Archive for the ‘viajes’ Category

libros que recorren paisajes

28 abril 2011

Hace unos años fui a recorrer el Danubio en bicicleta. Fue fantástico.  Pedalear durante días junto al río, sin saber nunca qué paisaje iba a encontrarme al día siguiente: pequeños pueblos de cuento o elegantes capitales centroeuropeas, bosques verdes o kilométricos campos de maiz. Una gran experiencia llevar en una bici todo lo necesario para vivir y avanzar sin saber en qué punto del camino pararás a descansar, en cualquier lugar que te guste y haya una casa particular en cuya puerta esté el cartel verde FREI que indica que hay habitaciones libres para los viajeros.

Pasé por Ulm, desde cuya torre de la iglesia se lanzó un día un sastre cuyo sueño era volar y para ello se había construido unas alas (obviamente no sobrevivió), por la preciosa y medieval Regensburg, por Amstetten o Mathausen, ambas ciudades trágicamente conocidas. Para finalmente llegar en bicicleta en la señorial  Viena, donde acabó el tiempo de vacaciones y por lo tanto viaje. No así el Danubio, que continúa por varios países (y al que algún día seguiré de nuevo, esta vez hasta su desembocadura en el mar Negro).

Ahora, leyendo Danubio de Claudio Magris revivo un poco aquel viaje y me pregunto por qué no llevé conmigo este libro.  Suelo escoger mis lecturas conciezudamente cuando viajo: Kazantzakis en Creta, Griaule en Malí, Bowles y Goytisolo en el Sáhara, Rey Rosa en Guatemala, Mishima en Japón  o Auster en New York, por citar algunos.  Sin embargo ni siquiera recuerdo qué llevaba en mi ruta por el Danubio, así que obviamente elegí mal, pues los lugares por los que paso suelen quedar asociados a lo que leo en ello.

Hubo un libro cuya experiencia lectora está profundamente ligada a mi experiencia vital. El viaje era el transiberiano y el  libro es Miguel Strogoff, el correo del zar, de Jules Verne. Es una novela de aventuras típica de Verne, pero el recorrido de Miguel Strogoff es casi axacto al que recorre actualmente el tren transiberiano, que fue construido sobre el antiguo camino de postas. Cada día leía la novela y seguía el camino del cartero del zar por Siberia, primero en mi imaginación y, al día siguiente (pues Miguel siempre parecía llevarme un día de ventaja) veía el paisaje correr por la ventanilla del tren. Y ahí estaba esa montaña, o esos páramos, o esa ciudad en la que el héroe acababa de meterse en líos.

Qué ganas tengo de volver a ponerme en ruta…

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La Guatemala que los turistas no fotografían

15 noviembre 2010

Me habían hablado cientos de veces de Guatemala, con emoción poco disimulada. De las selvas de Petén cuya frondosidad apenas deja pasar el sol, del colorido de los vestidos mayas, de las pirámides de Tikal emergiendo como una aparición sobre las copas de los árboles, del gigantesco volcán de agua protegiendo la bella Antigua y, sobre todo, del lago Atitlan, probablemente (eso suelen decir todos los que lo han visitado) el lago más bonito del mundo.

Yo estuve en esa otra Guatemala por la que los turistas pasan rápidamente, sin quedarse más de lo necesario. En la urbe gris con mayor población de toda Centroamérica y con un índice de delincuencia que supera ya a México D.F. Hablo, claro está, de la capital del país: Ciudad de Guatemala.

Mi estancia en la ciudad fue genial. Presenté una novela y participé en algunos actos literarios entre gente fantástica y muy atenta, la mayoría de ellos intelectuales, escritores o personas relacionadas con la cultura. Por desgracia una minoría en el país. No tuve ningún percance, pero fui testigo, a cada momento, del estado de miedo en el que vive la mayoría de la población de la capital. No sin razón.

Lo primero que sorprende al llegar es ver que los comercios tienen barrotes en las puertas para que el cliente tenga que ser atendido desde la calle o, si no los hay, una o dos personas con pistolas o recortadas protegen el local, apoyados -con gesto de aburrimiento- junto a la entrada. También hay pistoleros protegiendo algunas calles (pagados por los vecinos) y alambradas de espino en cada lugar al que se pueda subir escalando una fachada.

Los coches llevan cristales negros y cierres de seguridad, pues es el lugar más probable para un robo (aunque menos que el autobús interurbano, tomado cada dos por tres por atracadores). Un semáforo en rojo o un atasco es el momento perfecto para que desde una moto te apunten con una pistola y te pidan el móvil, dinero o ambas cosas. La gente empezó a llevar dos móviles, uno viejo para dar a los ladrones y el bueno. Ahora los delincuentes lo saben y te piden el otro en cuanto les das uno. Así que, a día de hoy es mejor llevar dos móviles. Porque, si algo se sabe en Ciudad de Guatemala, es que las pistolas no son sólo para asustar. El índice de muertos por día es altísimo. Más vale no hacerse el valiente.

El robo de móviles es el primer paso para un negocio más lucrativo: la extorsión a los pequeños empresarios. Esos móviles son “regalados” a los dueños de bares, tiendas… para tenerlos siempre localizados (y aterrorizados), asegurándose de que pagan lo convenido. A cambio los protegen (de otras mafias, pero sobre todo del propio “protector”).

Según me contaban, la impunidad ha llegado a tal punto que lo robos y asesinatos se realizan a cualquier hora del día y en cualquier lugar (estando yo allí hubo un tiroteo en el aparcamiento de un centro comercial y otro en un bar de moda, donde murieron bajo la ráfaga de una ametralladora varios jóvenes que tomaban copas en la terraza). Y sin ningún disimulo: los pistoleros utilizan su propio coche para realizar sus asesinatos o robos, sin molestarse en tapar la matrícula. ¿Para qué? La policía gana muy poco dinero, así que los extras los sacan de las mafias. Y por otro lado, el sistema judicial no funciona… ¿qué ocurriría si funcionara bien? ¿No tendrían entonces demasiados políticos que responder ante ella?

Cuando viajas a una ciudad como esta, donde la frase más escuchada es: nunca sabes dónde ni cuándo te van a asaltar. Donde hay decenas de muertos al día, más violaciones que en Ciudad Juárez y los jóvenes ven las maras como única forma de sobrevivir, entiendes el fenómeno de la emigración. ¿Acaso no es absolutamente normal que muchas personas quieran escapar de los lugares donde faltan las oportunidades: poder prosperar sin extorsiones, no tener miedo a salir a la calle, poder proteger a tus hijos o, simplemente, alimentarlos?

