SEATTLE [washington.eeuu]

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A Estados Unidos no se va. Se vuelve. Este país se parece tanto a sí mismo que asusta…

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space needle. frank gehry: experience music project. halibut. puget sound. pearl jam. pike place market. mcdonalds. noah sealth “chief seattle”. elliott bay. kurt cobain. starbuck’s coffee.

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A Estados Unidos no se va. Se vuelve. Es la primera vez que visitas Seattle. Y sin embargo recuerdas sus calles. Algunos de sus rincones. Algunas de sus estampas típicas. Es curioso cómo las películas americanas acaban por mezclarse con nuestro pasado. Un pasado falso. Y sin embargo la emoción del reencuentro es real. La aguja espacial caracteriza el perfil de la ciudad, recortada frente a un cielo gris. De algunos balcones cuelgan banderas de barras y estrellas. A tu derecha pasa el skytrain. Piensas en que apenas ha cambiado nada desde la última vez. Y nunca antes estuviste.

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Entras al mercado Pike Place. Un folleto turístico recomendaba su visita. Sospechas que si esto es lo que recomiendan los folletos turísticos es porque no hay demasiadas cosas que hacer en la ciudad. La gente se agolpa en su interior para comprar pescado fresco. No puedes soportar el olor, el griterío, los charcos del suelo. Sales por la puerta trasera y paseas junto a un mar casi negro. A lo lejos el puerto, de metal oxidado, y algunos barcos viejos. Te sientas en un banco junto a un puesto de perritos. Una brisa salobre atraviesa tu ropa. El océano desde aquí da miedo: oxidado, frío, oscuro.

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Ha anochecido en el centro, en downtown. Un hombre de pelo largo y barba pelirroja está sentado en el suelo. Lleva una camiseta de Harley Davidson y una botella de vino tapada con un cartón. Unos niños negros con camisetas de baloncesto, cadenas doradas y un gran radiocasete te insultan al pasar. Después dicen obscenidades a una adolescente rubia y gordita que se sonroja inmediatamente. En un callejón trasero aparece un mendigo de gabardina roída, barba desigual y ojos desencajados. El humo que sale de una rendija del suelo lo envuelve como a un espectro. En un centro comercial cuatro jóvenes de aspecto universitario brindan con cuatro jarras de cerveza y una japonesa te invita a entrar en una tienda de ropa cool. Crees estar viviendo en una película de serie B. Sólo faltan la jefa del equipo de animadoras enamorada del quarterback y el chicano de buen corazón y mal destino.

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Asfalto y hormigón. Carreteras que salen y entran, se anudan, se dividen. Se agolpan unas encima de otras como serpientes. Se elevan sobre los límites de la ciudad y caen sobre la superficie del mar. Downtown se ve envuelto en una red de sombrías arterias por la que circulan miles de vehículos. Puentes y pasos elevados de color gris. Paseas por debajo de ellos, junto a la bahía. Oyes el zumbido del tráfico a unos metros sobre tu cabeza. seattlenocheUn hombre borracho está durmiendo entre las malas hierbas que crecen allí. Piensas en aquel joven rubio, con un pelo igual de sucio, que vivió algún tiempo en un lugar así. Tal vez aquí mismo. Kurt Cobain se llamaba, si la memoria no te falla. Lo echaron de casa y dormía en estos puentes. Murió. Nada en la ciudad lo recuerda. ¿Habrá algún otro Seattle? ¿Has acabado en la ciudad equivocada?  ¿Dónde están aquellos jóvenes nihilistas y perdidos que inspiraron el Troit (Ethan Hawke) de “Reality Bites” o aquel rockero (Matt Dillon) de “Solteros”?

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Te alejas del corazón de la ciudad. Las avenidas son más anchas y los rascacielos son ahora casas bajas, similares entre sí, similares a las de cualquier ciudad norteamericana. A la derecha un McDonalds lleno de luces y banderitas. A la izquierda una gasolinera. Crees conocer al gasolinero barrigón con perilla y gorra al revés. Piensas en saludarlo. No lo haces. De pronto algo golpea la ventana de tu coche de alquiler. Te asustas. Es un hombre disfrazado de pollo gigante. Un hombre-anuncio que te da unos papeles de descuento para quién sabe qué restaurante de comida rápida. Va cantando una canción. La canta como si fuera un pollo. La repite una y otra vez, desgañitándose. El semáforo se pone en verde. Te alejas desconcertado.

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La ciudad se extiende durante kilómetros, entre lagos y bosques, cambiando totalmente su fisonomía al alejarte del centro. Cabañas de madera. Motosierras. Caravanas. Montones de leña con hachas clavadas. Camionetas destartaladas. Camisas de cuadros y gorras. Piensas en la gente que vive aquí. Todavía Seattle. Entre los grandes abetos y los pequeños lagos. Subes a una colina y observas todo a tu alrededor. Piensas que en esas cabañas silenciosas se esconden muchos secretos. Te inquieta la tranquilidad. Te recuerda demasiado al Maine de Stephen King, en esta misma latitud.

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Hace varios días que dejaste la ciudad. La piensas. La escribes. Lees lo escrito. No puedes creerlo. ¿Realmente fue así? ¿Tanto se parece Estados Unidos a su propia caricatura esperpéntica? La vuelves a pensar. La dudas. Al final desistes. No encuentras otras palabras distintas. Es así en tu corazón y en tu memoria. En la realidad seguramente será más amable. Piensas que deberías volver algún día para averiguarlo, para no ser injusto. Sabes que no lo harás.   

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3 comentarios to “SEATTLE [washington.eeuu]”

  1. Qlaroscura Says:

    Desde Bali… buuuuuffff, resoplo…
    De cuerpo entero, aun no he estado en USA, pero con tu relato me he paseado contigo… y si, lo he hecho de nuevo… He vuelto y esta experiencia me ha dinamitado desde la carcajada de lo surreal de ver y escuchar al hombre-pollo…hasta el miedo de ser victima de la venganza de Africa sobre occidente… Cuando vuelva a ir, pero en cuerpo y alma, te lo narro. terih makasi ! = gracias en indonesio

  2. Porcelana Says:

    Sí, ese volver a un sitio en el que nunca has estado se da en tierras americanas constantemente. Caminar por sus calles sintiendo “yo ya he estado aquí” aunque sea la primera vez que vas, que el tio que te vende perritos calientes junto a Central Park es igual que el que te narra la cámara de la película -buena o mala- de turno y que en cierto modo te hace sentir como en casa. Y es bastante escalofriante ese asunto, y a la larga los recuerdos se difuminan y se mezclan entre los verdaderos y los falsos. Y cuando vuelves a ver por la tele una toma de la ciudad donde has estado te deja un extraño sabor de boca.
    Al menos eso es lo que a mi me ha pasado. Pero yo sí volvería.

    PD: Me ha encantado tu forma de narrarlo. Tengo ganas de hacerme con uno de tus libros.

    • albertorres Says:

      Volví, jaja. No a Seattle, pero sí a EEUU. Y sin duda volveré de nuevo. Mi primera impresión no fue demasiado buena, pero le di esa nueva oportunidad (siempre hay que darla) y debo reconocer que en estos momentos es un país que me encanta…

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