dosRELATOS

 [2RELATOS]

renata + el pacto

[.renata

*publicado en “Laberintos de la Memoria” Editorial DIARIOS DE HELENA (Elche) 

 

Nuestro hombre nació una calurosa mañana de junio en un valle cerca de Bologna. En ese mismo momento en Pekín ardían las embajadas occidentales, Picasso y Casagemes planeaban emocionados su aventura parisina junto a dos tazas de café humeante y cientos de personas congregadas en el lago Costanza observaban boquiabiertas cómo el dirigible de Ferdinand Von Zeppelín conquistaba el cielo. El siglo XX daba sus primeros pasos.

-Estoy locamente enamorado de ti -fue la frase que el protagonista de esta historia pronunció exactamente catorce años después, cuando consiguió quedarse solo con su prima Renata.
Su regalo de cumpleaños fue un sincero y doloroso: Lo lamento, pero yo no siento nada por ti y probablemente no lo sienta nunca.
Ocho días después el archiduque Francisco Fernando era asesinado en Sarajevo. La Primera Guerra Mundial había comenzado y el adolescente despechado, ajeno a todo, se entretenía tirando piedras al río y pensando en qué carajos se puede emplear una vida entera sin Renata.

La casualidad o el destino, que para el caso es lo mismo, quisieron que en una de sus caminatas por la campiña encontrara un paquete caído destinado a los soldados italianos. Dentro había resplandecientes uniformes. Se puso el que mejor le quedaba y, con ese orgullo que siempre dan los uniformes, se acercó al río para mirarse. Renata, que también estaba paseando -y es que de alguna forma tienen que quemar nuestros jóvenes protagonistas toda esa energía que les sobra- vio al flamante soldado. Su corazón se encogió al instante. Estaba enamorada.

-¿Cuál es su nombre, soldado? –preguntó a su atónito primo. Este dijo lo primero que se le ocurrió: Cecelino, para servirla a usted y a Italia.
Esa tarde la pasaron juntos. Y cada tarde desde entonces. Él le hablaba de las colonias africanas y de la vida en el frente. Ella lo escuchaba, suspiraba y como buena adolescente mentalmente deshojaba margaritas que siempre decían: lo quiero.

Un día Renata le habló a su primo de Cecelino. Es un hombre encantador, le dijo, deberías conocerlo. Ha vivido mil aventuras a lo ancho y largo del mundo. Yo, que nunca he salido de estos campos, ahora sé como huele el mar muerto y cómo suenan los cantos del desierto. Su primo no dijo nada, pero Renata vio una lágrima asomando por sus ojos. Sintió que de alguna manera lo estaba traicionando.
Necesita olvidarse de mí, pensó, e ideó un plan que no podía fallar.
Cuando esa noche nuestro héroe salió a pasear a su perro se encontró por el sendero con una señorita vestida a la última moda de París. Se parecía asombrosamente a su prima Renata.
-¿Puedo ayudarla en algo?
La bella muchacha, que afirmó llamarse: Rena… digo, señorita Fanny, le contó que llevaba dos días huyendo del hombre con el que su familia, unos poderosos terratenientes del norte, querían casarla. Él le ofreció su cama para pasar la noche.
-Por supuesto yo dormiré en el suelo.
Casi sin darse cuenta, también le ofreció su corazón. Ella tomó ambas cosas y, desde ese momento, cada noche la hermosa fugitiva aparecía delante de la ventana reclamando su lecho.
-¿No es muy duro el suelo? –dijo Fanny una noche, y le hizo un hueco a su lado.
-¿No es muy frío el invierno? –dijo otra noche, y comenzaron a dormir abrazados.
-¿No es muy bonito el amor? –dijo por fin. Esa noche se entregaron el uno al otro.

Mientras tanto, Renata tampoco perdía el tiempo. Había conseguido que su primo se olvidase de ella y, ya sin remordimiento alguno, pudo rendirse completamente al soldado Cecelino. Las conversaciones de la tarde desembocaron en besos y caricias. La felicidad había acampado en aquel valle. Durante casi un año todo fue perfecto…