Lo que más me llamó la atención cuando visité España, me confesó una amiga residente en Ciudad de Guatemala, es que los niños juegan solos en la calle, pues aquí eso es impensable… Es una pena lo que ocurre allí, sobre todo porque la gente es encantadora, la fusión de culturas  es interesantísima y la ciudad tiene rincones que con un poco de pintura serían muy fotogénicos (la zona 1 o las vistas de los poblados desde el puente del incienso,  por ejemplo). Aunque creo que hay que ser optimista, pues vi signos de que poco a poco la cosa comienza a cambiar.

Qué ciudad tan dura, y sin embargo ya se ha hecho un hueco en mi corazón, quién sabe qué es lo que tendrá…

NY: la ciudad referencial

16 septiembre 2010

No sé muy bien qué decir de Nueva York. Que no existe. Que hay tantos Nueva Yorks que al final no hay ninguno. Como los inmortales de Borges, que a fuerza de ser todo se convirtieron en nadie. No se puede decir nada de Nueva York. Si digo que el domingo es el día de fiesta me contradice el sabbath judío y las tiendas de los chinos. Si digo que se come a las 13 h me contradicen los que comen a las 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10, 11, 12, 14, 15, 16, 17, 18, 19, 20, 21, 22, 23 y 24 h. y si digo que el inglés es la lengua oficial me contradicen carteles, periódicos y conversaciones, a cada minuto.

No hay Nueva York. Hay gente. Gente que comparte un espacio sin crear una ciudad. El neoyorquiino típico es de piel blanca-negra-marilla-roja, de ojos claros-oscuros-achinados-almendrados y antepasados australopitecus (por encontrar un antepasado común). Pero todos, eso sí, se sienten orgullosísimos de pertenecer a Nueva York. Y lo muestran en sus camisetas, gorras y pegatinas.  Las mismas que llevan los turistas. Porque en Nueva York no hay turistas, ya que Nueva York nos pertenece a todos, aún a aquellos que nunca lo pisarán. Porque está en nuestro pasado y en nuestro presente como una segunda residencia virtual.

[todos somos neoyorquinos]

Crecimos con los tebeos de Superman y después con los libros de Paul Auster y las películas de Woody Allen. Nos sobrecogimos con las imágenes del 11M y conocemos mejor la fisonomía de la Casa Blanca que de la Moncloa. Y a estos referentes podemos sumar cientos. Paseas por el Museo de Ciencia Natural y piensas en la primera vez que Rachel y Ross se acostaron juntos, cruzas el puente de Brooklyn y piensas en Annie Hall, la estatua de la libertad te recuerda el final de El planeta de los simios, al pedir un café en un diner recuerdas Brooklyn Follies y las escaleras de incendios te incitan a cantar “María, María…” a la portorriqueña guapa que se asome a una ventana. Cada cual tendrá sus propios lugares fetiche: el escaparate de Tiffany’s recordando a Truman Capote o Audrey Hepburn, según el caso; el parque de atracciones freak de Connie Island (Big, The Warriors…); las zapaterías de Manolo Blahnik (Sexo en Nueva York) o el mítico CBGB donde solían tocar The Ramones. New York nos pertenece. Nos guste o no. Forma parte de nuestro pasado. Todos hemos vivido un poco en New York, aun a miles de kilómetros. Aun sin haber pisado sus calles.

-Visitar Nueva York me hace pensar en la decadencia del Imperio romano -me comentó mi amigo Carlos mientras esperábamos el metro en el Lower East Side. Lo dijo por una rata enorme que se paseaba junto a nosotros. Y es que el metro se ha quedado viejo. Hasta los rascacielos -el hito de lo moderno- se han quedado viejos. No son de metal o cristal. Son de caravista, con gárgolas, columnas y nidos de gorriones. Espectaculares y preciosos aún, pero que recuerdan demasiado lo que debieron ser y significar hace un siglo. Mala señal que te hagan pensar en el pasado y no en el futuro (otro ejemplo es Tokio).

-También por los bárbaros -acabó de decir mi amigo cuando nos sentamos en el vagón e metro y miró a su alrededor. Lo decía sin malicia, claro. La palabra “bárbaro” significa “extranjero” y tiene su raíz en el sonido que para los griegos hacían todos aquellos que no hablaban su lengua: barbarbar. Bárbaros o extranjeros son todos en Nueva York. O, como ya dije, todos somos de esta ciudad, aunque sea un poquito (tal vez por eso, desde el primer día, sentí que pertenecía a aquel lugar y nadie me trató como a un turista).
[nueva york, metáfora de un país]

Debo decir que iba dispuesto a que los estadounidenses me cayeran mal. Llevaba en la mochila mi cámara de fotos, algo de ropa y todos los prejuicios antiyanquis del mundo. No pude conseguirlo, lo de que me cayeran mal. Me encontré con gente amabilísima, dispuesta a ayudar en todo momento y que siempre te sonreían. Pero sobre todo me encontré con un país inabarcable del que Nueva York es sólo una metáfora. Si Nueva York es la suma de barrios judíos, orientales, latinos, europeos, indios o afroamericanos que apenas tienen nada que ver entre sí -sólo hay que darse una vuelta un domingo por Harlem, la Quinta Avenida, Soho o Williamsburg para comprobar cuántos New Yorks diferentes esconde New York-, Estados Unidos apenas es diferente a este collage.

Pensé en Alaska, en California, en Texas, en Hawai y en Florida, y me di cuenta de que, como el propio nombre indica, es una inmensa nación formada por pequeños estados, algunos de ellos muy diferentes entre sí. ¿Qué tienen que ver los pequeños pueblos de la costa de Maine -por los que conduje realizando la ruta de los faros de Hopper y que son muy similares a los escandinavos y escoceses- con las polvorientas carreteras de Nevada? ¿Y los cocoteros hawaianos con las grandes ciudades como Nueva York o San Francisco? ¿Y el culto al cuerpo de las playas de Miami con los pescadores de los lagos helados de Alaska?

