Esa vez que fui terrorista

very dangerous man

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Sólo había seis extranjeros en aquel avión y, puestos a encontrar un enemigo, Cristina y yo teníamos todas las papeletas. Éramos los más jóvenes, los que vestían de forma más sospechosa (yo llevaba una camiseta militar con la estrella roja comunista) y, además, durante las vacaciones me había dejado crecer barba. Los israelís son educados desde niños para distinguir a los amigos de los enemigos, para descubrir en ese hombre que sube en el autobús un terrorista suicida o en ese coche que se aleja un arsenal de armas. Así que miraban el pasaporte y nos miraban a nosotros una y otra vez, intentando descubrir algún error. Después sólo nos miraban a nosotros, esperando que en su interior algún gesto o mirada o qué se yo conectara la alarma. Ese sexto sentido que tienen los pueblos en guerra, porque Israel, queramos verlo o no, es un país en guerra. Como al parecer no le saltó la alarma a ninguno de los funcionarios israelís, pasaron al interrogatorio. elal

¿Os importa que os haga algunas preguntas personales? Por supuesto no era una pregunta. Hubiese sido más correcto decir: vamos a haceros unas preguntas personales y debéis responder a todas, por incómodos que os sintáis. Cuando acabaron las preguntas, no satisfechos con las respuestas nos separaron: ¿Dónde la has conocido? ¿Vivís juntos? ¿A qué se dedica? ¿Cuál es el motivo de vuestro viaje a China? ¿Por qué tenéis interés en viajar a Tel Aviv? Mi respuesta fue agresiva, pero con sonrisa, a su estilo: No tenemos ningún interés, sólo hemos cogido un avión a casa con tan mala suerte que hace transbordo en Tel Aviv. Si mira el billete verá que no estaremos allí más de dos horas, cambiando de vuelo.

Los funcionarios iban cambiando. Supongo que los israelís pagan muchos impuestos, pues pasamos por las manos de más de diez personas. Y eso que estábamos en el aeropuerto de Beijing. Todos sonreían y todos nos decían que no pasaba nada, pero no nos dejaban avanzar. ¿Pueden sacar lo que tienen en las maletas?, ordenó alguien. Estas las vamos a facturar, le dije, esperando no tener que deshacer y hacer la maleta más grande. Está bien, abran sólo las que vayan a llevar con ustedes. No es que no nos fiemos, es que tal vez alguien ha metido algo en ellas, durante el tiempo que las maletas han estado en la recepción del hotel, por ejemplo. ¡Joder, cómo no se me había ocurrido algo tan obvio!

Saqué las cosas, vi que todo estaba en orden y las volví a meter. En ese momento el hombre, que había estado observando la misma operación pero realizada por Cristina, se acercó: ¿Qué haces? ¿Por qué lo guardas? Empezaba a mosquearme: Todo está correcto, nadie ha metido nada dentro. El hombre me hizo un gesto para que la volviera a deshacer. ¿Tengo que volver a sacarlo todo? ¿No se suponía que era para que yo viera si…? El hombre se giró y se dirigió a otros enhebreo. No entiendo el idioma, pero entendí algo así como: no quiere colaborar. Al final saqué las cosas, claro. Calcetines, pins para la nevera, libros, algún regalo para la familia… ¿Hay algo que no reconozca? No, todo en orden. Llegó una de las chicas que nos había interrogado: ¿Hay algo que os hayan regalado? No, bueno –dije casi en broma-, el hotel nos ha regalado un abrebotellas. Los dos funcionarios se miraron. Al fin tenían algo. Supongo que dentro de ellos daban palmas de alegría.abrebotellas

¿Puede sacarlo? Sin poder creerlo saqué el abrebotellas, más pequeño que el culo de un vaso y decorado como una máscara sonriente. Preocupados se llevaron el abrebotellas, que vi cómo pasaba de mano en mano hasta llegar a un elegante israelí que parecía ser el jefe de todos. Unos minutos después volvieron con una bolsa aislante, que sellaron. Vuelva a guardarlo, pero no se le ocurra sacarlo de la bolsa. Podría ser peligroso. Comenzaron a etiquetar nuestras bolsas y bolsos. La etiqueta de la bolsa donde estaba el abridor-máscara sonriente era de otro color, azul. Al parecer era altamente terrorístico, porque cada vez que uno de los funcionarios veía su color nos sacaban de la cola o nos levantaban del banco de la puerta de embarque para inspeccionar la mochila en busca de la bolsa sellada.