Pero cada historia de amor tiene su final. Y estas no van a ser menos. Una tarde Cecelino no acudió a su cita diaria. Renata volvió a casa llorando. Alguien le dijo que Italia había decidido luchar a favor de los aliados. ¿Habría tenido que partir al frente?¿Sin siquiera despedirse? Por la noche fue a ver a su primo. Lo encontró junto a la ventana, observando el valle con una mirada perdida. No hizo falta que ella le contase nada.
-Fanny se acercaba por ese camino, como cada anochecer. Cecelino venía de Bologna con su caballo para decirte que debía marchar inmediatamente al frente. No sé cómo pasó. A veces ocurre, sin más. Se vieron. Sintieron que se conocían desde siempre, que eran de la medida exacta de sus sueños. Cecelino extendió el brazo. Ella de un salto montó a su espalda. Lo agarró con fuerza y salieron al galope. No importaba a dónde. Sólo importaba hacerlo juntos. No creo que volvamos a verlos jamás.
Renata se sentó a su lado. Pensó que hubiera sido más fácil enamorarse de su primo. Él nunca la habría hecho sufrir. Sin embargo, pensó mientras apoyaba la cabeza en su hombro, no siento nada por él y probablemente nunca lo haga.

[.el pacto

*publicado por entregas en la revista VULTURE 

 

Me llamo Elisa Favaro. Yo maté a Pedro Munt. De pronto es como si fuera lo único que he hecho en mi vida. Es Elisa Favaro, la asesina, la enferma. No estoy enferma. O admitiendo que la humanidad esté enferma lo estoy tanto como cualquiera. ¿Asesina? Ahora esta palabra tiene un nuevo significado para mí. No hubo trascendencia. No crucé ningún umbral ni se rompió nada dentro de mí. Fue casi una obviedad. Me asustó al principio, debo reconocerlo. No el asesinato, sino el hecho de no estar enferma, de tener la certeza de que lo “monstruoso” estaba tan cerca que no existía un límite preciso. Desde niña pensé que ellos estaban en un lado y yo en el otro. Ellos, los enfermos, los monstruos, los demonios anormales. Y de pronto descubrir que no hay diferencia, que son cualquiera. Pedro ya lo sabía esto. Me contó lo de la niña del parque, aquella tarde. El deseo momentáneo de aquellos pechos incipientes. Me lo contó con una mezcla de asombro y desagrado. Esperando ver mi cara para juzgarse a sí mismo. Yo quise asustarme pero no pude. Creo que ya intuía por entonces que los gestos cotidianos podían desbocarse fácilmente en descarríos. Aún así le llamé degenerado. Porque él esperaba que lo hiciera. Porque debíamos mentirnos que había sido un instante de locura, que aquello era algo horrible, impropio de personas como nosotros. ¿Os he contado cómo lo conocí? Fue la primera mentira. Después de eso ya no fuimos capaces de mirarnos a los ojos sin mentirnos.

Nos conocimos en una cafetería. Pedro me confundió por detrás con una vieja compañera del colegio. Se acercó: Hola, ¿Me recuerdas?  Me miró a los ojos. Supo de pronto que yo no era ella, que había sido un error. Pensé que se disculparía y se iría. Yo no quería eso. Le dije Claro que te recuerdo, ¿Cómo estás? No sé por qué lo hice. Fueron sus ojos. Tan negros. Quería seguir mirándolos. Nos quedamos en silencio. Al final habló. Yo esperaba su voz temblando. Parece que el tiempo no haya pasado, estás igual a cómo te recuerdo. Le di las gracias. Tú tampoco has cambiado mucho. Volvió el silencio. Lo invité a sentarse en mi mesa. Aceptó. Pidió un café y comenzamos a hablar. Le hablé de mis últimos años. Le hablé de Alberto, de la manía que tenía de apagarse cigarrillos en el brazo. Me preguntó. Le dije que Alberto ya no existía, que era parte de mi pasado. Que lo odiaba. Pareció molestarle que lo odiara. A mí también me hubiera molestado si Pedro hubiese hablado así de alguna mujer. No sé bien por qué. No tenía sentido. Nos acabábamos de conocer. Se lo dije, que después de tanto tiempo todavía se ponía celoso cuando le hablaba de mis relaciones. Enrojeció. Pareció confuso. Me miró pidiendo ayuda. Yo me mostré impasible. Se puso un cigarrillo en la boca. Me ofreció otro a mí. Pareció relajarse. Todo empezó en ese momento exacto, lo recuerdo muy bien. Me dijo que nunca había olvidado aquella noche, aquellos besos que nos dimos junto al río. La sorprendida fui yo. Pero fui rápida. Le dije que yo tampoco. Los dos continuamos fumando en silencio. Imaginándonos tal vez aquel río, aquellos besos adolescentes. 

