MARRAKECH [marruecos]

djema

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El oriente de las 1001 noches

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mohammed VI. dirham. koutobia. kefta. juan goytisolo: makhbara. harira. atlas. rai: khaled. té con menta. marhaban. djema’ el fna. kif. henna. cous-cous. medina.

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Amanece. El tren nocturno te ha dejado en la estación de Marrakech. Caminas con la mochila al hombro hacia el centro por calles casi desiertas. Las farolas todavía están encendidas aunque el cielo es ya de un azul blanquecino. Apenas has descansado en el tren abarrotado. Sonríes al pensar en la señora que ha dormido con su cabeza en tu hombro, roncando toda la noche. Un viejo comienza a seguirte. Le dices que se vaya pero no te hace caso. Ves un hostal y te acercas. Por fin un lugar tranquilo para descansar. El abuelo corre y se mete delante. Si él te ha llevado al hostal deberían darle una comisión. Le explicas al dueño que no lo conoces. El viejo insiste en árabe hasta que el hombre del hostal le da algo de dinero. Después te pide a ti. Dice en un mal español que te ha buscado un hostal y debes pagarle. Subes las escaleras sin hacerle caso. Te estira del brazo hasta que lo echan fuera. Se va maldiciéndote.

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Las mujeres suelen agachar la cabeza cuando pasan a tu lado. No es muy normal que miren a los hombres a los ojos. Pero en ocasiones no les importa y te clavan la mirada de forma seductora, disimuladamente, conscientes del embrujo de sus ojos oscuros. Contigo pueden saltarse algunos protocolos. A fin de cuentas tú no eres de su comunidad y saben que no vas a juzgarlas por algo así. Te sorprende entonces cuando dos jovencitas te sonríen y te buscan con la mirada. Luego comentan algo sobre ti y comienzan a reír escandalosamente en medio de una avenida. Su ropa es una mezcla entre oriente y occidente pero su piel y sus ojos negros no engañan a nadie. Una de ellas lleva el pelo con rastas. La otra lo lleva muy corto. Piensas que son las hijas de algún hombre rico y que han estudiado en Europa, en algún colegio privado de Londres tal vez. Te preguntas si suspiran por Blur o por Khaled. O tal vez por ambos.

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Ibrahim se ha sentado en el banco donde tú estabas leyendo y te ha preguntado si te apetecía charlar con él. Yo practicaré español y a cambio puedo contarte cosas de mi cultura, te dice. Le dejas claro que no le darás dinero y sonríe. Es universitario. Sólo quiere practicar el idioma. Durante varias horas te habla de su país. Te describe el Ramadán que está a punto de comenzar. Te habla de cómo el marroquí es educado desde niño para cuidar al turista, pues es la mayor fuente de ingresos que tienen. Te habla de los bares donde van las parejas, zumerías íntimas y bastante caras, pero la única opción en un país donde las muestras públicas de cariño entre hombres y mujeres no están bien vistas. Te cuenta que tiene varias novias, que es lo normal, verse con varias personas a la vez hasta que decides casarte con una, por amor, te dice, no creas otra cosa. No entiende que en Europa tengamos una sola novia, dice que así es imposible comparar, elegir entre varias opciones. Tampoco entiende que la gente no llegue virgen al matrimonio. Si tu pareja lo hizo con otra persona antes de conocerte, ¿qué le impide hacerlo después de conocerte?, me comenta. Le preguntas por los occidentales. Te dice que beben demasiada cerveza y que no le gustan los americanos, sin venir a cuento. Cuando se va os dais la dirección. Le dices que le escribirás. Sabes que probablemente no lo harás.

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Amanece en Djema’ el fna. Decenas de casetas rodean la plaza. Son todas iguales y en todas se vende lo mismo: zumo de naranja natural. Los vendedores intentan atraer tu atención. Finalmente eliges una caseta cualquiera. Bebes el zumo de un trago e inicias tu paseo.  Por la tarde vuelves al mismo lugar y descubres que las casetas han desaparecido. La plaza se ha ido llenando de gente y de espectáculos: el encantador de cobras, la mujer que lee el futuro en tu mano, los músicos ambulantes, el devorador de fuego… Una adolescente llamada Fátima quiere pintarte la mano con henna. Te enseña fotos de cómo quedará. Le dices que más tarde y te marchas. Entre tanto turista no te reconocerá.  Cuando vuelves ya ha anochecido. La plaza es ahora un gran restaurante al aire libre. Grandes mesas invitan a sentarse y disfrutar de la comida marroquí. Cada una ofrece diferentes productos. Tomas una sopa sajina junto a dos turistas suecas que hacen ascos de casi todo. Después compras un bol de caracoles picantes. Pinchos de carne, pescado, verduras… Uno de los vendedores te anima a que te hagas una foto con ellos. Lo haces. Al fondo un grupo de música ha hecho corro. Te acercas. Son casi unos niños pero son fantásticos. Les hechas un billete pequeño. Uno de los percusionistas te mira sonriendo. Su cara te dice que has sido bastante tacaño. Lo sabes. Alguien te toca en el hombro. Te giras. Fátima te pregunta si ahora es un buen momento.