Improvisé una respuesta: el plástico y la comida rápida. En Estados Unidos he comido langosta en un plato de plástico y he brindado con un buen vino en una copa de plástico, como si estuviese en un McDonalds y no en un caro restaurante. Para un europeo, esta falta de protocolo es realmente inquietante, al igual que la presencia ubicua (en cualquier estado) de las mismas cadenas de comida basura para futuros gordos: hamburguesas, perritos, rosquillas… Y las banderas. Se me olvidaban las banderas. En cualquier rincón hay una bandera americana.

Por suerte uno de mis acompañantes en este viaje era un norteamericano de Chicago, Chris. Le pregunté por todo esto, por las orgullosas banderas ondeando por todo el país a pesar de las grandes diferencias entre los estados. Me chocaba que la amable mujer que arreglaba su jardín en los bosques de Vermont se sintiese parte de la misma nación que un ranchero de Texas, un vigilante de la playa de Florida o un banquero de Wall Street. Mi acompañante me dio la respuesta. Una respuesta cuya teoría era digna de admiración, pero cuya práctica deja bastante que desear (y esto me lo dijo él mismo, muy crítico con su cultura).
[un país unido por su futuro]

Casi todos los países se sienten unidos por su tradición, por su pasado común. En Estados Unidos, nación joven, la cosa sucede al contrario. Los une el futuro, el destino común. Los unen dos grandes palabras: democracia y libertad. Les une el propósito colectivo de convertir esas dos palabras en los fundamentos de la sociedad futura. A los extranjeros que visitan este país, como a mí, les parece ridículo ver tantas banderas americanas (más a los españoles, claro, que por culpa de la guerra civil parece que nos acompleje nuestra bandera). En cada jardín, coche, ventana tienen ellos una. Y la explicación es bien simple. No es la bandera de un país, sino la bandera de una aspiración, de un sentimiento fraternal. Se sienten orgullosos de exhibir los colores blanco, rojo y azul. Los colores de la Revolución Francesa y de sus ideales: libertad, igualdad y fraternidad. Por eso su defensa de un país que es país y es utopía forjándose.

Y por eso -llegando más allá- la hipocresía y las mentiras de sus gobiernos. La hipocresía y las mentiras de sus medios de comunicación. Con el beneplácito de gran parte de la sociedad. Porque si Estados Unidos no es el país de la libertad y la democracia, entonces no tiene ninguna razón para mantener sus estados unidos. Nada más los ata. Sin esas dos palabras no hay aspiración común. Sin aspiración común no hay país. Y cuando falla la libertad y la democracia es deber de todo gobierno y de todo ciudadano concienciado ocultarlo para seguir unidos por los ideales que han fallado. Por eso tanta bandera y tanta sonrisa. Porque si no, apenas hay nada.

Pero debo decir a su favor, que fue en los pequeños pueblos de Maine y Vermont donde entendí el concepto de comunidad. Cada pueblo tiene su policía, su panadero, su mecánico, su maestro, su electricista… y son conscientes de cuál es su pieza en el puzzle, de qué función desempeñan dentro del conjunto. Aprendí que un país no es algo abstracto, sino la suma de todos los que lo forman. Una obviedad que a los españoles (como a otros pueblos mediterráneos) nos cuesta entender. Sólo un pueblo que ve el Estado como algo ajeno premia -o al menos permite sin mayor cargo de conciencia-, la corrupción (ser alcalde y no enriquecerse es visto como de gilipollas por gran parte de los españoles), el enchufismo, la economía sumergida y el engaño a Hacienda, por citar algunas prácticas habituales en lugares como España, Italia, Grecia… donde un Estado no es una suma que nos incluye, sino un elemento externo del que está bien aprovecharse.

METPO o los templos del socialismo

19 julio 2010

Algunas metáforas

Las estaciones del metro de Moscú se parece a cualquier cosa menos a estaciones de metro:

  1. a una fábrica de producción industrial de seres humanos, pues hay tanta gente en fila, siendo subida y bajada por las escaleras mecánicas, que recuerda a esas cintas transportadoras de las cadenas de montaje. Se diría que es en el subsuelo de Moscú donde se monta o se repara la gente que habita la Tierra.
  2. a un nicho familiar, solemne y revestido de mármol blanco. El nicho de la propia URSS.
  3. al salón de una rancia familia aristócrata, con sus lámparas de araña, sus adornos dorados, sus tallas de yeso con motivos florales y sus suelos tan pulimentados que se puede patinar sobre ellos.

Pero finalmente creo que las estaciones no son ni tumbas ni esos salones decimonónicos de las novelas de Tolstoi. Las estaciones de metro son templos. Sin metáfora. Son verdaderos templos: iglesias construidas para la religión del socialismo, donde no faltan ni las vidrieras, ni las imágenes sagradas, ni los mosaicos ni los grandes murales edificantes.

Templos sagrados del socialismo

Vidrieras con el rostro de las nuevas divinidades: Lenin, Stalin y Marx (padre, hijo y espíritu santo)

Esculturas doradas de los nuevos santos: los trabajadores (el herrero, el campesino, el guardia fronterizo con su perro…)

Mosaicos y murales en el techo donde se muestran escenas -educadoras para el pueblo- de la nueva mitología sagrada: la historia de la Unión Soviética y su merecida supremacía sobre el resto de pueblos del mundo.

Una templo donde hay que hablar bajito para que el eco no te devuelva tu propia voz. Un templo levantado con materiales nobles, para que el pueblo pudiese disfrutar de los privilegios que antes le fueron negados. Un templo con toda la hipócrita opulencia de las iglesias, pues mientras se construía la población se moría de hambre y ni el mármol ni las lágrimas de cristal de las lámparas de araña son comestibles… en fin, nada que no hayamos visto en otras religiones.

Japón, la modernidad más antigua

16 junio 2010

Orden y jardín zen

Japón es ordenado.

Terriblemente ordenado.

Y yo no soy japonés, así que mi desconocimiento de las reglas altera el orden cada dos por tres.

Además, los japoneses son educados.

Terriblemente educados.