Nos vimos al día siguiente. También al otro y al otro. Estábamos ansiosos por tornarnos cotidianos, por crear inercias: lugares, días, horas que se repitieran. Lugares, días y horas sólo nuestros. Pedro me dijo que su vida había comenzado la tarde en que me vio en la cafetería, que su pasado y su futuro eran como torrentes que nacían en ese momento. A Pedro no le gustaba jugar con las palabras. Supe que no era sólo una frase bonita. Supe que ésas eran las reglas. Yo había propuesto el juego, casi sin querer, y Pedro lo había aceptado. Ahora me incitaba a llevarlo hasta el final, a decir adiós a todo y reinventarnos juntos. No era suficiente querernos como ya lo habíamos hecho otras tantas veces. Demasiadas veces. Nos entregaríamos radicalmente, sin reservas. Me llevó a una casita junto a un río en un pequeño pueblo de provincias. Me dijo que a la felicidad le gusta estar cerca de los árboles y los ríos. Yo sonreí, y le dije que claro.

Algunas noches lo miraba, dormido junto a mí, en la casita casi vacía, sin fotos, sin objetos personales, sin recuerdos… y me preguntaba cómo sería el Pedro Munt anterior a nuestro encuentro. A qué dedicaba los domingos por la tarde en la ciudad. Si tenía una chica. Qué parque elegía para pasear. Pero en realidad no me importaba, era sólo una ociosa curiosidad. A veces nos interrogábamos sobre nuestro pasado. Nos divertía inventarlo, crear las casualidades y causalidades que nos habían llevado al segundo exacto en el que nos encontramos en la cafetería, como si cada hecho de nuestra vida tuviese en el calor de mis labios contra los suyos su único propósito. ¿Qué podía importarnos la verdad? La verdad solamente podía ser una limitación, un peso que debíamos soportar. Las mentiras nos hacían verdaderamente libres. No quiero saber de otras Elisas, dijo una vez Pedro, sólo me importa mi Elisa, la que ahora se acurruca desnuda, apretada contra su pecho. Sin embargo había algo de mi pasado que lo incomodaba, un nombre que yo le había dado ingenuamente el primer día y él no conseguía olvidar.

Me interrogaba a menudo sobre Alberto. Decía que no le gustaban las puertas abiertas, que por las puertas abiertas entra el frío. Me preguntaba por pequeños detalles. Por el olor que desprendía después de ducharse. Yo le decía que se olvidara de él, que no era nadie, que yo ya lo había olvidado. Él me miraba: Su nombre es Alberto. Se apaga cigarrillos en el brazo y lo odias por todo lo que te hizo. Pedro me hablaba de las espinas. Me decía que la vida nos va clavando espinas en el corazón. Me decía que era una obligación arrancarse las más grandes. Porque cuando hay muchas espinas no son posibles los abrazos. Las hunden más en el pecho. Decidí contarle la verdad. De todas formas él ya lo había adivinado, que Alberto se fue una mañana cualquiera dejando una fría nota de despedida en la nevera y yo comencé a llorar. Que después mis ojos no sabían pararlo, el llorar, y lloré hasta secarme.

Pedro me llevó una noche a la ciudad, al bar que Alberto frecuentaba. Me dejó allí y esperó en un hotel. Como por casualidad nos encontramos. No nos habíamos visto desde la mañana en que se fue sin más explicaciones que unas letras en un papel. Yo había evitado los viejos lugares. Estuvimos hablando, visiblemente emocionados de volvernos a ver. No había cambiado. Las mismas zapatillas gastadas y el mismo desprecio adolescente en su voz. Era tal y como lo había imaginado cientos de veces. Evocándolo en mi soledad, con los ojos apretados y la mano acariciando lentamente mi sexo. Alberto no había cambiado nada. Pero yo sí. Era el sueño de alguna otra Elisa más joven, no el mío.

Volví al hotel y se lo dije a Pedro, que ahora era capaz de olvidarlo. Me dijo que no, que debía llegar hasta el final, que debía despedirme de una vez por todas de lo que había sido. No sé por qué acepté. No sé por qué le hice caso. Le di un beso y volví al bar a buscar a Alberto.