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Al parecer no era este autobús el que llevaba al centro. Te estás adentrando en un barrio de casas bajas. Miras por la ventanilla. La gente en la calle charla y toma té con menta. También hay alguna hoguera en la que preparan la cena. No hay tiendas ni carteles en inglés: estás perdido. Bajas en la primera parada antes de seguir adelante y perderte más. Te quedas inmóvil en la calle, sin saber muy bien para dónde ir ni qué hacer. Un hombre se acerca. Iba contigo en el autobús. Habla francés pero conseguís entenderos. Le explicas que quieres ir a Djema’ el fna. Sonríe. Te dice que lo sigas y se mete por una de las calles. Es casi de noche y la calle está poco iluminada. niñossSin embargo no tienes ningún miedo. En Europa desconfiarías de alguien que se ofrece de esta manera a guiarte. Pero en este país la gente suele ser atenta y no necesitan que les pidas ayuda para dártela. Unos niños te ven y comienzan a perseguirte curiosos. No es un barrio turístico. Les sorprende verte tan cerca de sus casas. ¿Me das un boli?, grita uno desde lejos. A los pocos minutos de paseo tu acompañante te señala una parada de autobús junto a la rojiza muralla de la ciudad. Le das las gracias y se aleja.  

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Marrakech acaba donde empieza el desierto. Dicen que los días despejados se ve la cordillera del Atlas rompiendo el horizonte. Hoy no hay nubes pero tampoco se ven las montañas. El último edificio de la ciudad es un McDonals. Te sorprende y te lo tomas casi como un insulto. Te sientas en un bar, justo al lado, y te pides un té con menta pensando en el McDonalds. Frente al cous-cous la hamburguesa (¿de cerdo? ahora te dices que debiste mirarlo…). Frente al té la coca-cola. Turistas que visitan la ciudad como si de una película se tratase, sin mancharse de la otra cultura. Pasado un rato deseas secretamente una hamburguesa y patatas fritas, durante un instante, sin más comino ni más curry. Observas el fast-food, sus colores y sus mesas prefabricadas. Un lugar reconocible en una ciudad extraña. Un ambiente conocido en una ciudad desconocida. Casi como un oasis, un hogar para todos aquellos que desean viajar de forma superficial. Querrías odiar lo que significa, pero en cierto modo lo comprendes. Hay mil formas de viajar. Tu has elegido la tuya y ellos la suya.

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El zoco: calles estrechas a las que apenas llega la luz y fuertes olores. Te abres paso entre la multitud. Alguien te ofrece hachís y niegas con la cabeza. zocoTe detienes ante un hombre que vende cintas de casete. Te hace un resumen de la música marroquí y le compras algunas de las cosas que te recomienda por unos pocos dirhams. Ni siquiera haces el cambio a euros. La cantidad es ridícula. También compras algunas especias y un pequeño instrumento de percusión parecido a una pandereta. El vendedor te ha demostrado lo fácil que es tocarlo, pero tú no puedes sacarle ningún sonido. Un hombre te dice que te acerques. Le dices que no. Ya sabes lo que quiere. Finalmente es él quien se acerca. ¿Hachís? ¿Kif? Veinteavo vendedor de hierba del día. Le dices que no fumas. Llevo muchos años vendiendo, reconozco a los fumadores. Te dice que sabe por tu mirada que fumas hachís. Levantas los hombros y te vas. Compras un bocadillo de truchas en una tienda grasienta. Por una ventanita se ve una escuela. La profesora escribe en la pizarra algo en árabe y los pequeños lo copian. La mujer te ve y te dice que entres a sacar unas fotos. Te alejas. Deja la lección, abre la puerta, sale a la calle y te llama a gritos: Oiga señor, fotos señor. Lo hace cada cinco minutos, cada vez que ve a un turista. Ella se saca mucho dinero mostrando a sus alumnos como si fuesen animales de un zoo. Quieres pensar que el dinero es para la escuela. Aún así te dan pena esos niños que no aprenden nada salvo a posar.

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