Por lo que nadie me dice nada: nadie me explica que lo estoy haciendo mal. Aunque poco a poco voy aprendiendo:

-ok, no dejaré propina si no quiero que el camarero salga corriendo detrás de mí pensando que he olvidado el dinero sobre la mesa…

-ok, para entrar al metro hay colas, colas que se forman aún antes de que el metro se acerque. No puedo llegar yo y ponerme donde quiera, sino detrás del último…

-ok, no se puede hablar alto en el (silencioso) metro, que más que metro parece un funeral, pues quien no duerme (20%) chatea por el móvil (79%) o es extranjero (1%)…

-ok, no me suicidaré en el metro porque se retrasará y eso puede ser la hecatombe…

Dicen las estadísticas que en los últimos 20 años la media de retrasos de los trenes es de 8 segundos. Las familias de los suicidas del metro deben pagar sumas millonarias a las compañías por los retrasos ocasionados. Retrasos y daños morales, pues un retraso, aquí, es un daño moral. Tan grave como comenzar a dar saltos sobre la cuidadosamente rastrillada gravilla de un jardín zen.

Protocolos y casas de té

Hay una lugar exacto desde el que mirar uno de estos jardines japoneses de piedras y una forma correcta de coger un jarrón antiguo para examinarlo. Sola una. En este país todo tiene su protocolo exacto, lo que no deja de ser una forma de orden. Y, a parte de ser protocolos bastante rígidos, cubren todo tipo de interacciones. Desde las más pequeñas a las más grandes. El vendedor te saludará exactamente igual en cada tienda, te hará una reverencia similar (aquí todos hacen reverencias y su inclinación determina la jerarquía), te cobrará y empaquetará la compra de igual forma, en igual orden y se despedirá con la misma frase e inflexión de voz.

Un protocolo curioso es el de los jefes y los empleados. Si en el trabajo el respeto y la distancia que los separa son máximos, en el bar “todo vale”. Dice el libro Un Geek en Japón que al llegar al bar los japoneses se ponen en “modo borracho”. Beban cerveza o agua (aunque todos beben cerveza y se ponen más ciegos que un zapato) se considera que van borrachos y, por lo tanto, pueden decir y hacer cosas no permisibles en otro lugar. Por ejemplo, decirle al jefe lo que no les gusta de la empresa, criticar alguna actuación, cantar juntos una canción de J-pop tirándose la cerveza por encima. Al día siguiente nadie podrá hablar de lo que ocurrió en el bar. Como en las antiguas casas de té, las jerarquías se borran al cruzar el umbral y lo que ocurre dentro de ella se queda dentro de ella.

Jerarquías y samuráis

No es difícil aprender a hablar la lengua japonesa, pues es muy lógica y sus fonemas similares a los del español, pero sin embargo es dificilísimo saber cómo usarla. Porque una mujer no la usará igual que un hombre (por ejemplo, no dirá “yo” a riesgo de parecer muy masculina) ni un empleado la usará igual para hablar con su jefe que con su compañero que con su subordinado. La lengua determina las jerarquías y las relaciones entre los hablantes. Por eso, si conoces a un japonés, al principio callará. Cuando sepa dónde trabajas, comenzará a hablarte, pues ya conocerá tu estatus y sabrá cómo hacerlo.

A parte del grado de inclinación de las reverencias, hay cientos de gestos que marcan las diferencias entre las personas. Hasta el s. XVIII Japón fue una sociedad feudal definida por los estratos sociales: el shogun, el samurai, el campesino…y por las reglas formales que regían la interacción entre ellos: lugares prohibidos, fórmulas de respeto, reverencias.

Pero no sólo veo diferencias de estatus. También de sexo. Mi sensación es que Japón es un país machista. Tal vez desde mi concepción occidental, no lo sé, pero parece que las mujeres vivan para agradar a los hombres.

Mujeres y geishas

No sólo en su cuidada forma de vestir me recuerdan a las geishas, considerada por el Japón antiguo el modelo perfecto de mujer. Han cambiado el kimono por  minifaldas, medias de colores, ganchitos, complementos… pero todas van guapísimas y se nota que intentan agradar a los hombres convirtiéndose en fantasías masculinas hechas carne. También en su actitud me recuerdan a las “artistas” del Japón antiguo (recordar que las geishas no eran prostitutas, sino artistas de la música, baile, conversación, preparación del té, ikebana…) pues tratan al hombre como si fuese su danna y estuviese pagando por su compañía

En Japón existe una actitud femenina, bastante extraña en Occidente, al menos en el que yo me muevo, que consiste en “necesitar que te protejan”. No sé explicarlo mejor, pero se ve en muchas mujeres. Por ejemplo:

1.en su ropa y actitudes de niña pequeña que necesita ser mimada y protegida. Por eso lo infantil está tan de moda (las faldas de colegiala, los peluches colgando del bolsillo, las coletitas y la voz aguda que ponen cuando se dirigen a los hombres, como si fuesen un dibujito…) y explica que sea un país tan aparentemente pederástico desde la mentalidad occidental (joder, sólo hay que echar un vistazo a las revistas para “hombres”, que parecen el anuario de 4º ESO)

2.en su forma de dirigirse a los hombres como si fuesen sus “amos y salvaguardas”, lo que explica que esté tan normal ir a bares donde las camareras van vestidas de “maids”, una mezcla entre niña y sirvienta que te trata como a su señor,  muy perverso en nuestra mente occidental, pero van hasta familias, así que no lo será tanto aquí. Yo he estado y de perverso no tiene nada, en serio.

3. en cierta resignación (otra vez un punto de vista occidental) ante sus propasamientos: en las metros hay vagones sólo para mujeres, para evitar que les toquen el culo, pues es de  mala educación llamar la atención por esto. También hay bares donde la luz está muy oscura para que los borrachos puedan tocar el culo disimuladamente a las camareras -tampoco he estado, pero aunque esté no me veo tocando el culo a una camarera, por lícito que sea-. Por último, y esto sí lo he visto, cuando bailan en la pista de un pub van pasando de uno a otro. Las manos de los japos van locas metiendo mano sutilmente. Y a ellas no parece importarles. De hecho parecen animarlos a extrañas escenas como la que vi el otro dia, donde una GAL (tribu urbanas entre las pijas y las canis) subió al escenario del DJ y el guardia de seguridad la cogió por detrás e hizo el gesto de darle por el culo al menos un minuto. Ella seguía el ritmo de las embestidas y gemía como si realmente estuviera ocurriendo. La amiga no tardó en subir y ponerse a cuatro patas. El seguridad, claro, hizo lo que se esperaba de nuevo, con más aspavientos. Sin pudor alguno por parte de ellas y sin extrañamiento por parte del público. Quizá no es machismo. Quizá es un feminismo tan radical (disfruto de mi cuerpo porque es mío y me sapetece) que no acabamos de entenderlo. De hecho creo que en el fondo lo que ocurre es que están más liberadas que las europeas y no tienen tanto complejo de ser “utilizadas”, sino que ellas misma “utilizan”.