Fuimos a mi viejo apartamento. Hacía casi dos meses que no volvía por allí. Olía a cerrado y se había acumulado mucho polvo. Alberto no preguntó. Yo tampoco quise decir nada. Fue extraño el reencuentro conmigo misma, con el color anaranjado de mi lamparita de noche. Entré en un extraño estado, como si estuviera viviendo un sueño. Como si estuviera atrapada en un recuerdo vívido, un recuerdo en el que Alberto y yo todavía estábamos juntos y nos tumbábamos en el sofá a ver la tele y a tocarnos los pies. Hicimos el amor durante horas. Redescubriéndonos en la yema de los dedos y en el borde de los labios. Sin violencia, con una calidez de viejos amantes que me sorprendió.

Por la mañana me fui. Muy lentamente. Removiendo con la mirada aquel apartamento al que había decidido no volver nunca más. Le dejé una nota de despedida en la nevera. Una nota breve. Pensé escribir una nota especial, un adiós que sólo él pudiese entender. Pensé hacerlo porque él no lo hizo y eso fue lo que más me dolió, el silencio que caía como un abismo desde un par de frases demasiado concurridas. Frases que podrían haber sido dirigidas a cualquiera. Y no lo hice. Porque las palabras que podían explicarme habían sido utilizadas millones de veces. Tantas veces que ya no parecían sinceras. Preferí no escribirlas. Descubrí que en los momentos más intensos de nuestra vida todos los hombres somos iguales, sin apenas diferencias de matices. Entonces comprendí a Alberto, comprendí sus esfuerzos por encontrar las palabras y comprendí aquella nota breve, impersonal, casi hostil, que durante tanto tiempo me atormentó. Tan parecida a la que yo había alcanzado a escribir.

Le habría dado un último beso, pero temí se despertara.

Pedro me esperaba inquieto en el hotel. No había dormido. Abrí la puerta. Nos quedamos mirando unos segundos larguísimos. Corrió hacia mí y me abrazó fuerte. Lloraba, y me besaba, y nuestros besos eran salados.

No espero ser perdonada. Nuestras reglas sólo valían en la intimidad de nuestro lecho, en una casita junto a un río. Fuera hay otra reglas. Eso lo sabíamos desde el principio, que usando la lógica cotidiana nadie podría entenderlo nunca. Pero no estoy loca, ni yo ni Pedro lo estábamos, y todo lo que hicimos tenía un sentido para nosotros, aunque cueste creerlo. Su propia muerte tenía un sentido: la última gran ofrenda, el sacrificio que salvaría nuestro amor de nosotros mismos… 

Lo releo y suena a desvarío. Definitivamente parecen las palabras de una loca. Tal vez el silencio me ayudaría más que las palabras. Porque transforman mis argumentos en lugares comunes o en disparates absolutos. Pero, ¿qué otro camino tengo? El silencio ya no existe. La gente me ha juzgado y lo ha llenado de razones y patologías. Debo intentarlo al menos. Hablar del pacto que hicimos la noche siguiente de decir adiós a Alberto y con él a todo lo que yo había sido.

Pedro y yo habíamos dormido casi todo el día. Sin dejar de tocarnos, aunque fuera con el roce de la rodilla contra el muslo. Cuando desperté ya estaba anocheciendo. Abrí los ojos sobresaltada. Pedro no estaba a mi lado. Me temí lo peor. Me incorporé de un salto y corrí a buscarlo. Preparaba algo para comer. Yo lo observé en silencio desde la puerta. Recuerdo bien ese momento: el sonido del aceite saltando y que nos queríamos más que nunca. Porque sentíamos que habíamos sido capaces de imponer nuestras reglas, de elegir una forma de amarnos que escapaba a las definiciones más frecuentadas, a los rituales sociales aprendidos desde niños. Lo realmente sincero siempre roza el absurdo. Es lo lógico, lo perfectamente medible y descifrable, lo que siempre suena a falso, a eco que repite un vocablo ya carente de significado.

El abogado me preguntó si lo volvería a hacer. No, no lo volvería a hacer. Entonces, ¿por qué lo hizo? Es una buena pregunta. Lo hice porque en ese preciso instante tenía un sentido. Ahora no, claro que no. Hay demasiados abogados. Rodeada de abogados es difícil creer en absolutos.