Estuve tentado de decirles que me pusiesen la marca en un brazalete, como esos que llevaban sus antepasados en Alemania. Al final no lo hice, claro. Pero cuando una azafata china me dijo que los israelís podían abrir las maletas que facturara y leer las cartas personales, no pude resistirme. Le dije: los israelís están locos. Y aunque no me contestó y bajó la cabeza con diplomacia, vi en su mirada resignada que pensaba lo mismo. Espere un segundo. Si pueden leer las cartas, voy a escribirles una, para que así se entretengan. En ese mismo mostrador escribí una carta en inglés dirigida al pueblo de Israel (Dear israelian people,), corta -pues tenía cola detrás- donde les decía que estaba muy contento de pasar por su país y de que leyeran mis cartas. Supuse que era suficiente irónico y que hasta esos funcionarios, tan serios y profesionales, podrían captarlo. Metí la carta en un bolsillo y facturé la mochila.

perfildchoperefilizqdaAntes de embarcar nos llamaron varias veces: a parte de la etiqueta, al lado de nuestros nombres, en la lista de pasajeros habían hecho una marca. Nos separaron un par de veces, enseñamos los pasaportes, la bolsa sellada con el abrebotellas sonriente quasinuclear, miraron las fotos y nuestras caras, siguieron preguntándonos –si no os importa– preguntas personales… hasta que subimos al avión.

Una vez dentro ya nadie nos molestó, pero descubrí hasta qué punto los israelís son una isla, ajena al mundo. Utilizan casi exclusivamente sus propias aerolíneas El Al, cuyo lema es: It’s not just an airline. It’s Israel. Allí dentro las azafatas se dirigen a ti en hebreo y hasta las películas que ponen son en su mayoría en este idioma, como si el hecho de que un extranjero viaje en sus aviones fuera un extraño error. La comida tenía garantía kosher, por supuesto, firmada por un rabino, y se nos advirtió a los apestados (léase extranjeros) que no se nos ocurriera, una vez en tierra, salir del aeropuerto.

En ese momento me dieron pena, la verdad. Me dio pena ese miedo que les hace desconfiar de todo, de un español con barba y de un ridículo abrebotellas chino. Me dio pena que deban viajar en sus propias aerolíneas para sentirse seguros y me los imaginé en su país, un pequeño país rodeado de enemigos, asustados hasta de su sombra. Pero luego pensé:  ellos sabrán lo que hacen y me eché a dormir, pues el telediario que mostraban las pantalla de televisor del avión, además de estar en un idioma incomprensible para mí, sólo hablaba de atentados y de terroristas con barba. ¡Qué triste, Dios mío…o Yahvé mío, lo que sea!

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3 comentarios to “Esa vez que fui terrorista”

  1. Hipolit Bonnin Says:

    Albert Torres: No has entendido nada, tu mensae de menosprecio a Israel es típico de tu alma antisemita, muy sibilinamente no utilizas la palabra judío porque sabes de lo que estás hablando y sabes el daño que intentas hacer al pueblo de Israel. Yo exhorto a todo el mundo para que viajes a Israel con tranquilidad y no hagan caso de las memeces que este muchacho intenta hacer convirtiendo lo obvio en una arma contra la Tierra de Israel y su pueblo. Este es el típico personaje que intenta torpedear ese aislamiento que dice que observa, seguro que en todos sitios lo han tratado de igual manera, pero claro, cuando se trata de Israel todos son malos porque así se lo han inculcado sus ancestros judeófobos.
    En fin chavalote, habla de lo bien que te trataron las azafatas de El Al y de lo rica que estaba la comida kosher. Por cierto, estoy seguro que nunca te sentiste tan seguro a bordo de un avión, hasta te dormiste. Shalom Israel, lehitraot!!!

  2. albertorres Says:

    Pues eso será… (joder, ¿por qué dejan escribir a gente tan gilipollas como yo?)

  3. lalola Says:

    nunca lo sabremos x)

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