Los japoneses y El Japonés

Si la mentalidad occidental (y el liberalismo económico) dice: prospera como individuo y así prosperará tu sociedad, en Japón creen lo contrario: haz que prospere tu sociedad y prosperarás como individuo. Eso explica que curren tanto, que maten por su empresa y que sea un país superseguro. No se ven como seres individuales, sino como parte de una sociedad. Como ideas platónicas, diría yo. Si un japonés roba, la imagen social de Japón se degrada, así que mejor no robar: el arquetipo manda. Cada japonés es la idea que se tenga de los japoneses. Y actuará para mantenerla sin tacha. Hasta los periodistas ocultan (por iniciativa propia) noticias que les parece mejor no difundir.

La obsesión con el trabajo también es real. Curran diez o doce horas al día (con una semana de vacaciones al año… lo que explica esos tours frenéticos que realizan) y después se van al pub a cenar y beber con los del curro. Es normal, a partir de las 11 de la noche, ver hombres trajeados visiblemente borrachos volviendo a casa, a veces a casi una hora del curro. Me pregunto cómo pueden al día siguiente levantarse pronto y, sobre todo, mirar a su jefe a la cara, después de tocar el culo juntos a una camarera y desentonar en el karaoke. Así día tras día, y los fines de semana ven a la familia. No tan importante como la empresa, digo yo.

Honor y kamikazes

El japonés que representa al Japonés (eterno y abstracto) no puede fallar. Si lo hace, falla a la sociedad y al “concepto”, y eso es lo peor que puede hacer. Así que por estas tierras se suicidan bastante (pero cada vez menos en los metros, eso sí). Un trabajador que perjudica a la empresa, un politico que perjudica al partido… creo que hemos visto ejemplos varios en televisión de suicidas que se castigan quitándose la vida por haber deshonrado su cargo y haber dañado la imagen.

Todos recordamos a los kamikazes. Morían por la idea (nación). Como el escritor Yukio Mishima se hizo el seppuku (harakiri) como protesta por el rumbo que tomaba Japón, occidentalizándose. No es extraño matarse para reivindicar una idea. Nosotros hacemos manifestaciones. Ellos se suicidan. El concepto por encima de la vida individual.

En Kyoto, como ya conté en una novela, no dejan en los hoteles alojarse solas a las mujeres japonesas. Pues era “tradición” tirarse al río o matarse en las habitaciones de hotel. Con este acto se quejaban de un acto de deshonor de su amado (abandono, infidelidad) y lo humillaban.

Armonía y budismo

Otra característica curiosa es que no discuten. En las empresas todo se acuerda por unanimidad. Hasta que todos no estén totalmente convencidos, no se toma ninguna decisión. Tampoco se dice la palabra “no”, por lo que hay que intuir los NO por la emoción con que se dice el SÍ. La brusquedad española supongo que les pone muy nerviosos. Necesitan aferrarse a sus rutinas y cualquier cosa que las altere es un problema. Por desgracia los extranjeros siempre las alteramos: entramos con zapatos en recintos interiores (aquí se descalzan hasta en algunos restaurantes), queremos pagar al principio de entrar al bus (cuando todo el mundo sabe que en Japón se paga al final) y hablamos demasiado alto en el abarrotado y silencioso metro.

El budismo dice que todos somos parte integral del universo y que cada uno cumple su función. También dice que hay que dejarse llevar y no enfrentarse. Dar un rodeo (be water, my friend) y seguir el camino.

¡Me caen bien los japos!

* fotos de david fajardo (casi todas), quique ruiz y mías

AUSCHWITZ: atracción turística

22 febrero 2010

Pusimos la dirección en el GPS del coche de alquiler: Auschwitz-Birkenau. Rápidamente nos marcó la ruta junto a la etiqueta ATRACCIÓN TURÍSTICA. No podía creerlo. Un campo de exterminio que ya no es un lugar real, sino una metáfora del sufrimiento y el horror (pues Hollywood se ha encargado de convertir este nombre en idea platónica), catalogado junto a las atracciones de feria, los zoos y las pistas de esquí.

Fue un paseo extraño por el campo de concentración. Todas esas fotos de prisioneros en los pabellones convertidos en museo, todos con el pelo rapado pero cada uno con unos ojos distintos, cada uno enfrentándose al sufrimiento (y por ende a la cámara que los retrataba) con una actitud totalmente  diferente: del miedo al desafío, pasando por la resignación, el abatimiento y la mirada ausente de quien ya marchó dejando su cuerpo a la deriva. Vitrinas llenas de objetos robados a los presos: bolsos, joyas, pelo, ortopedias, botones, muñecas, viejas fotos… La vía del tren de la muerte atravesando el campo de punta a punta, las letrinas, las “habitaciones” donde se hacinaban los condenados, las ruinas de lo que un día fueron las cámaras de gas…

Pero esto no es lo más sorprendente. Sabía lo que iba a encontrar, más o menos. Como ya he dicho, el hecho de que la industria del cine esté en manos de judíos, ha hecho que la Segunda Guerra Mundial se convierta en una especie de mitología sobre el bien y el mal que desde niño aprendemos. En la parte del bien, junto a los hobbits, Luke Skywalker, Neo (y la resistencia de “Sión”, jaja, evidencia clara de lo que digo) y Sherlock Holmes, nos encontramos a los judíos. En la parte del mal tenemos a Saurón, Darth Vader, Matrix, el profesor Moriarty y los nazis. La eterna lucha de la luz contra la oscuridad.

Lo que no me esperaba era encontrar grupos organizados, algunos vestidos de igual forma (los de camiseta naranja eran los más numerosos), niños pequeños observando los montones de pelo humano o tanta cantidad de jóvenes judíos.  Pero si lo piensas es normal. En el fondo el GPS tiene razón y Auschwitz, por extraño que suene al principio, es una atracción turística. Empezando por mí, un turista español buscando desde dónde realizar una buena foto para poner en el blog.

