Alberto,
    Quiero felicitarte por tu maravilloso “Cosas que nunca ocurririan en Tokio” que he leido en frances.
    Soy español, aunque llevo 16 años viviendo fuera de la madre patria, los 7 primeros en el Reino Unido y los ùltimos en Francia, ademas de largas estancias en China, Emiratos, Italia y Grecia.
    La introduccion es importante ya que conozco bien esos paises y ademas soy un gran lector, constantemente buscando algo nuevo que leer e interesandome como no a la literatura española. Cual fue mi sorpresa al descubrir tu libro por todas las librerias parisinas con una excelente distribucion de “Le Japon n’exite pas”.
    Intente conocerte mejor como escritor, y me fue muy dificil encontrar algo sobre ti, aparte de tu pagina web (en español, en frances hay un monton). Al mismo tiempo descubri la pesima distribucion e informacion de tu obra en España, donde al parecer solo se interesan en importar autores extranjeros y no fomentar a los autoctonos o solo a aquellos del Grupo Planeta que monopoliza la edicion en nuestro pais, imponiendo lo que se debe leer. Espero que algun dia acabeis con dicho monopolio.
    En los paises mencionados al comienzo es casi imposible encontrar autores españoles pues la inmensa mayoria son nacionales.
    Felicitarte de nuevo y pedirte que sigas dandonos buenos momentos en el futuro.
    (Ruego disculpes las faltas de acentuacion, mi teclado no admite los acentos españoles y la “ñ” tengo que hacer un truco)

    A N T O N I O

    • albertorres Says:

      Hola Antonio, ayer mismo una española que vive en Alemania me decía lo mismo, pero con Alemania, claro. Es curioso que en otros países europeos mis novelas sean bastante conocidas y en España apenas tengan repercusión. Pero el mercado literario español es bastante rancio. Se lee poco y mal (misterios seudohistóricos, asesinatos suecos o otras fórmulas más) y las editoriales apenan arriesgan por los escritores que, como yo, intentan tener una voz personal… pero bueno, yo siempre digo que el boca a boca es al final el que logra que un producto, si está bien, acabe conociéndose. Si te gusta mi novela, recomiéndala. Ya que los medios no apoyan a los escritores independientes, que sea la ilusión de los lectores satisfechos la que corra la voz, jaja.
      En fin, muchas gracias.

  6. mj berlín Says:

    Leí ayer (15.08.2010) tu novela “Cosas que nunca …”, que me trajeron a Berlín de Madrid (estaba en la FNAC) el viernes. Me ha gustado mucho: crea desazón (buena señal). Ahora entiendo por qué tu editorial alemana ha apostado por esta novela. Refleja el fin de la historia que se podría calificar muy vagamente como humana, y abre paso al mundo de la técnica, pero no en su sentido etimológico, sino práctico, manual, teleológico -quizás. Tiene una composición inteligente, adecuada al tema de la multiplicidad aparente, la carencia de centro, la vaciedad. Y la lengua es viva, natural, con los huecos que hacen falta para que el lector sea co-labor-ador. El título es una de las claves, claro: Te remite a la realidad, que no se sabe muy bien donde está, pero que crea desazón, como decía antes. Una pena que en alemán no salga este título, pues se pierde la vuelta de tuerca del juego realidad-relato. El título en alemán hace sólo referencia al protagonista y al club de los deseos. Tiene gancho, pero para mí no es la clave. En fin, enhorabuena, Alberto. Y que cumplas muchos más, je je…

  7. TaL Says:

    Alberto

    Tuve la gran fortuna de leer tu libro. El nombre me pareció interesante. Estuve viviendo en Madrid hasta hace unos meses y lo ví en la biblioteca. Fue de verdad una gran sorpresa, tenía tiempo que no me impactaba tan gratamente un libro. Es genial la manera en que ves la vida y como vas involucrando al lector. De verdad cada hoja era inesperada. Me he vuelto fan tuya y además que te promuevo tanto como puedo.

    Felicidades y mucho éxito!

    Desde México TaLía

  8. Irene Says:

    Alberto,
    Acabo de terminar tu libro, tras llegar a él a través de La Librería de Javier y su entusiasta crítica. Lo he tenido un tiempo excesivo esperando en el montón de libros sin leer, y ahora que por fin lo he hecho (y que me ha durado una tarde) no puedo hacer otra cosa que felicitarte. Es una novela espectacular que no me cansaré de recomendar. Gracias, porque tu prosa me ha hecho pasar un rato maravilloso.
    Irene

  9. Leandro Says:

    Hola soy leandro de Argentina y se me esta haciendo imposible conseguir tu libro. Que posibilidades tengo de llegar a el. Estoy con muchas ganas de tenerlo dadas las críticas. Agradecería mucho una respuesta. Muchas gracias. Leandro

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