Cuando el amor es de verdad el sexo se convierte en una lucha contra la carne. Lo había sentido alguna vez, pero nunca como con Pedro, de forma tan desgarradora. Por fuerte que fuera el abrazo, siempre estaba la carne, separándonos. Y por eso los besos desesperados, y por eso las caricias buscando grietas por donde colarse al alma. Fracasando cada vez, y sin embargo era ese fracaso, esa imposibilidad de tenernos completamente, lo que convertía aquel acto en sublime y nos unía de verdad. Por esas emociones abandoné mi apartamento, mi trabajo y mis recuerdos para vivir en una casita en la montaña con un hombre al que acababa de conocer. Sé que es una niñería. Lo sé ahora y lo sabía antes, que en algún momento acabaría, que era imposible vivir así, aislados de pasado y futuro. Lo sabía pero no me importaba. A Pedro tampoco. Lo que tenga que llegar llegará… Estábamos cansados de nuestras vidas vulgares, de nuestras rutinas tan alejadas de lo que soñábamos en la adolescencia. Nos miramos a los ojos y decidimos mandarlo todo a la mierda, de forma radical. De cabeza. O volaríamos o nos estrellaríamos contra el suelo. El pacto se selló. Nunca nuestro amor se convertiría en tibieza. Prometimos que cuando nuestros sentimientos comenzasen a enfriarse nos separaríamos, sin explicación alguna que mintiese un porqué. Para mantener el recuerdo intacto. Para salvar nuestro amor de nosotros mismos. Mejor querernos sin tenernos que abrazarnos sin ansias. No me importaría morir ahora mismo, me dijo Pedro. Sería mejor que vivir olvidando lentamente cómo se eriza mi vello cuando me besas los ojos.   

Hay historias que vuelven al comienzo, y entonces el comienzo se revela distinto. Me llamo Elisa Favaro. Yo maté a Pedro Munt. ¿Por qué lo maté? Lo maté porque quería recordarlo para siempre besándome los ojos. Es una lógica bonita. No muy realista pero muy poética. Si alguien con el suficiente talento escribiera nuestra historia podría ser una gran historia de amor. Por encima del bien y del mal y con final trágico, como a los lectores les gusta. Lo maté cuando sentimos que ya no podíamos elevarnos más, que a partir de ahora empezaríamos a caer. No hubo trascendencia. No crucé ningún umbral ni se rompió nada dentro de mí. Fue casi una obviedad. No podía acabar de otra manera. Uno de los dos desaparecería sin más. Ésas eran las reglas. Sólo que ninguno de los dos tenía el valor de irse. Todavía nos queríamos demasiado. Ésa era la trampa. Esperar sería demorarlo demasiado, ¿para qué separarnos más tarde, ya el amor herido de muerte, ya el recuerdo contaminado? Y sin embargo en ese momento de plenitud era imposible.

Pedro intentó irse una noche, como acordamos el día del pacto. Irse sin adiós. Hicimos el amor. Nos repetimos te quiero hasta que el sonido de las palabras se confundió con el murmullo del río. Cuando caí dormida se fue, con la memoria de mis caricias bien agarrada entre sus dedos. Al despertar corrí a buscarlo por el bosque, gritando su nombre, desesperada. Él había dado media vuelta y volvía a casa. Nos encontramos y nos abrazamos. Supimos que nunca seríamos capaces, que dejaríamos correr el tiempo y poco a poco nos convertiríamos en otros amantes más. Y nos atarían el cariño y las rutinas. Y finalmente uno de los dos se iría dejando la nota, la nota de siempre, en la nevera.

No podíamos permitirlo.

Una semana después vertía veneno en mi propio vaso de agua. Para morir por aquel sueño que tuvimos juntos un día. El sueño casi imposible de amarnos para siempre, como sólo se ama en los versos. En el último momento cambié el vaso, cuando ya Pedro estaba a punto de beber. ¿Por qué lo hice? Porque no quería que él sufriera lo que yo sufro ahora, ese frío que entra en los desgarrones que deja la ausencia. Porque no quería descansar eternamente con su beso cálido en mis labios mientras él se helaba tras mi muerte. Por eso cambié el vaso y le di a beber el veneno, y él sonrió y me dijo tengo sueño, y yo lo acompañé a la cama, y me acosté a su lado y temblé mientras se dormía, y le besé los labios, y comencé a llorar. Y me arrepentí casi en ese instante, claro que sí. ¿Quién puede pensar que no me arrepentí?

Elisa Favaro Cortés
18 abril 1975
Hospital Psiquiátrico Provincial Padre Jofre (Bétera)

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2 comentarios to “dosRELATOS”

  1. Chalo Says:

    Hay tantas Renatas por ahí.

  2. elisa Says:

    Hola Alberto, soy Elisa Favaro Carbajal, te recuerdo cómo eras en aquel verano, te felicito por tu creatividad, un abrazo, Elisa

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