Observando a dos judíos que asistían serios al espectáculo me entraron ganas de acercarme y preguntarles en inglés si no veían la contradicción entre su pasado de víctimas y la política actual de Israel con los palestinos. Haber padecido malos tratos de niño no es una excusa para golpear a tus hijos. ¿No hemos aprendido nada? No les dije esto, claro. A lo mejor ellos ni siquiera vivían en Israel. A lo mejor vivían, pero no estaban de acuerdo con la política de sus dirigentes. No es una cuestión de razas, de genes benditos o malditos, sino de personas y sociedades.

Me imaginé un futuro en el que los palestinos visitaban la franja de Gaza y ponían flores sobre las fotos de sus antepasados asesinados. Un futuro en el que los judíos habitaban Mordor. Tan ridículo como este presente que nos muestra el cine: de pueblo inocente, elegido y encarnación de la virtud. ¿Nadie se da cuenta que no hay ni buenos ni malos? ¿Que todos los pueblos son a veces oprimidos y opresores? ¿No tendrá Dios cosas más importantes que elegir a un pueblo y pedirle que se deje patillas? (more…)

Ksar Rhilane: a través del desierto en utilitario

11 febrero 2010

Me fui al desierto para desconectar. Con mi pareja. Nos pareció que el desierto era el lugar perfecto para descansar: de la gente, del ruido, del aire contaminado, de los emails, del móvil y de la sobrestimulación de la vida diaria. Elegimos Túnez porque el vuelo era más barato y las carreteras estaban mejor. Pero cual fue la desilusión al enterarnos, ya allí, que llegar al oasis de Ksar Rhilane, (que habíamos elegido como oasis particular) era imposible si no contratábamos una excursión en una agencia o alquilábamos un 4×4. Ambas opciones eran carísimas, así que la única posibilidad que nos quedaba era visitar otros oasis más turísticos, de esos abarrotados por los viajes organizados.

Encabezonado por llegar a Ksar Rhilane –frente al Gran Erg Oriental, de espectaculares dunas rojas, dicen las guías-, alquilamos un Citroen C3 y lo probé en una pista de tierra, para ver si, con un poco de paciencia, era posible utilizarlo como todoterreno. Tras conducir durante casi un kilómetro por campo a través me convencí de que obviamente no lo era. Casi acabo con el coche y con mi relación.

Ya me había resignado a no visitar Ksar Rhilane y conducir hasta Douz, la puerta del desierto donde van a cientos los turistas a hacerse la foto de rigor, cuando paramos a poner gasolina de contrabando traída de Libia. Allí un joven comenzó a hablar con nosotros. Los tunecinos son muy propensos a la charla con el turista, sin esperar nada a cambio (como ocurre en otros países). Le comenté la desilusión de no poder llegar a Ksar Rhilane y me dijo que acababan de abrir una carretera que llegaba directamente al oasis. La carretera del oleoducto. Así la llaman porque cruza el desierto de norte a sur por encima de un oleoducto.

Eran las cinco. A las seis y media se haría de noche. O sea que teníamos una hora y media para llegar a la carretera del oleoducto y recorrer los más de ochenta kilómetros que se adentran en el Sahara. Cualquier contratiempo nos dejaría aislados de noche en medio del desierto. Sin cobertura ni comida y sólo un coche utilitario por protección. Pero hay decisiones que nos eligen a nosotros, no al revés. Por supuesto, nos despedimos con prisas y pisé el acelerador. Prepárate Khsar Rhilane…

A unos sesenta kilómetros encontramos el desvío a la carretera del oleoducto. Lo cogimos y el paisaje, a los pocos minutos, cambió. La carretera del oleoducto es una línea absolutamente recta de más de cien kilómetros. Es sobrecogedor conducir por una carretera sin una sola curva. Llegar a lo alto de un tramo elevado (la carretera discurre por una orografía de dunas, subiendo y bajando a menudo) y ver kilómetros y kilómetros de asfalto en línea recta, perdiéndose en el horizonte. Un horizonte plano. Plano por los cuatro puntos cardinales. Sin construcciones ni montañas ni coches ni seres vivos. Un paisaje monocromo –de un desolador amarillo hueso- bajo un cielo a cada minuto más oscuro.

Es difícil explicar qué pasaba por mi mente -y sobre todo por mi cuerpo- en ese momento. No podía dejar de pensar en lo que ocurriría si pinchábamos o si el desierto, que tramo a tramo se adentraba más en la carretera como los tentáculos de un animal marino, llegaba a cubrir todo el asfalto. Teníamos el tiempo justo para llegar antes de la noche. Cualquier contratiempo deberíamos resolverlo solos, pues nos habíamos cruzado solamente con dos todoterrenos que, como nosotros, pisaban el acelerador para escapar de esa carretera desierta antes de que oscureciese. Así que, con el estómago encogido y las manos sudadas, intentaba calmarme.

El desierto está vivo. Ya lo experimenté en la India, cuando me fui con dos chicas israelís y dos adolescentes indios a ver la puesta de sol en el Tar. Las israelís eran realmente antipáticas –más bien diría xenófobas, pues trataban a los indios como si ellas fueran una raza superior y ellos sus inferiores naturales-, por lo que me senté con los jóvenes indios a unos metros de ellas y observé, apoyado en un camello y escuchando los cantos rajastanís de los jóvenes, cómo el sol se escondía sobre un paisaje absolutamente vivo. Las dunas, a pesar de parecer inertes, se mueven constantemente. El viento crea ríos de arena que, como una segunda piel, cubren la superficie aparentemente inmóvil. Creo que ahí me enamoré del desierto.

Si en aquella ocasión, en el Tar junto a la frontera de Pakistán, el movimiento perpetuo del desierto me sobrecogió por su belleza, esta vez lo hizo por razones diferentes. Las dunas que nos rodeaban eran cada vez más altas, el viento soplaba cada vez con más fuerza y los ríos de arena cruzando la carretera eran kilómetro a kilómetro más numerosos. Es difícil explicar el desierto a quien nunca ha estado allí. Tienes la impresión de que está vivo y de que tú, criatura insignificante, estás a su merced. No puedes más que encomendarte a él y seguir tu camino.

Esta vez no pinchamos. Lo hicimos a la vuelta (pobre coche, quedó destrozado). Tampoco nos encallamos en la arena. Inch Alá. Llegamos a Ksar Rhilane con las últimas luces del día, embargado por una emoción que hacía tiempo que no recordaba.  El lugar me recordó a la película Mad Max. Un paisaje casi marciano (plano y rojizo) con construcciones precarias de madera, chapas metálicas y paja. Coches destartalados, bidones oxidados esperando llenarse con las improbables lluvias, una gigantesca torre antena y un cielo sucio. Para nosotros, en ese momento, el paraíso terrenal.

