ESTAMBUL [turquía]

Instantáneas de un país que se busca a sí mismo entre oriente y occidente.

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Está anocheciendo. El silencio se rompe. Una voz se eleva sobre la ciudad. Es el canto que llama a los fieles a la oración. Repetitivo, melancólico suena desde los cientos de minaretes, envolviéndolo todo, hipnotizándote, obligándote a detener la marcha, a cerrar los ojos y perderte en su cadencia. Las puertas de la mezquita Süleymaniye se han cerrado con cortinas. La gente ha ido entrando lentamente. Pequeños grupos. Familias. Encuentros. Saludos. De pronto todos los murmullos cesan. La oración ha empezado. Unos pasitos apresurados. Te giras. Una niña corre hacia la mezquita. Sube las escaleras. Sin detener su marcha se quita los zapatos. Las mejillas enrojecidas. Te mira. No se detiene. Con los zapatos en la mano aparta la cortina y entra. Sonríes.

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Kapaliçarsi. Laberinto de calles cubiertas. Joyas, alfombras, souvenirs, pipas de agua, lámparas, especias. Paseas lentamente, observándolo todo pero sin detenerte. Los vendedores salen de sus tiendas. Te saludan en italiano. Niegas con la cabeza. ¿English? ¿Español? Sonríes. Sabes que tiene alguna frase para ti. Para llamar tu atención. Alguna frase para el turista español. Tal vez sepa algo más. Tal vez haya aprendido tu lengua. Lo justo para contarte alguna anécdota. Te hablará de la liga de fútbol. O tal vez de algún familiar que vive en España. Te dirá que no le gustan alemanes ni americanos. Pero españoles sí. Te dirá que son parecidos a los turcos. Tu asentirás.


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Un paseo por el puente Gálata. La ciudad se extiende por todo el horizonte. Desde aquí Estambul no tiene fin, no tiene fronteras. Sólo el mar, el estrecho del Bósforo, dividiéndola en tres orillas. Los pescadores se agolpan sobre la baranda del puente. En sólo unos minutos dos de ellos han llenado un cubo de sardinas. Un niño lo coge y se dirige a la orilla de Eminönü. Lo sigues. Deja el cubo en una barca donde tres hombres fríen pescado. Uno de ellos te mira. En turco te invita a probar las sardinas. Aceptas. Pagas y te sientas en una de las pequeñas mesas a la orilla del mar. Es hora punta. Detrás el tráfico. Detrás la multitud. La gente que viene y va. Delante el olor a pescado frito. Los gritos de los vendedores. El mar.

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Sultanahmet Camii, la Mezquita Azul. Impresiona. Enmoquetada de rojo, con su gigantesca lámpara de araña en el centro. Todos los turistas están sentados, en silencio. Los imitas y te sientas. Permaneces así, sin saber muy bien qué hacer exactamente. Algunas veces es difícil ser turista. Mantener ese halo de empatía. Parecer seguro de lo que hay que hacer -con un semblante entre sorprendido y serio- aunque no tengas ni idea de lo que estás haciendo. Te has sentado sobre el suelo de la mezquita como si fuera algo habitual. Lentamente, esperando que un movimiento algo ritualizado sea garantía de gran experiencia y comprensión. Después esperas en silencio, observando a los demás. Tan perdidos como tú. Poco a poco olvidarte de protocolos. Cerrar lo ojos y relajarte. Dejar que los pensamientos viajen solos. Obviar los matices del silencio. Perderte en trascendencias ajenas y cotidianas.

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El hammam es de los turcos. Su imperio de mármol y vapor. En la ciudad los visitantes imponen su ley con la cartera. Pero en los baños los hombres desnudos no llevan cartera. Allí están indefensos. Allí los turcos muestran despóticamente su poder. Las miradas frías imponen los límites. Los gritos. Los masajes demasiado bruscos. Tu desnudez. Sus palabras ininteligibles en tono poco amistoso. Sus risas irónicas. El calor. Inquietan. Violentan. Te sientes escarnecido y sales de allí mucho antes de lo que habías planeado… Dicen que en las baños para mujeres las masajistas les susurran bonitas canciones.

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El camarero quiere aprender español. Te ha servido algunos aperitivos y un kebab. Te ha recomendado beber ayrán, yogur líquido con especias y ajo. Se sienta a tu lado y saca su libreta. Quiere conocer chicas españolas en la discoteca. Where are you from? Would you like to go to the disco? Apunta con interés. Los otros clientes esperan. No parece importarle. Tú traduces mientras comes. Le preguntas sobre la ciudad. Aprovechas para interrogarle. No te presta mucha atención. Responde con monosílabos, con frases cortas. You are really beautiful, How are you?

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Tres indicaciones sobre los bares:

Nunca te acabes el café turco. No olvidarás el último trago.
Prueba la mezcla del narguilé (pipa de agua) con té de manzana.
No pidas raki cerca de una mezquita.

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Pieza principal ella misma del museo en que se ha convertido. Aya Sofia. Largas colas para comprar una entrada. Visitas guiadas. Guardias de seguridad. Folletos informativos en todos los idiomas. Mezquita disecada, convertida en mera piedra, donde el sonido de los flashes ha ahuyentado el eco de las viejas oraciones. Y sin embargo puedes imaginar su viejo esplendor -y eso es quizá lo que más duele-. Con la esperanza de acercarte al espíritu milenario de la mezquita buscas la columna húmeda, a la que desde hace siglos se atribuyen propiedades mágicas: aquel que pida un deseo colocando su dedo en el agujero siempre húmedo de la columna, lo verá sin duda realizado… Última decepción. Cola de diez minutos. Llega tu turno. Te acercas a la columna. Metes el dedo en el agujero. Seco por el roce continuado. Tu deseo es no volver a ser tan ingenuo. Por alguna razón imaginabas que los cientos de turistas no se habrían percatado de una vieja columna en un oscuro rincón, donde buscando detenidamente, un antiguo secreto te esperaba. Un sorprendente arcano, un agujero mágico del que habías tenido noticia de forma casual, leyendo las páginas de una guía de bolsillo a la venta en cualquier librería.

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Los niños salen del colegio. Grandes y pequeños con el mismo uniforme azul. Les preguntas por el palacio Topkapi. Todos hablan inglés. Te explican. Una adolescente se aleja del grupo. Se aleja junto a su madre. Lleva la camisa por fuera de la falda y grandes botas. Un pendiente en la ceja. Su madre viste a la forma tradicional. Bombachos. Pañuelo en la cabeza. Le dice algo a su hija. Habla muy rápido. Ella no parece hacerle mucho caso, ensimismada. Pensando tal vez en alguno de los cantantes de moda. En su cuarto un gran póster de Tarkan.

tren


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3 comentarios to “ESTAMBUL [turquía]”

  1. sahte Says:

    Besiktas?

  2. Jacinto Núñez Says:

    El año pasado fui a Turquíq. Me encanto. Quiero volver de nuevo!

  3. green smoke Says:

    need requirements to purchase products for 2 individuals

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