No importa demasiado nuestra estancia en Ksar Rhilane (en un campamento dentro del oasis de palmeras, no en la aldea destartalada). Importa el viaje. Un viaje que transformó el destino. Intenté imaginarme un grupo de turistas llegando a las 8 de la mañana en los todoterrenos de una agencia de viajes, y supe que ellos nunca verían Ksar Rhilane. Podrían pisarlo y hacerse fotos entre sus dunas o en el círculo de palmeras, pero nunca conocerían este remoto poblado en las orillas del Gran Erg Oriental, donde antiguamente descansaban las caravanas de camellos tras días de viaje por el desierto.

No pude evitar pensar en las casas de té japonesas. Todas ellas tienen un camino que discurre por un jardín. Al final del camino está la casa. Las normas de protocolo dicen que ese camino debe hacerse solo. Para preparar tu mente. Para separarte de tu vida cotidiana y llegar vacío a la ceremonia del té.

Guía fantástica de Beijing (ii): el mercado nocturno

18 septiembre 2009

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Junto a la calle comercial Wangfujing–una de esas calles atestadas de gente, tiendas, anuncios gigantes y luces de neón que tanto asociamos con el moderno oriente- está el mercado nocturno de Donghaunmen. Lo forman unos cincuenta puestos callejeros donde se venden pinchos de todo tipo, aunque también podemos encontrar algunos platos de noodles, verduras o frutas. Los pinchos van del pollo adobado con especias picantes a las cucarachas fritas, pasando por carne y piel de serpiente, gusanos, capullos de gusanos de seda, estrellas de mar o escorpiones de diferentes tamaños, que te los hacen a la plancha mientras todavía están vivos. Salvo las cucarachas –soy un flojo- probé todo lo demás.

Recomiendo la serpiente, que sabe entre sepia y pollo (algo así como las ancas de rana pero más sabroso) y los escorpiones pequeños fritos, cuyo sabor recuerda a las patatas fritas. Podría perfectamente ser un snack y ponerse en cualquier fiesta de cumpleaños. Pruébenlo. No recomiendo los capullos de gusanos de seda, duros por fuera y viscosamente malos por dentro; ni los gusanos, que no sabían a nada. Las estrellas de mar y la piel de serpiente me dejaron indiferente. El pollo no sé, lo puedo comprar en el supermercado, así que no lo comí.

Mi degustación culinaria de esa noche se vio completada al día siguiente por un sabroso plato especiado de tortuga. Me sirvieron la tortuga entera, sin cabeza, eso sí, pero tras el impacto inicial y averiguar para qué eran los guantes de plástico, debo decir que es un plato exquisito, que me recordó a las manitas de cerdo en la textura y a la codornices en la cantidad de pequeños huesecillos.mercadoWP

Historia
Me lo contó el camarero del bar del hotel donde me alojaba, la última noche que pasé en Beijing.
-¿En serio has comido toda esa porquería?
Comenzó a reír y me contó que hasta finales de los años 80, momento en el cual los turistas extranjeros llegaron a China, jamás se había escuchado hablar de pinchos de escorpiones o estrellas de mar fritas. El mercado nocturno ya existía y su producto más exótico eran los pinchos de sepia a la plancha. Pero los extranjeros se habían hecho una imagen de Beijing, distorsionada por libros y películas: un lugar misterioso con costumbres extrañas, entre las cuales estaba comer perros, escorpiones o serpientes.

Tanto pidieron los turistas probar algunos de esos manjares ocultos que los vendedores del mercado nocturno comenzaron a proporcionárselos. ¿Queréis serpiente? Pues yo os daré serpiente. ¿Queréis cucarachas? Pues venga un pincho de cucarachas fritas. Además, descubrieron que podían pedir tres veces más por esos manjares “exóticos” que por el resto.
-Ningún chino comería nada de eso –finalizó el camarero-. Te lo puedo asegurar.

Esa vez que fui terrorista

15 septiembre 2009
very dangerous man

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Sólo había seis extranjeros en aquel avión y, puestos a encontrar un enemigo, Cristina y yo teníamos todas las papeletas. Éramos los más jóvenes, los que vestían de forma más sospechosa (yo llevaba una camiseta militar con la estrella roja comunista) y, además, durante las vacaciones me había dejado crecer barba. Los israelís son educados desde niños para distinguir a los amigos de los enemigos, para descubrir en ese hombre que sube en el autobús un terrorista suicida o en ese coche que se aleja un arsenal de armas. Así que miraban el pasaporte y nos miraban a nosotros una y otra vez, intentando descubrir algún error. Después sólo nos miraban a nosotros, esperando que en su interior algún gesto o mirada o qué se yo conectara la alarma. Ese sexto sentido que tienen los pueblos en guerra, porque Israel, queramos verlo o no, es un país en guerra. Como al parecer no le saltó la alarma a ninguno de los funcionarios israelís, pasaron al interrogatorio. elal

¿Os importa que os haga algunas preguntas personales? Por supuesto no era una pregunta. Hubiese sido más correcto decir: vamos a haceros unas preguntas personales y debéis responder a todas, por incómodos que os sintáis. Cuando acabaron las preguntas, no satisfechos con las respuestas nos separaron: ¿Dónde la has conocido? ¿Vivís juntos? ¿A qué se dedica? ¿Cuál es el motivo de vuestro viaje a China? ¿Por qué tenéis interés en viajar a Tel Aviv? Mi respuesta fue agresiva, pero con sonrisa, a su estilo: No tenemos ningún interés, sólo hemos cogido un avión a casa con tan mala suerte que hace transbordo en Tel Aviv. Si mira el billete verá que no estaremos allí más de dos horas, cambiando de vuelo.

Los funcionarios iban cambiando. Supongo que los israelís pagan muchos impuestos, pues pasamos por las manos de más de diez personas. Y eso que estábamos en el aeropuerto de Beijing. Todos sonreían y todos nos decían que no pasaba nada, pero no nos dejaban avanzar. ¿Pueden sacar lo que tienen en las maletas?, ordenó alguien. Estas las vamos a facturar, le dije, esperando no tener que deshacer y hacer la maleta más grande. Está bien, abran sólo las que vayan a llevar con ustedes. No es que no nos fiemos, es que tal vez alguien ha metido algo en ellas, durante el tiempo que las maletas han estado en la recepción del hotel, por ejemplo. ¡Joder, cómo no se me había ocurrido algo tan obvio!

Saqué las cosas, vi que todo estaba en orden y las volví a meter. En ese momento el hombre, que había estado observando la misma operación pero realizada por Cristina, se acercó: ¿Qué haces? ¿Por qué lo guardas? Empezaba a mosquearme: Todo está correcto, nadie ha metido nada dentro. El hombre me hizo un gesto para que la volviera a deshacer. ¿Tengo que volver a sacarlo todo? ¿No se suponía que era para que yo viera si…? El hombre se giró y se dirigió a otros enhebreo. No entiendo el idioma, pero entendí algo así como: no quiere colaborar. Al final saqué las cosas, claro. Calcetines, pins para la nevera, libros, algún regalo para la familia… ¿Hay algo que no reconozca? No, todo en orden. Llegó una de las chicas que nos había interrogado: ¿Hay algo que os hayan regalado? No, bueno –dije casi en broma-, el hotel nos ha regalado un abrebotellas. Los dos funcionarios se miraron. Al fin tenían algo. Supongo que dentro de ellos daban palmas de alegría.abrebotellas

¿Puede sacarlo? Sin poder creerlo saqué el abrebotellas, más pequeño que el culo de un vaso y decorado como una máscara sonriente. Preocupados se llevaron el abrebotellas, que vi cómo pasaba de mano en mano hasta llegar a un elegante israelí que parecía ser el jefe de todos. Unos minutos después volvieron con una bolsa aislante, que sellaron. Vuelva a guardarlo, pero no se le ocurra sacarlo de la bolsa. Podría ser peligroso. Comenzaron a etiquetar nuestras bolsas y bolsos. La etiqueta de la bolsa donde estaba el abridor-máscara sonriente era de otro color, azul. Al parecer era altamente terrorístico, porque cada vez que uno de los funcionarios veía su color nos sacaban de la cola o nos levantaban del banco de la puerta de embarque para inspeccionar la mochila en busca de la bolsa sellada.

Estuve tentado de decirles que me pusiesen la marca en un brazalete, como esos que llevaban sus antepasados en Alemania. Al final no lo hice, claro. Pero cuando una azafata china me dijo que los israelís podían abrir las maletas que facturara y leer las cartas personales, no pude resistirme. Le dije: los israelís están locos. Y aunque no me contestó y bajó la cabeza con diplomacia, vi en su mirada resignada que pensaba lo mismo. Espere un segundo. Si pueden leer las cartas, voy a escribirles una, para que así se entretengan. En ese mismo mostrador escribí una carta en inglés dirigida al pueblo de Israel (Dear israelian people,), corta -pues tenía cola detrás- donde les decía que estaba muy contento de pasar por su país y de que leyeran mis cartas. Supuse que era suficiente irónico y que hasta esos funcionarios, tan serios y profesionales, podrían captarlo. Metí la carta en un bolsillo y facturé la mochila.

perfildchoperefilizqdaAntes de embarcar nos llamaron varias veces: a parte de la etiqueta, al lado de nuestros nombres, en la lista de pasajeros habían hecho una marca. Nos separaron un par de veces, enseñamos los pasaportes, la bolsa sellada con el abrebotellas sonriente quasinuclear, miraron las fotos y nuestras caras, siguieron preguntándonos –si no os importa– preguntas personales… hasta que subimos al avión.

Una vez dentro ya nadie nos molestó, pero descubrí hasta qué punto los israelís son una isla, ajena al mundo. Utilizan casi exclusivamente sus propias aerolíneas El Al, cuyo lema es: It’s not just an airline. It’s Israel. Allí dentro las azafatas se dirigen a ti en hebreo y hasta las películas que ponen son en su mayoría en este idioma, como si el hecho de que un extranjero viaje en sus aviones fuera un extraño error. La comida tenía garantía kosher, por supuesto, firmada por un rabino, y se nos advirtió a los apestados (léase extranjeros) que no se nos ocurriera, una vez en tierra, salir del aeropuerto.

En ese momento me dieron pena, la verdad. Me dio pena ese miedo que les hace desconfiar de todo, de un español con barba y de un ridículo abrebotellas chino. Me dio pena que deban viajar en sus propias aerolíneas para sentirse seguros y me los imaginé en su país, un pequeño país rodeado de enemigos, asustados hasta de su sombra. Pero luego pensé:  ellos sabrán lo que hacen y me eché a dormir, pues el telediario que mostraban las pantalla de televisor del avión, además de estar en un idioma incomprensible para mí, sólo hablaba de atentados y de terroristas con barba. ¡Qué triste, Dios mío…o Yahvé mío, lo que sea!

Guía fantástica de Beijing (i): art district 798

9 septiembre 2009

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A las afueras de Beijing (China) encontramos el Art District 798, corazón del arte contemporáneo chino. Un polígono de fábricas para uso militar  reconvertido tras el fin de la guerra fría en complejo artístico. Decenas de museos, galerías, bares, esculturas y curiosos rincones hospedados entre edificios industriales de corte bauhaus.

La performance
El artista conceptual Luyi Lee, el pasado 1 de septiembre de 2009 dio el pistoletazo de salida a una performance llamada RECONVERSIÓN I. En ella 798 artistas tomaron una de las fábricas de munición y se colocaron frente a la cadena de montaje, fabricaWPataviados con monos de trabajo y guantes. La nave industrial comenzó a funcionar tras algunos problemas técnicos rápidamente solucionados como si no hubiese pasado el tiempo. Los artistas, en su papel de proletarios, trabajaron durante doce horas creando munición para metralletas UZI. La performance durará 36 meses, durante los cuales los artistas trabajarán siete días a la semana por un sueldo que apenas llega a los 2000 yuanes (200 euros), reivindicando de esta forma la explotación a la que se han visto sometidos muchos ciudadanos chinos durante siglos. La empresa patrocinadora de esta rompedora iniciativa de arte contemporáneo ha preferido mantener el anonimato, pero ha asegurado que sufragará todos los gastos que la performance pueda generar y que no descartan, una vez termine la obra, financiar  RECONVERSION II, otro innovador work in progress en el que ya está trabajando Luyi Lee.

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